Hay un tipo de cansancio que dejamos de cuestionar. Ese que se vuelve rutina, el que se disfraza de responsabilidad, el que terminamos aceptando como parte “normal” de la vida adulta.
Nos levantamos temprano, cumplimos, resolvemos, avanzamos… y al final del día, el cuerpo pasa factura. A veces en silencio; otras, con señales que decidimos ignorar: dolor de cabeza, insomnio, irritabilidad, agotamiento constante. Aun así, seguimos.
Porque, sin darnos cuenta, hemos asumido que estar cansados es lo esperado y que trabajar implica sostener un ritmo que rara vez se cuestiona.
Pero no todo cansancio es normal.
El trabajo, en su esencia, es una vía para construir, aportar y crecer. Nos da sentido, estructura, propósito. Pero cuando se convierte en una fuente constante de estrés, presión o desgaste emocional, deja de cumplir esa función y empieza a cobrarnos más de lo que estamos dispuestos a admitir.
En este contexto, cada 28 de abril se conmemora el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo. Más allá de la fecha, es un recordatorio claro: el trabajo no debería poner en riesgo ni el cuerpo ni la mente de quienes lo sostienen todos los días.
No se trata de romantizar el descanso ni de desestimar el esfuerzo. Se trata de reconocer que una sociedad que normaliza el agotamiento permanente se debilita.
Porque detrás de cada jornada extendida, de cada meta cumplida a costa del bienestar, hay personas sosteniendo más de lo que deberían.
Y eso, tarde o temprano, se hace evidente.
Se nota en cómo vivimos, en cómo nos relacionamos, en la paciencia que se acorta, en la salud que se deteriora sin previo aviso.
Hablar de salud en el trabajo no es un tema exclusivo de empresas o instituciones; es una conversación que nos involucra a todos. Desde nuestro espacio, formamos parte de una dinámica que puede ser más humana… o más exigente de lo necesario.
También es cierto que no todas las realidades son iguales. Hay quienes no pueden darse el espacio de parar, quienes enfrentan jornadas dobles o condiciones complejas. Y precisamente por eso, la reflexión es aún más necesaria.
¿Qué estamos normalizando como sociedad?
¿En qué momento dejamos de escuchar al cuerpo?
¿En qué punto el cansancio dejó de ser una alerta para convertirse en costumbre?
Tal vez no se trata de trabajar menos, sino de trabajar distinto; de entender que la productividad no debería medirse solo en resultados, sino también en bienestar.
Porque el desarrollo de una ciudad no solo se refleja en sus resultados, sino también en las condiciones en las que se alcanzan. Y ningún proyecto, por importante que sea, debería comprometer la salud.
Al final, el verdadero reto no está en cuánto podemos resistir, sino en cuánto estamos dispuestos a cuidar.
Porque trabajar dignifica, sí. Cuando el desgaste se vuelve permanente, también pasa factura.
Y eso, aunque lo hayamos normalizado, no debería ser parte del trato.
Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.











































