Hace unos días me encontré una publicación que, honestamente, parecía sacada de otra época. Una imagen enorme, colorida, con leones, tigres, elefantes, caballos y payasos, acompañada de una petición bastante clara: que regresen los animales al circo. El argumento era que el gremio circense había sido injustamente afectado por la prohibición y que otras actividades con animales seguían existiendo. Y sí, entiendo que detrás de los circos hay familias, empleos, tradición y generaciones enteras dedicadas al espectáculo. Lo que no entiendo es por qué, para defender una tradición, tendríamos que regresar también al sufrimiento que esa tradición implicaba.
Porque una cosa es defender al circo y otra muy distinta defender el uso de fauna silvestre como parte del entretenimiento.
México prohibió en 2015 el uso de ejemplares de vida silvestre en circos. La Ley General de Vida Silvestre fue modificada para establecerlo de manera expresa. La prohibición no significó que todos los animales existentes desaparecieran por arte de magia ni que la transición fuera perfecta. De hecho, hubo problemas serios. Algunos ejemplares terminaron en zoológicos, santuarios o instalaciones que tampoco estaban preparadas para recibirlos. PROFEPA documentó casos de felinos hacinados, animales abandonados y ejemplares encontrados sin agua ni alimento durante aquellos años de transición. La forma en que se implementó la medida tuvo fallas, y sería absurdo negarlo. Pero una mala transición no convierte automáticamente en buena idea regresar al elefante a la pista.
Aquí hay una diferencia que a veces se nos olvida. Un tigre puede aprender a saltar a través de un aro, pero eso no significa que saltar a través de un aro sea una necesidad biológica del tigre. Un elefante puede ser condicionado para levantar una pata, sentarse o caminar en círculos, pero su capacidad para obedecer no convierte ese comportamiento en natural. Un animal puede acostumbrarse a vivir encerrado y seguir estando encerrado.
Y no, tampoco creo que toda persona que trabajó con animales en un circo haya sido automáticamente una torturadora. Hay cuidadores que establecieron vínculos reales con ellos y familias que probablemente hicieron lo que durante décadas se consideró normal. Pero precisamente de eso se trata avanzar. De reconocer que algo que antes parecía aceptable puede dejar de serlo cuando conocemos mejor sus consecuencias.
Hace años fumar dentro de un avión era normal. Tener animales silvestres haciendo trucos también.
La tradición no vuelve correcto todo lo que toca.
Lo curioso es que esta discusión reaparece justo cuando México está moviendo su legislación de bienestar animal. El 29 de septiembre el Senado aprobó la Ley General en Materia de Bienestar, Cuidado y Protección de los Animales, con 115 votos a favor y uno en contra en lo general, y posteriormente la envió a la Cámara de Diputados. Así que, ojo, todavía no es una ley vigente. Falta que la Cámara de Diputados la revise, eventualmente la apruebe y después continúe el proceso correspondiente. Pero lo aprobado por el Senado contiene algo que cambia bastante la conversación nacional: reconoce a los animales como seres sintientes y establece bases generales para su cuidado, protección y bienestar.
Eso de seres sintientes no es decoración jurídica. Significa reconocer que un animal puede experimentar dolor, miedo, estrés, placer y otras sensaciones, y que nuestras decisiones sobre él no deberían basarse únicamente en cuánto vale, quién es su dueño o cuánto dinero produce. Parece bastante obvio cuando hablamos de nuestro perro o nuestro gato. Curiosamente se vuelve más complicado cuando el animal empieza a generar entradas, apuestas o boletos.
La nueva legislación también plantea obligaciones para albergues, refugios, centros de bienestar, establecimientos de reproducción y comercialización, además de crear registros e instrumentos nacionales de información. Prohíbe conductas de negligencia, crueldad, tortura y sufrimiento innecesario, y establece responsabilidades para distintos niveles de gobierno. Es una reforma enorme porque por primera vez intenta construir un piso nacional de bienestar animal en un país donde durante años dependimos de un rompecabezas de leyes estatales y reglamentos municipales.
Y aquí viene una parte que merece mucha atención. Durante la discusión en el Senado se modificó el proyecto para que las entidades federativas regulen la participación de animales en espectáculos deportivos, recreativos y de entretenimiento, siempre bajo criterios de bienestar. También se incorporaron expresamente las cabalgatas dentro de esa discusión. Eso abre una puerta importante para estados y congresos locales, pero no significa que el Senado haya autorizado otra vez animales silvestres en los circos. La prohibición federal contenida en la Ley General de Vida Silvestre sigue siendo otra cosa y no desaparece solamente porque alguien publique un cartel colorido en Facebook.
Y eso también hay que decirlo porque las redes sociales tienen una enorme capacidad para convertir un deseo en iniciativa, una iniciativa en reforma y una reforma en ley antes de que alguien haya terminado de leer el primer artículo.
Hasta donde pude verificar, la publicación que circula pidiendo regresar animales a los circos forma parte de una campaña del propio sector. Eso no equivale, por sí solo, a una reforma ya presentada y mucho menos aprobada. De hecho, ya existieron intentos anteriores por eliminar la prohibición del artículo 78 de la Ley General de Vida Silvestre y fueron dictaminados en sentido negativo.
Ahora bien, entiendo uno de los reclamos de los cirqueros. Preguntan por qué ellos fueron limitados mientras continúan otras actividades que utilizan animales. Es una pregunta válida.
Pero la respuesta no debería ser regresar animales al circo.
Debería ser revisar también las demás actividades.
Si existe sufrimiento injustificado en peleas, espectáculos, exhibiciones, entrenamientos o cualquier otra actividad, la discusión lógica no es “si ellos pueden, nosotros también”. Sería como pedir que nos regresen el asbesto porque todavía existen edificios que lo contienen.
El bienestar animal no debería avanzar por comparación hacia abajo.
También debemos dejar algo claro. El circo no murió cuando salieron los animales. Cambió. Existen compañías impresionantes construidas con acrobacia, contorsionismo, magia, danza, música, trapecio, clown y tecnología. Cirque du Soleil logró convertir precisamente al talento humano en el centro de uno de los espectáculos circenses más reconocidos del planeta. No necesitamos un tigre parado sobre dos patas para demostrar que un circo puede sorprendernos.
De hecho, si algo debería defender el gremio circense es precisamente eso. Su capacidad para reinventarse.
Porque si la única manera de preservar una tradición consiste en regresar diez años en legislación ambiental y bienestar animal, quizá lo que estamos protegiendo no sea la tradición, sino nuestra resistencia al cambio.
Y tampoco podemos olvidar la parte ecológica. Un león, un tigre o un elefante no son únicamente animales individuales. Son especies con comportamientos, estructuras sociales, territorios y necesidades ecológicas complejas. Sacarlos de ese contexto para convertirlos en espectáculo crea una visión muy pobre de lo que significa la fauna silvestre. Un niño que ve un tigre atravesando un aro aprende que ese animal existe para entretenernos. Uno que aprende sobre su hábitat, sus amenazas y su función ecológica entiende algo mucho más valioso: que no necesitamos poseer a un animal para admirarlo.
Esa diferencia parece pequeña, pero es educación ambiental.
Y si queremos hablar de tradición mexicana, también tendríamos que preguntarnos qué tradiciones queremos llevar hacia el futuro y cuáles podemos agradecer, reconocer y dejar atrás. La cultura no es una vitrina cerrada. Cambia. Evoluciona. Se cuestiona.
El circo también puede hacerlo.
Consejo incómodo: la próxima vez que pagues por una actividad donde participe un animal, no preguntes solamente si se ve bonito o si aparentemente está bien cuidado. Pregunta qué comportamiento natural puede realizar, cuánto tiempo permanece confinado, cómo fue entrenado y qué ocurre con él cuando deja de ser rentable. Si el espectáculo necesita que el animal deje de comportarse como animal para poder entretenernos, quizá el problema no está en el animal.
Una tradición puede merecer respeto sin merecer inmunidad. Y avanzar como sociedad también significa aprender que no todo aquello que alguna vez nos divirtió merece acompañarnos para siempre.
El circo no necesita regresar a los animales para recuperar su grandeza. Necesita demostrar que su mayor espectáculo siempre debió ser el talento humano.
Juntos Todos por un planeta donde admirar a los animales no implique obligarlos a actuar para nosotros. 🐘🐅🌎
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