Hay algo que el tiempo intenta borrar, pero que nunca desaparece del todo: el niño que fuimos.

Ese niño que soñaba sin límites, que imaginaba futuros imposibles, que se emocionaba con lo simple y que, aunque también tenía miedo, no dejaba de intentarlo. Con los años, la vida nos enseña responsabilidades, estructuras y realidades… pero a veces, en ese proceso, dejamos de escucharnos.

El Día del Niño no es solo una fecha para celebrar a los más pequeños; es también una oportunidad para mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿en qué momento dejamos de creer como antes?

Conectar con tu niño interior no significa vivir en la fantasía ni ignorar la realidad. Significa recordar qué te emocionaba, qué te hacía sentir vivo, qué soñabas antes de que el mundo te dijera cómo “debían” ser las cosas. Porque muchas veces, ahí sigue la clave de tu propósito.

También implica reconciliarte con tus miedos. Ese niño también tuvo dudas, inseguridades, momentos de temor. Pero tenía algo que a veces perdemos con el tiempo: la capacidad de levantarse rápido, de volver a intentar, de no rendirse por completo. Crecer no debería significar endurecernos, sino aprender a avanzar con más conciencia, pero con la misma esencia.

En el día a día, entre pendientes, metas y responsabilidades, es fácil desconectarse de esa parte genuina. Por eso es importante hacer pausas, cuestionarnos, permitirnos disfrutar sin culpa, intentar cosas nuevas, reír más, sorprendernos otra vez.

Porque cuando dejas de soñar, empiezas a sobrevivir en lugar de vivir.

Hoy, en el marco del Día del Niño, no se trata solo de mirar hacia afuera, sino hacia adentro. De recordar que dentro de ti sigue existiendo esa versión que creía que todo era posible.

Y quizá no se trata de volver a ser quien eras… sino de no olvidar nunca por qué empezaste a soñar.

Creer es crear. Y muchas veces, para crear algo grande, hay que volver a pensar como niño.

 

Autor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here