Llegó esa época del año que personalmente disfruto muchísimo. Halloween, noches más largas, disfraces, historias de miedo, murciélagos colgados por todas partes, telarañas falsas, hongos misteriosos, serpientes, cuervos y prácticamente cualquier animal que durante siglos decidimos contratar sin sueldo para representar el terror. Y mientras colocamos un murciélago de plástico en la puerta o una araña gigante sobre el jardín, pocas veces nos preguntamos algo bastante incómodo. ¿Por qué precisamente esos animales nos dan miedo? ¿Realmente son tan peligrosos o llevamos generaciones aprendiendo a temerles porque el cine, los cuentos y la cultura popular decidieron que necesitaban buenos villanos?
Pensemos en los tiburones. Hollywood necesitó apenas dos notas musicales para conseguir que millones de personas imaginaran que cualquier sombra debajo del agua estaba evaluando qué pierna comerse primero. Tiburón hizo extraordinariamente bien su trabajo como película y bastante mal las relaciones públicas de estos animales. Hoy sabemos que existen más de 500 especies de tiburones, que los humanos no formamos parte de su dieta habitual y que las interacciones graves son extremadamente raras. Además, muchos tiburones funcionan como depredadores importantes que regulan poblaciones y ayudan a mantener el equilibrio de los ecosistemas marinos. Sin embargo, medio siglo después seguimos entrando al océano pensando en el tiburón y rara vez en la contaminación, la pesca excesiva o los millones de toneladas de plástico que nosotros sí llevamos al mar. Curioso quién terminó siendo el verdadero depredador de la película.
Después llegaron las anacondas gigantes capaces de perseguir humanos con una determinación que probablemente ni una anaconda real tendría energía para mantener. Las anacondas existen, pueden alcanzar tamaños impresionantes y obviamente no son animales que debamos intentar abrazar para conseguir una selfie. Son grandes depredadores de humedales sudamericanos y consumen peces, aves, reptiles y mamíferos, pero los ataques a seres humanos son excepcionalmente raros. Algo parecido sucede con nuestras serpientes. En Chihuahua tenemos víboras de cascabel, coralillos y muchas culebras completamente inofensivas, pero para demasiadas personas la identificación taxonómica sigue consistiendo en dos categorías: “serpiente” y “mátala”. El pequeño detalle es que muchas controlan roedores e insectos y forman parte de redes alimentarias donde también sirven de alimento a otras especies. Matar todo lo que se arrastra porque nos provoca miedo no es manejo de fauna. Es ignorancia con una pala en la mano.
Y entonces llegamos a los reyes oficiales de Halloween, los murciélagos. Drácula hizo lo suyo, las películas terminaron el trabajo y después llegaron décadas de historias asegurando que todos beben sangre, se enredan en el cabello, son ciegos o están esperando cualquier oportunidad para atacarnos. México tiene 146 especies de murciélagos reconocidas actualmente y 20 son endémicas del país. Comen enormes cantidades de insectos, dispersan semillas y algunos polinizan plantas fundamentales para nuestros ecosistemas. Incluso los murciélagos magueyeros participan en la reproducción de agaves. Así que cada vez que alguien brinda con tequila o mezcal mientras dice que odia a los murciélagos, la naturaleza probablemente merece unos segundos para apreciar la ironía.
Hace unos días precisamente tuvimos en Chihuahua el Bat Weekend, acompañado de actividades científicas y de educación ambiental para hablar de estos animales que durante tanto tiempo han cargado con una reputación que no merecen. Y esta misma semana comienza la Bat Week internacional, del 24 al 31 de octubre, con actividades también en México. No es casualidad que estas fechas se aprovechen para hacerlo. Si Halloween ya consiguió que todo el mundo mire murciélagos, quizá lo inteligente sea utilizar esa atención para contar lo que realmente hacen cuando nosotros estamos durmiendo.
Algo parecido intentamos con el Eco Sendero del Terror. El nombre llama la atención porque todos sabemos qué animales espera encontrar alguien cuando escucha la palabra terror. Una cascabel, una tarántula, una viuda negra, un murciélago, quizá algún hongo extraño. Pero ahí está justamente el truco. Entramos buscando monstruos y terminamos encontrando organismos cumpliendo funciones ecológicas. El terror sirve como puerta de entrada, pero la intención es salir del sendero con menos miedo y mucho más respeto. Porque desestigmatizar también es educación ambiental.
Los hongos tampoco escaparon del casting. Antes bastaba con asociarlos a brujas, cementerios y pociones. Ahora The Last of Us consiguió que algunas personas descubrieran al Cordyceps imaginando el fin de la humanidad. Lo divertido es que los llamados hongos zombis sí existen y algunos son capaces de alterar el comportamiento de ciertos insectos. Lo que no existe es evidencia de que estén preparándose para convertirnos en una población de zombis. Muchos de estos hongos están altamente especializados en determinados hospederos y algunos incluso ayudan a regular poblaciones de insectos. Mientras tanto, millones de otros hongos hacen algo bastante menos cinematográfico y mucho más importante, descomponen materia orgánica, reciclan nutrientes, ayudan a formar suelo y establecen relaciones fundamentales con plantas. Si desaparecieran los hongos, probablemente tendríamos razones bastante más reales para entrar en pánico que las que muestra cualquier serie.
Y ese patrón se repite constantemente. Lechuzas asociadas con malos augurios. Arañas convertidas en criaturas que deben morir apenas aparecen en una pared. Zopilotes relacionados con muerte y suciedad cuando cumplen una función sanitaria extraordinaria consumiendo carroña. Coyotes perseguidos porque aparecen cerca de ciudades que nosotros mismos expandimos sobre su territorio. Incluso insectos completamente inofensivos terminan aplastados porque tuvieron la desgracia evolutiva de no parecernos bonitos.
Tenemos un problema serio con nuestra definición de naturaleza. Nos encanta mientras tenga ojos grandes, pelaje suave y pueda protagonizar una campaña de conservación. Queremos salvar pandas, delfines, mariposas y tortugas, pero la biodiversidad no fue diseñada por un departamento de mercadotecnia. Un ecosistema necesita también depredadores, carroñeros, parásitos, descomponedores, insectos, hongos y animales que jamás ganarían un concurso de ternura. La naturaleza no puede funcionar únicamente con las especies que quedarían bonitas estampadas en una taza.
Eso tampoco significa convertir el respeto por la fauna en imprudencia. Una cascabel sigue siendo venenosa. Un tiburón continúa siendo un gran depredador. Una viuda negra merece distancia y jamás debemos manipular un murciélago con las manos desnudas. Educar ambientalmente no significa decir que nada es peligroso. Significa aprender a distinguir peligro de maldad. Un animal puede representar un riesgo y aun así tener derecho a existir. La cascabel no tiene una agenda personal contra nosotros. El tiburón no conoce la película que arruinó su reputación y el murciélago probablemente tiene cosas bastante más importantes que hacer a medianoche que buscar nuestro cabello.
Quizá por eso Halloween puede ser una extraordinaria temporada de educación ambiental. Podemos seguir contando historias, disfrazándonos, poniendo murciélagos en las paredes y disfrutando aquello que nos provoca un poquito de miedo. Pero también podemos utilizar esa curiosidad para conocer a las especies reales detrás del personaje. Porque cuando conocemos algo, empezamos a entenderlo y cuando comenzamos a entenderlo resulta mucho más difícil destruirlo simplemente porque nos parece feo, oscuro o extraño.
Al final, quizá los animales incomprendidos no necesitan que dejemos de tenerles respeto. Necesitan que dejemos de inventarles intenciones humanas.
Consejo incómodo: este Halloween elige uno de esos animales que siempre te ha provocado miedo. Una serpiente, un murciélago, una araña, un tiburón o incluso un hongo. Busca qué especie vive realmente en tu región, qué función cumple y qué debes hacer si llegas a encontrarla. Si aparece fauna silvestre en tu casa, no intentes matarla ni manipularla sin conocimiento. Identifica, mantén distancia y pide apoyo cuando sea necesario. Cambiar el miedo por información también es una forma de conservar.
Quizá el verdadero monstruo nunca fue el tiburón, la serpiente, el murciélago ni aquello que se mueve en la oscuridad. El verdadero terror comienza cuando destruimos lo que no entendemos y después descubrimos, demasiado tarde, que también lo necesitábamos.
Este Halloween disfrutemos del miedo, pero no dejemos que el miedo decida qué especies merecen vivir.
Juntos Todos por un planeta donde hasta los incomprendidos tengan un lugar en la historia. 🎃🦇🍄🐍🌎
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