Ayer, durante el evento “Hombres y Mujeres de Trabajo”, impulsado por el Diputado Local Roberto Carreón, hubo algo que llamó especialmente mi atención. Más allá de los reconocimientos, los aplausos y las historias de éxito, hubo tres palabras que se repitieron una y otra vez en las voces de los galardonados: Dios, familia y trabajo.

Vivimos tiempos en los que con frecuencia escuchamos razones para no hacer las cosas: que no hay recursos suficientes, quefaltan oportunidades, que las circunstancias son adversas, que alguien más tiene mejores condiciones, que es demasiado tarde o demasiado pronto, que si la crisis económica, que si el gobierno, etc.

Sin embargo, ayer escuché algo muy distinto. Una y otra vez, los delicienses reconocidos compartían sus historias de vida: historias de esfuerzo, sacrificio, perseverancia y sueños construidos a lo largo de muchos años. Pero independientemente de su profesión, edad o trayectoria, casi todos coincidían en tres pilares fundamentales de su éxito: Dios, familia y trabajo.

Y entonces pensé que quizá ahí se encuentra la respuesta a una pregunta que todos nos hacemos alguna vez: ¿cómo le hacen?La respuesta no parece estar en la suerte ni en las circunstancias perfectas; tampoco en la ausencia de dificultades. Y yo lo he visto también en mi más grande ejemplo de trabajo: mis padres. La respuesta parece encontrarse en una decisión cotidiana: elegir seguir adelante incluso cuando el camino no es sencillo porque, como dice mi papá “no hay mal que por bien no venga”.

Siempre habrá obstáculos, siempre habrá razones para desistir, siempre habrá quien encuentre una explicación para justificar por qué algo no se puede hacer. Pero también existen personas que deciden enfocarse en una pregunta diferente: ¿cómo sí?

¿Cómo sí puedo sacar adelante a mi familia?
¿Cómo sí puedo emprender ese proyecto?
¿Cómo sí puedo servir a mi comunidad?
¿Cómo sí puedo dejar una huella positiva en la vida de otros?

Quienes logran responder esas preguntas suelen tener algo en común: hacen las cosas con amor, con pasión y, obviamente, por una necesidad económica. Porque cuando amamos lo que hacemos, el trabajo deja de ser únicamente una obligación para convertirse en una oportunidad de construir, de crecer y de aportar. La pasión no elimina el cansancio ni las dificultades, pero sí les da sentido: trascender, ayudar, sentirse útil, servir para algo.

También descubrí que detrás de muchas historias de éxito hay una familia que sostiene, acompaña y da fuerza. Una familia que celebra los triunfos, pero que también permanece presente en los momentos difíciles. Una familia que se convierte en el recordatorio permanente de por qué vale la pena seguir esforzándose. Por más trillado que se lea, nuestros hijos se convierten en nuestros motor, nuestros padres en nuestra fortaleza, nuestro lugar seguro donde cargamos las pilas cuando se agotan por el cansancio o el desánimo.

Y por encima de todo, escuché gratitud hacia Dios. No una gratitud pasiva, sino una confianza activa en los dones y talentos que cada persona ha recibido. Porque todos tenemos capacidades únicas. Todos hemos sido bendecidos con habilidades que pueden convertirse en herramientas para transformar nuestro entorno. El verdadero desafío consiste en reconocer esos talentos y estar dispuestos a ponerlos al servicio de los demás.

Siempre que tengo oportunidad de dirigirme hacia los jóvenes se los digo: Cuando nuestros dones solamente nos benefician a nosotros, tienen un alcance limitado. Pero cuando los compartimos, cuando los utilizamos para generar bienestar, oportunidades, esperanza o inspiración, entonces adquieren un propósito mucho mayor.

Quizá por eso las historias que escuché ayer resultaron tan inspiradoras. No eran historias de personas extraordinarias que tuvieron una vida perfecta. Eran historias de hombres y mujeres comunes que decidieron confiar en Dios, cuidar a sus familias, trabajar con pasión y poner sus talentos al servicio de los demás.

Y eso me recordó algo muy importante que cada semana nos comparte mi querida Elvira González: siempre habrá una manera de “hacer que las cosas sucedan” cuando el amor guía nuestros pasos, cuando la familia ocupa el lugar que merece en nuestras prioridades y cuando tenemos la valentía de compartir con el mundo aquello para lo que fuimos creados.

Porque al final, más que preguntarnos por qué no podemos, tal vez deberíamos comenzar a preguntarnos todos los días: ¿cómo sí?

Desde este espacio expreso mis felicicitaciones a los organizadores de estos reconocimientos. Fue una motivación elver personas que transforman su realidad no porque tengan el camino fácil, sino porque deciden avanzar con fe, compromiso y amor por lo que hacen.

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