Hace poco me encontré con una frase que decía: «Si los árboles nos dieran wifi, todo el mundo plantaría uno, pero como solo nos dan el oxígeno que respiramos, nadie lo hace». Aunque a primera vista parece una simple frase de internet, detrás de ella hay una reflexión que vale la pena detenernos a pensar: ¿por qué necesitamos obtener algo a cambio para reconocer el valor de lo que tenemos?

Imaginemos por un momento que fuera cierto. Seguramente habría personas dispuestas a plantar árboles frente a sus casas, empresas que financiarían campañas de reforestación y comunidades organizadas para proteger los bosques. Quizá incluso habría aplicaciones para localizar los árboles con mejor conexión. Nos parecería una idea extraordinaria. Sin embargo, los árboles ya nos ofrecen algo indispensable para la vida, y no necesitamos una contraseña para recibirlo.

El problema no es que desconozcamos la importancia de la naturaleza. Desde pequeños aprendemos que los árboles producen oxígeno, que los ecosistemas necesitan protección y que debemos cuidar el medioambiente. Lo sabemos, pero saber algo no siempre significa actuar en consecuencia. A veces, aquello que está presente todos los días termina por parecernos tan común que dejamos de reconocer su importancia.

Y esta contradicción no se limita a nuestra relación con la naturaleza. También se encuentra en la manera en que valoramos lo que nos rodea. Nos resulta más sencillo prestar atención a aquello que nos ofrece una recompensa inmediata, que nos genera ganancias o que podemos mostrar como un logro. En cambio, aquello cuyo beneficio no se traduce en dinero, reconocimiento o satisfacción instantánea suele quedar en segundo plano.

Pensemos en los espacios públicos, en las tradiciones de nuestras comunidades, en la historia que nos identifica o en los conocimientos que hemos heredado de otras generaciones. ¿Cuántas veces reconocemos su importancia hasta que están en riesgo de desaparecer? ¿Cuántas cosas dejamos de cuidar porque creemos que siempre estarán ahí?

Tal vez nos hemos acostumbrado a medir el valor de las cosas a partir de lo que podemos obtener de ellas. Si algo nos facilita la vida, nos entretiene o nos ofrece una ventaja, encontramos razones para conservarlo. Pero cuando sus beneficios son silenciosos, compartidos o difíciles de cuantificar, parece que necesitamos un recordatorio para reconocerlos.

Esto también nos invita a reflexionar sobre una idea que va más allá de los objetos y los recursos naturales: no todo lo valioso tiene que producirnos un beneficio personal. Hay cosas que merecen ser cuidadas porque forman parte de nuestra vida, de nuestra historia y del mundo que compartimos con los demás.

Quizá nunca tengamos árboles que nos proporcionen wifi, pero tampoco deberíamos necesitarlo para comprender lo que representan. No tendríamos que esperar a que desaparezca un espacio natural para lamentar su pérdida, ni a que una tradición se extinga para interesarnos por ella, ni a que algo deje de estar disponible para reconocer cuánto significaba.

Al final, la pregunta no es qué más pueden ofrecernos las cosas que nos rodean, sino qué nos impide valorar lo que ya nos ofrecen.

Porque, si necesitamos que un árbol nos conecte a internet para decidir que merece ser plantado, quizá el problema nunca fue la falta de beneficios, sino nuestra manera de reconocerlos.

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