Cada 15 de septiembre las plazas de México vuelven a vestirse de verde, blanco y rojo. Las familias salen, los niños esperan los fuegos artificiales, aparecen los antojitos, la música y ese sentimiento de mexicanidad que, al menos por una noche, parece ponernos de acuerdo. Para muchos, la celebración del Grito es precisamente eso: convivencia, tradición y orgullo de pertenecer a un país con una historia que merece ser recordada.
Pero antes de la música, del espectáculo y de la pirotecnia existe algo que quizá escuchamos cada vez menos: la historia. Aquella que comenzó en 1810 y que años después llevó a José María Morelos a plasmar en los *Sentimientos de la Nación* ideas que siguen resultando profundamente actuales: que la soberanía dimana del pueblo, que los poderes deben dividirse y que cada 16 de septiembre debía solemnizarse el aniversario del inicio de nuestra Independencia. No era solamente separarse de otra nación; se estaba discutiendo quién debía ejercer el poder y de dónde provenía su legitimidad.
Por eso hay algo particularmente interesante en la ceremonia que repetimos cada año: quienes ejercen el poder salen al balcón para recordar a quienes, hace más de dos siglos, se levantaron precisamente frente al poder de su tiempo. Se toca una campana, se recuerda a los héroes, se habla de libertad, soberanía y justicia. Son palabras fuertes, pero también compromisos que deberían sobrevivir mucho más que los minutos que dura una ceremonia.
Y mientras en muchas ciudades la noche termina entre música y fuegos artificiales, existe otro México en el que incluso celebrar se ha vuelto complicado. Este año hubo municipios donde las fiestas patrias tuvieron que suspenderse por razones de inseguridad; incluso en Chihuahua ocurrió. En otras partes del país, la violencia ha provocado durante años que autoridades y ciudadanos tengan que preguntarse primero si existen condiciones para reunirse en una plaza pública y después si hay algo que festejar.
Ahí aparece una de las contradicciones más duras de nuestra realidad. Celebramos una lucha que buscó la libertad, mientras existen comunidades donde el miedo condiciona la vida cotidiana. Hablamos de soberanía mientras hay lugares donde el Estado enfrenta enormes dificultades para garantizar algo tan elemental como que una familia pueda acudir tranquilamente a una plaza. Y gritamos que viva México mientras algunos mexicanos tienen que resguardarse en sus casas porque salir a celebrar puede representar un riesgo.
No se trata de dejar de festejar. Al contrario. La convivencia, nuestras tradiciones, la música, los colores y hasta los fuegos artificiales también forman parte de nuestra identidad. Recuperar y conservar los espacios públicos es importante. Pero quizá las fiestas patrias también deberían servirnos para mirar, aunque sea por unos minutos, aquello que ocurre cuando termina la celebración.
Porque la Independencia no debería medirse solamente por nuestra capacidad de ondear una bandera o gritar “¡Viva México!”. También debería reflejarse en instituciones capaces de garantizar libertad, seguridad, justicia y tranquilidad a quienes viven bajo esa bandera.
Los fuegos artificiales duran unos minutos y después el cielo vuelve a quedar oscuro. Es entonces cuando regresamos a la realidad. Y quizá ahí está la pregunta que vale la pena hacernos cada septiembre: **cuando se apagan los fuegos artificiales, ¿qué tan libres somos realmente?**
**Arturo Michel**
*Entre la ley y la realidad*














































