México suele aplaudir a quien no para.

A quien trabaja enferma. A quien responde mensajes a deshoras. A quien llega cansada, pero llega. A quien cumple, aunque el cuerpo ya haya dado señales de alerta. Durante mucho tiempo nos enseñaron que el cansancio era casi una prueba de responsabilidad, como si agotarse fuera sinónimo de valer más.

Pero no siempre lo es.

A veces el cansancio no habla de compromiso, sino de una vida que lleva demasiado tiempo cargando más de lo que debería. De jornadas que no terminan cuando se apaga la computadora. De tareas que nadie ve, pero que alguien tiene que resolver. De mujeres que salen de un trabajo para entrar a otro: la casa, los cuidados, la familia, los pendientes que se organizan y lo que se resuelve todos los días.

El 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. Hay que decirlo sin rodeos: hablar de salud de las mujeres no es hablar únicamente de consultas médicas, estudios clínicos o prevención de enfermedades. También es hablar de descanso, de tiempo propio, de salud mental, de responsabilidades que no siempre se ven y de la posibilidad de vivir sin sentir culpa por detenerse.

Muchas mujeres no terminan su jornada al salir del trabajo; simplemente entran a otra.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, las mujeres en México dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario. La cifra importa porque muestra algo que muchas veces se pasa por alto: cuidar, organizar, atender y resolver también consume tiempo, energía y salud.

Por eso, hablar de salud de las mujeres también nos obliga a preguntarnos quién cuida a quienes cuidan.

A muchas mujeres se les ha pedido cumplir en todos los frentes: trabajar, cuidar, resolver, acompañar y estar disponibles, casi siempre sin detenerse. Ser profesionistas, madres, hijas, parejas, amigas, ciudadanas; y tratar de cumplir en cada papel sin bajar el ritmo.

Muchas lo sabemos bien: cumplir con todo también cansa.

Y todo eso, tarde o temprano, cobra factura.

El problema es que muchas veces esos límites se reconocen tarde. Cuando ya hay ansiedad, insomnio, irritabilidad, enfermedad, tristeza o una sensación de no poder más. Entonces la pausa deja de ser una decisión y se vuelve una urgencia.

Descansar no debería llegar hasta el punto del quiebre.

Como sociedad, también necesitamos cambiar la manera en que entendemos el tiempo. México ya discute la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales, con una aplicación gradual entre 2027 y 2030. Pero el tema no debería quedarse solo en el reloj o en una ley; tendría que llevarnos a una pregunta: qué vida estamos permitiendo cuando trabajar, cuidar y descansar parecen estar siempre en conflicto.

En el caso de las mujeres, no basta mirar el horario laboral. También hay que mirar el trabajo que no se paga, el que no aparece en una nómina, el que pocas veces recibe reconocimiento, pero que permite que hogares, familias y comunidades funcionen todos los días.

Detenerse no es abandonar. Descansar no es fallar. Poner límites no es egoísmo.

A veces, hacer una pausa es la única manera de seguir con claridad y sin perder la salud en el camino. También es una forma de respeto hacia una misma y hacia las responsabilidades que se tienen.

Tal vez convenga dejar de romantizar a las mujeres que pueden con todo. Nadie debería poder con todo todo el tiempo.

La salud de las mujeres también pasa por ahí: por escuchar el cuerpo antes de que truene, por reconocer el cansancio antes de acostumbrarnos a él y por entender que descansar no es un premio. Es parte de la vida.

Y, sobre todo, un derecho que también debe aprenderse a defender.

 

 

Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

 

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