¿En qué momento se decidió que las juventudes debíamos tener una postura inmediata sobre absolutamente todo?
¿Desde cuándo la rapidez se volvió más importante que la reflexión?
Pareciera que el simple hecho de tener acceso a información nos convierte automáticamente en expertos, como si fuéramos una enciclopedia ambulante solo por haber nacido en la era digital.
Es cierto que hoy existen más herramientas que en otros tiempos, pero tener información no es lo mismo que tener criterio, experiencia o procesos internos resueltos. Contar con más datos no elimina la necesidad de tiempo para pensar, cuestionar, dudar y aprender.
Eso no es debilidad, es humanidad.
Esta exigencia constante ignora que el pensamiento también es un proceso. Pensar no siempre es inmediato, y cambiar de opinión no es una falla, es una señal de crecimiento. Sin embargo, se ha instalado la idea de que dudar equivale a no saber, cuando muchas veces dudar es la forma más responsable de acercarse a un tema.
La prisa no solo atraviesa lo que decimos, sino también lo que decidimos. En México, a los 17 o 18 años se espera que las y los jóvenes elijan una universidad y una carrera como si estuvieran definiendo con total certeza a qué se dedicarán el resto de su vida. Esa decisión, lejos de vivirse como un proceso acompañado, suele convertirse en una carga pesada para quienes apenas están saliendo de la adolescencia.
Tener acceso a tecnología, información e incluso a herramientas como la inteligencia artificial no nos quita la condición humana ni acelera automáticamente la madurez emocional. Ser joven sigue implicando exploración, error y búsqueda, aunque el contexto sea distinto.
Hablar de juventudes también significa reconocer que no somos máquinas de respuestas rápidas. Somos personas en formación, con preguntas abiertas y caminos en construcción. Exigir posturas inmediatas y decisiones definitivas no nos hace más responsables, solo más presionados.
Quizá el verdadero reto no sea que las juventudes opinen de todo, sino que existan espacios para pensar, equivocarse y decidir con mayor conciencia. Porque crecer no es responder rápido, es aprender a responder con sentido.










































