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Todos remamos, pero no al mismo ritmo

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Quienes laboramos en dependencias del Gobierno Federal de México estamos presenciando una etapa de deterioro de las condiciones laborales y operativas en nuestras instituciones. En mi caso, desde el Sistema Educativo en particular, a nivel Medio Superior. Los equipos de trabajo se hacen cada vez más pequeños, las responsabilidades aumentan, las metas permanecen y el cansancio comienza a acumularse.

No sé si esta situación les resulte familiar, queridos lectores, pero estoy casi segura de que más de uno se identificará con ella. En muchos centros de trabajo, las jubilaciones, las renuncias y la falta de nuevas contrataciones han provocado que las mismas responsabilidades deban distribuirse entre menos personas. Y como las instituciones no pueden detenerse, quienes permanecemos terminamos haciendo “un mucho” de todo porque desde las oficinas centrales de la CDMX las exigencias aumentan.

Y sí, creo que ya les había tocado leer de mi cansancio (o hartazgo). Porque desde hace tiempo he comenzado a experimentar ese agotamiento que no siempre se quita con una buena noche de sueño. Ese cansancio que aparece cuando terminamos una tarea y ya tenemos otras tres esperando. Cuando la lista de pendientes parece reproducirse por generación espontánea y cuando, por más que hacemos, sentimos que nunca es suficiente. Y como cereza del pastel, de manera irónica obviamente, llega esta quincena en el magisterio Nacional la rezonificación (RZ) y resulta que, en algunos de nuestros recibos, viene menos que el año pasado. Pero la mayoría nos callamos.

En medio de esta realidad he estado reflexionando sobre algo que solemos mencionar con mucha facilidad, pero que no siempre sabemos llevar a la práctica: el trabajo en equipo.

Nos encanta hablar de colaboración, compromiso, proactividad y orientación a resultados. Son conceptos que aparecen en cursos de liderazgo, reuniones de planeación y discursos institucionales. Yo misma, cuando inicié mi periodo como directora, me afanaba por poner en práctica las mejores técnicas de liderazgo y trabajo en grupo. Hoy confieso que muchas de ellas parecen insuficientes frente a una realidad que ningún manual de liderazgo me enseñó a enfrentar. Esos conceptos no embonan con la realidad que estamos viviendo, en la cual la mayoría de los integrantes del equipo estamos cansados.

Si lo ponemos en una analogía, somos un barco. Una embarcación en la que, se supone, todos queremos llegar al mismo puerto; sin embargo, en el trayecto no todos remamos con la misma fuerza. Algunos tienen más experiencia, otros apenas están aprendiendo, algunos encuentran maneras de facilitar el recorrido y otros necesitan detenerse porque están agotados.

Y tampoco podemos ignorar que, aun en medio del cansancio colectivo, nuestras actitudes individuales hacen una diferencia. Hay quienes, pese al agotamiento, siguen buscando soluciones y tendiendo la mano; y hay quienes, quizá como mecanismo de defensa, se refugian en el “eso no me corresponde”. No siempre es fácil distinguir entre egoísmo y supervivencia laboral. Y quizá por eso deberíamos ser más cuidadosos al juzgar el esfuerzo de los demás.

El problema comienza cuando dejamos de mirar hacia dónde vamos y nos concentramos exclusivamente en cuánto está remando el compañero de al lado.

Aunque también debemos reconocer algo: ningún barco puede mantenerse a flote indefinidamente si cada vez tiene menos tripulantes y se espera que llegue al mismo destino, en el mismo tiempo y bajo las mismas condiciones.

Por eso considero injusto responsabilizar únicamente a las personas cuando existen circunstancias institucionales que rebasan su voluntad y sus capacidades. El compromiso es indispensable, pero no sustituye los recursos humanos que hacen falta.

Y aquí viene mi propia autocrítica: quizá quienes tenemos responsabilidades de liderazgo también debemos aprender a distinguir entre motivar y presionar, entre promover la colaboración y normalizar la sobrecarga. Pero ¿a nosotros quién nos motiva? ¿Quién nos recuerda que también podemos cansarnos, frustrarnos y sentir que nuestros esfuerzos son insuficientes? Porque resulta complicado mantener el entusiasmo de una tripulación cuando desde el puente de mando alcanzamos a ver los huracanes que se aproximan y sabemos que no contamos con los recursos suficientes para enfrentarlos.

Al final, creo que el verdadero trabajo en equipo no se mide por quién hace más, quién se queda hasta más tarde o quién parece estar siempre disponible. Se construye cuando somos capaces de reconocer nuestras diferencias, compartir responsabilidades, tomar la iniciativa y recordar que el éxito colectivo no debería conseguirse a costa del agotamiento individual.

Porque todos remamos, sí. Pero también necesitamos aprender a cuidar de quienes comparten con nosotros la embarcación.

Y quizá, de vez en cuando, debamos preguntarnos si el problema está en la fuerza con la que remamos o en las condiciones en las que nos están pidiendo navegar. Reconozco que, como líder, tengo la responsabilidad de tomar decisiones y emprender acciones para mejorar aquello que está a mi alcance. Sin embargo, también he aprendido que existen decisiones que se toman muy por encima de nosotros, cuyos efectos terminamos enfrentando quienes estamos en la operación cotidiana.

Y confieso que hay algo de resignación en reconocerlo. Porque por más voluntad, compromiso y esfuerzo que pongamos, hay circunstancias que sencillamente no podemos cambiar.

Así que quizá, por ahora, solo nos quede seguir remando cuando las fuerzas lo permitan y, cuando no, dejarnos llevar un poco por la corriente. No porque hayamos perdido de vista el puerto al que queremos llegar, sino porque también, al menos yo, queridos lectores, estoy cansada de luchar contra la marea.

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