Hay historias que merecen contarse con una buena taza de café, pero la de hoy, además, amerita un pan de muerto, un chocolatito caliente y, si se puede, una buena carcajada, porque resulta que en México somos tan extraordinarios que hasta a la muerte la vestimos de gala, le ponemos sombrero, le pintamos los labios, le acomodamos unas flores y la sacamos a pasear como si fuera la invitada de honor de la fiesta. ¡Y vaya que lo es! Mientras en otras partes del mundo la muerte se representa como una figura tenebrosa, encapuchada y con una guadaña que nomás de verla dan ganas de salir corriendo, nosotros la convertimos en una señora elegantísima, coqueta, presumida y muy quitada de la pena, que parece estar esperando que alguien le diga: «¡Qué guapa se ve, comadre!». Pero lo más curioso de todo es que nuestra querida Catrina no nació para celebrar el Día de Muertos, ni mucho menos para adornar altares, desfilar por las calles o convertirse en la sensación de las fotografías. ¡Qué va! Esta flaca nació para burlarse de los vivos, especialmente de aquellos que se sentían de sangre azul aunque por sus venas corriera, como por las de todos nosotros, sangre roja y muy mexicana.

Para conocer sus orígenes tenemos que viajar a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando México vivía bajo el largo gobierno de Porfirio Díaz, una época en la que la elegancia francesa estaba de moda entre las clases acomodadas y más de uno quería parecer europeoaunque hubiera nacido entre nopales, tortillas y frijoles de la olla. Fue entonces cuando apareció en escena un personaje extraordinario: José Guadalupe Posada, grabador, ilustrador y caricaturista mexicano, nacido en Aguascalientes en 1852, quien tenía un talento formidable para retratar las contradicciones de la sociedad. Posada no necesitaba redes sociales, memes ni publicaciones virales para poner en evidencia a los presumidos; le bastaban una plancha de grabado, tinta y una buena dosis de ironía. Entre sus creaciones apareció una calavera femenina con un enorme sombrero adornado con plumas y flores, pero sin vestido, sin joyas y sin más atributos que sus huesitos muy bien acomodados. Su nombre original fue La Calavera Garbancera, y aunque suele fecharse alrededor de 1910, su publicación documentada más conocida es de 1913, poco después de la muerte de Posada.
¿Y por qué garbancera? ¡Ah, porque aquí viene lo sabroso del asunto! El término se relacionaba con quienes vendían garbanzos y, en la interpretación histórica más difundida, se utilizó para ridiculizar a personas de origen popular que pretendían aparentar una posición social superior, renegando de sus raíces indígenas y adoptando modas europeas. Dicho en cristiano y sin tanta ceremonia: aquellos que se sentían de la aristocracia francesa, pero que seguramente en su casa no le hacían el feo a unos buenos frijolitos con chile. Posada les lanzó una crítica que atravesó generaciones: por mucho sombrero fino que te pongas, por mucho que presumas apellidos, dinero o elegancia, debajo de tanta apariencia todos llevamos exactamente el mismo esqueleto. ¡Tómala! Una lección de humildad servida por una calavera que, sin pronunciar una sola palabra, dejó a más de uno exhibido hasta los huesos.

Pero nuestra flaca todavía no terminaba de construir su fama. Décadas después apareció otro mexicano que también sabía ponerle picante a la historia: Diego Rivera. En 1947, el muralista pintó su célebre obra Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, donde reunió a personajes de distintas épocas de México y colocó, en un lugar privilegiado, a aquella calavera de Posada. Solo que Rivera decidió vestirla con un elegante atuendo, una estola de plumas y toda la personalidad de una dama de sociedad. Allí aparece tomada del brazo de su creador, José Guadalupe Posada, mientras un pequeño Diego Rivera se encuentra junto a ella y Frida Kahlo completa la escena. Fue en esta transformación donde se consolidó la figura que hoy conocemos como La Catrina, nombre relacionado con los catrines, aquellos hombres que vestían con exagerada elegancia. Y miren nada más las vueltas que da la vida: la calavera que nació para burlarse de quienes querían aparentar pertenecer a la alta sociedad terminó convertida en una de las damas más famosas y elegantes de México. ¡Si Posada hubiera sabido que su garbancera acabaría modelando en pasarelas, encabezando desfiles y protagonizando concursos de belleza, seguramente se habría muerto de risa! Aunque, pensándolo bien, con semejante personaje, hasta la expresión resulta apropiada.

Ahora bien, ¿cómo fue que esta señora tan distinguida terminó instalada en nuestros altares y convertida en protagonista del Día de Muertos? Aquí conviene aclarar algo que suele confundirse: la tradición mexicana de honrar a los difuntos es muchísimo más antigua que La Catrina. Sus raíces se encuentran en prácticas indígenas de conmemoración de los muertos que, durante la época virreinal, se entrelazaron con las celebraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. De ese encuentro cultural surgieron, a lo largo de los siglos, muchas de las expresiones que hoy conocemos. La Catrina llegó bastante después, y su incorporación a estas festividades fue gradual, especialmente durante el siglo XX, cuando la obra de Posada adquirió reconocimiento y la imagen popularizada por Rivera comenzó a reproducirse en artesanías, ilustraciones y manifestaciones culturales. Con el tiempo, aquella calavera elegante encontró su lugar perfecto en una celebración donde la muerte no se esconde, sino que se representa, se recuerda y hasta se invita a convivir. Hoy es uno de sus símbolos más reconocibles, aunque no sustituye ni representa por sí sola toda la riqueza del Día de Muertos.

Y es precisamente aquí donde no puedo evitar maravillarme con la extraordinaria manera que tenemos los mexicanos de entender la vida y la muerte. Porque, vamos a ver, ¿en qué otro lugar se recibe a los difuntos con caminos de flores, veladoras encendidas, fotografías, música, comida y hasta sus bebidas favoritas? Aquí no basta con decirles que los extrañamos: ¡les preparamos la cena! Que si al abuelo le gustaba el mole, pues se le pone mole; que si la tía era amante del café, su tacita no puede faltar; que si el compadre disfrutaba de un buen tequila, pues ahí va su caballito, no vaya a ser que regrese del más allá y encuentre el altar mal atendido. Y alrededor de todo esto aparecen los colores intensos del papel picado, el aroma inconfundible del cempasúchil, las calaveritas de azúcar, el pan de muerto, los tamales, los altares y las familias que se reúnen para recordar a quienes ya partieron. ¡Qué maravilla de país tenemos! Somos capaces de convertir una de las experiencias más dolorosas de la existencia humana en una celebración llena de belleza, simbolismo, recuerdos y amor.
Y no, eso no significa que la muerte no nos duela. ¡Claro que nos duele! La ausencia de quienes amamos puede dejarnos un vacío que ninguna fiesta consigue llenar. Pero nuestras tradiciones nos ofrecen una manera profundamente humana de mantener viva su memoria. Porque detrás de cada fotografía colocada en un altar existe una historia, detrás de cada platillo favorito hay un recuerdo y detrás de cada vela encendida permanece el cariño de alguien que se niega a olvidar. Esa es, para mí, la verdadera grandeza del Día de Muertos: que entre la nostalgia y las lágrimas siempre encontramos espacio para una sonrisa, para contar aquella anécdota del abuelo que hacía travesuras, de la tía que regañaba a todo el mundo o del familiar que tenía un sentido del humor tan peculiar que todavía nos hace reír cuando lo recordamos. La muerte podrá llevarse la presencia física, pero mientras exista alguien dispuesto a contar nuestras historias, algo de nosotros seguirá sentado a la mesa.

Por eso me encanta ver cómo cada año nuestras calles, escuelas, plazas y hogares se llenan de catrinas y catrines. Algunos lucen vestidos espectaculares, otros sombreros enormes, maquillajes elaboradísimos y atuendos que requieren horas de trabajo, creatividad y paciencia. Y aunque no falta quien se tome la caracterización tan en serio que parece estar compitiendo por el título de Miss Más Allá, lo verdaderamente hermoso es descubrir a niñas, niños y jóvenes participando con entusiasmo en una tradición que continúa transformándose sin perder su esencia. Porque la cultura no es una pieza de museo que deba permanecer inmóvil; está viva, respira, cambia, se reinventa y encuentra nuevas formas de expresarse. Eso sí, nunca está de más recordarles que detrás de ese maquillaje tan bonito hay una historia de crítica social, un grabador extraordinario y una calavera que originalmente vino a decirnos que dejáramos de presumir tanto, porque al final todos terminaremos igualitos. ¡Sin filtros, sin retoques y sin posibilidad de pedir una segunda fotografía!
Y así, entre flores de cempasúchil, olor a copal, música, pan de muerto y una Catrina que seguramente sigue observándonos con su eterna sonrisa burlona, México vuelve a demostrarnos que nuestras tradiciones son un tesoro invaluable. Me fascina pertenecer a un país donde la solemnidad puede caminar de la mano con la alegría, donde el recuerdo se viste de colores y donde incluso la muerte tiene permiso de ponerse coqueta y salir a bailar. Tal vez esa sea una de las lecciones más hermosas que nos deja nuestra elegante garbancera: que la vida es demasiado breve para desperdiciarla aparentando lo que no somos, que nuestras raíces merecen llevarse con orgullo y que, cuando llegue el momento de partir, poco importarán los sombreros, los títulos o las riquezas, pero muchísimo importará el amor que hayamos sembrado. Mientras tanto, yo seguiré disfrutando de mi café, de un buen pan de muerto y de esta maravillosa costumbre mexicana de celebrar a quienes viven para siempre en nuestra memoria, imaginando a Posada, Rivera y aquella flaca presumida reuniéndose en algún rincón de la eternidad para reírse de nuestras ocurrencias, mientras la historia, la vida y la muerte continúan su danza interminable, con los recuerdos y el tiempo entrelazándose.













































