En una de esas noches en que ya me disponía a dormir se me ocurrió entrar a TikTok y me topé con un video que me hizo “click” de inmediato y pasó la película de mi vida en 3 minutos. Y aunque sé qué no hay un diagnóstico clínico sobre esto, quiero compartirles queridos lectores que a mis42 años descubrí algo que me habría cambiado la vida si alguien me lo hubiera dicho antes: muchas de las cosas que durante décadas consideré “intensidad”, “peculiaridad” o incluso “desorden”, en realidad eran características de las Altas Capacidades (AACC). Y no, no hablo de ser superdotada como esas mentes maestras de los genios de las películas que resuelve ecuaciones en un pizarrón mientras escucha música clásica. Hablo de vivir con una mente que nunca se apaga, que conecta ideas a velocidades absurdas, que siente demasiado y que, muchas veces, se cansa de fingir normalidad.

Investigando un poco acerca de mi hallazgo encontré que las AACC se consideran una forma de neurodivergencia. Implican un desarrollo cerebral que procesa la información, aprende y percibe el mundo de manera distinta a la media. Su funcionamiento cognitivo se caracteriza por conexiones rápidas, sensibilidad profunda y una intensa curiosidad intelectual. Las personas con altas capacidades suelen compartir características comunes en su forma de interactuar con el entorno:

Procesamiento rápido: Aprenden de forma acelerada, especialmente cuando existe un interés real por el tema.
Pensamiento profundo: Tienen facilidad para entender conceptos abstractos y establecer conexiones entre ideas complejas.
Intensidad y sensibilidad: Pueden experimentar el mundo de forma más vívida, incluyendo una alta sensibilidad cognitiva y emocional.
Perfil asincrónico: Es común que existan áreas de alto rendimiento junto con áreas de menor interés o bloqueos.

Durante años pensé que tal vez tenía TDAH. La distracción constante, la dificultad para concentrarme en tareas que no me interesaban, la sensación de tener veinte pestañas abiertas en la cabeza al mismo tiempo, el agotamiento mental… todo parecía apuntar hacia ahí. Y ojo: el TDAH en adultos existe y es real. Pero en mi caso había algo más. Algo que no terminaba de encajar en el diagnóstico popular de “no puedes poner atención”. Porque sí puedo poner atención; muchísima. Demasiada, incluso.

Descubrir el concepto de Altas Capacidades fue como leer mi autobiografía escrita por alguien que me observó en silencio toda la vida: la hiper curiosidad, la sensibilidad extrema, la intensidad emocional, el perfeccionismo, la necesidad de profundidad en las conversaciones, el aburrimiento inmediato ante lo superficial, la sensación constante de no encajar del todo en ningún lugar. Y entonces entendí algo que me movió una de mis fibras sensibles:¿Cuántas personas con AACC hemos llegado a la adultez sin saberlo porque aprendimos a camuflarnos o a aceptar la etiqueta, en ocasiones auto impuesta, de “intensos”, “avorazados”, “acelerados”?, ¿Cuántos como yo que aprendimos a bajar el volumen de sí mismas para poder pertenecer?

En Latinoamérica seguimos teniendo una idea muy limitada sobre las altas capacidades porque lo creemos que únicamente aparecen en niños que sacan dieces perfectos, ganan olimpiadas matemáticas o hablan cuatro idiomas a los ocho años; lo asociamos con niños y niñas que se comportan como adultos, que tienen un lenguaje elevado. Según leí en mi búsqueda con Google, en muchos casos las AACC pueden coexistir con TDAH, ansiedad o depresión. Y ahí es donde todo se vuelve aún más confuso. Porque una mente acelerada puede parecer desordenada. Porque aburrirse rápidamente puede confundirse con falta de atención. Porque cuestionarlo todo suele incomodar a sistemas que prefieren obediencia antes que pensamiento crítico.

A mí me tomó más de cuatro décadas entender que simplemente procesaba el mundo de otra manera. Y esto puede llegar a ser una fuerte conclusión porque pensar en la niña que fuiste y darte cuenta de que probablemente no necesitaba “encajar”, sino comprensión. Que no era exagerada por sentir tanto. Que no era rara por leer y saber muchas cosas de historia, de los espectáculos, de la realeza, de cultura general. Que no era inestable por pensar distinto.

Ahora me están cayendo muchos “veintes” y una necesidad tremenda de autocomprensión. Ahora entiendo lo que había detrás de ese cansancio mental por la sobre estimulación, de esa lucha constante con la autoexigencia y el perfeccionismo. Hay una sensación incómoda de vivir siempre “demasiado adentro” de la propia mente. Pero también reforcé algo: las altas capacidades no se tratan solamente de inteligencia, se trata de intensidad vital, de vivir todo a máxima potencia, de sentir las injusticias profundamente, de emocionarse con ideas pequeñas, de ver siempre lo positivo de las cosas, de conectar patrones donde otros ven caos, de tener una creatividad que a veces salva… y otras veces agota (muchísimo).

No escribo esto para poner etiquetas ni para romantizar las altas capacidades. Lo escribo porque sospecho que muchas personas podrían estar viviendo exactamente lo mismo sin saberlo. Adultos que pasaron años sintiéndose fuera de lugar. Personas agotadas de fingir normalidad. Gente brillante que aprendió a minimizarse para no incomodar. Y, quizás, tal vez descubrirte a los 42 como una persona con altas capacidades no sea tarde; tal vez sea justo a tiempo.

Y quizá el verdadero superpoder no sea pensar más rápido que los demás o poder hacer varias cosas al mismo tiempo, sino finalmente dejar de sentirte mal por ser quién eres y destacar, aunque no lo busques.

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