Hay mañanas en las que una se sienta tranquilamente con su taza de café, dispuesta a disfrutar de un momento de paz, hasta que se le ocurre abrir el baúl de la historia de México y descubre que nuestros políticos del siglo XIX no tenían absolutamente nada que envidiarles a los protagonistas de la política de hoy. Había traiciones, ambiciones, amistades convenencieras, pleitos por el poder y, por supuesto, compadres. ¡Porque en México podrá cambiar el siglo, el gobierno y hasta la moneda, pero un buen compadre siempre ha sido un contacto muy valioso! Y precisamente entre sorbo y sorbo de café me encontré pensando en un personaje al que la historia no siempre le ha hecho justicia: Manuel González Flores, presidente de México de 1880 a 1884, militar de carrera, hombre de carácter y, para acabarla de amolar, compadre de don Porfirio Díaz. Sí, señoras y señores, hubo una época en la que ser compadre del hombre más poderoso del país podía resultar bastante conveniente, aunque tampoco bastaba con presentarse en Palacio Nacional diciendo: ¡Compadrito, aquí vengo por la chamba!.

Resulta que Porfirio Díaz, aquel señor de bigote impecable, mirada severa y una extraordinaria capacidad para encariñarse con la silla presidencial, había llegado al poder enarbolando la bandera de la no reelección. ¡Así como lo leen! El mismo hombre que terminaría gobernando México durante más de tres décadas había comenzado su carrera presidencial defendiendo que nadie debía eternizarse en el poder. Pero en 1880 se le presentó un pequeño inconveniente: las reglas constitucionales no le permitían reelegirse inmediatamente. Imagínense el conflicto emocional de don Porfirio, que apenas comenzaba a acomodarse en Palacio Nacional y ya tenía que entregar las llaves. ¿Qué hacer ante semejante tragedia? Pues apoyar a alguien de confianza, alguien que conociera el negocio, que no fuera a salir con ocurrencias demasiado peligrosas y que, de preferencia, estuviera dentro de su círculo político. Y ahí apareció Manuel González, su compañero de armas, aliado y compadre. ¡Porque para eso están los compadres, para acompañarse en las buenas, en las malas y, aparentemente, en las sucesiones presidenciales!

Ahora bien, tampoco vayamos a cometer la injusticia de pensar que Manuel González era un señor que estaba tranquilamente en su casa cuando recibió una visita imaginaria de Porfirio diciéndole: Oye, compadre, ¿qué vas a hacer los próximos cuatro años?. ¡No, hombre! González tenía una larga trayectoria militar, había participado en importantes conflictos nacionales y hasta había perdido el brazo derecho durante la intervención francesa. Es decir, no era ningún aparecido ni alguien que hubiera conseguido el puesto únicamente por llevarse bien con el jefe. Tenía experiencia, relaciones políticas y suficientes cicatrices como para demostrar que había recorrido un camino bastante complicado antes de llegar a la presidencia. Eso sí, contar con el respaldo de Díaz le facilitó considerablemente las cosas, y en 1880 ganó las elecciones presidenciales. Así comenzó una administración que muchos recordarían como el periodo en que don Porfirio prestó la silla, pero no necesariamente dejó de estar pendiente de quién se sentaba en ella.

Y aquí es donde la historia se pone sabrosa, porque Manuel González resultó ser un compadre bastante menos manejable de lo que algunos podrían imaginar. Una cosa era llegar al poder con el apoyo de Díaz y otra muy distinta quedarse cuatro años preguntándole quédebía hacer. Durante su gobierno impulsó la construcción de ferrocarriles, amplió las comunicaciones y promovió obras que contribuyeron a modernizar el país. Pero también enfrentó dificultades económicas, acusaciones de corrupción y un descontento popular que fue creciendo hasta ponerle bastante picante a su administración. Porque una cosa es llegar a la presidencia con el respaldo del compadre y otra muy distinta descubrir que los problemas nacionales no se resuelven con una palmada en la espalda y un ¡échale ganas, Manuelito, tú puedes!
Pero si Manuel González pensaba que sus mayores dolores de cabeza vendrían de la política, ¡estaba muy equivocado! Resulta que a su gobierno se le ocurrió introducir unas flamantes monedas de níquel, seguramente convencido de que estaba modernizando la economía nacional. El pequeño detalle fue que a los mexicanos no les hizo ninguna gracia recibir monedas cuyo metal valía menos que la cantidad que llevaban grabada, especialmente porque estaban acostumbrados a confiar en el valor de la plata y el cobre, metales con los que se fabricaban las monedas hasta entonces. Y para colmo, algunos comerciantes comenzaron a rechazarlas o a recibirlas por menos de su valor. ¡Imagínense ir al mercado a comprar los frijolitos y descubrir que las monedas que les dieron ayer de cambio hoy no se las quiere recibir nadie! ¡Oiga, marchante, pero si este dinero me lo dieron aquí mismo! ¡Pues vaya y reclámele al presidente, porque yo con esas moneditas no le vendo ni medio kilo de frijoles! Y así, entre monedas sospechosas, comerciantes desconfiados y ciudadanos cada vez más molestos, el asunto terminó convirtiéndose en un verdadero escándalo nacional. En diciembre de 1883 estallaron protestas en la Ciudad de México y el gobierno tuvo que dar marcha atrás. ¡Vaya que se armó la de Dios es Padre! Porque una cosa es tener el poder para mandar fabricar dinero y otra muy distinta conseguir que la gente quiera recibirlo. ¡Ni el compadre Porfirio podía arreglar semejante disgusto con una recomendación!
Por supuesto, mientras todo esto ocurría, Porfirio Díaz no estaba precisamente dedicado a cultivar margaritas y disfrutar de su retiro. ¡Faltaba más! Don Porfirio seguía muy atento a la política nacional, conservaba sus relaciones y preparaba el terreno para regresar a la presidencia. Y aunque ambos personajes compartían una larga historia de colaboración, también tuvieron diferencias y tensiones. Porque hasta entre compadres hay desacuerdos, especialmente cuando lo que está de por medio no es quién pone la carne para la próxima reunión, sino quién controla los destinos de toda una nación. Lo verdaderamente curioso es que, al finalizar el mandato de González en 1884, Díaz regresó al poder, y ahora sí, señoras y señores, parecía que había encontrado una silla hecha exactamente a su medida. Tan cómoda le resultó que, con las reformas constitucionales posteriores, logró mantenerse en la presidencia hasta 1911. ¡Veintisiete años más! Aquello ya no era apego al cargo, era prácticamente una relación sentimental con el mobiliario de Palacio Nacional.
¿Y qué fue de nuestro querido Manuel González después de devolverle las llaves de Palacio Nacional a su compadre? Pues no crean que se fue a descansar a una mecedora, a contar sus batallas o a lamentarse por haber perdido la silla más codiciada de México. ¡Para nada! En 1885 se convirtió en gobernador de Guanajuato y ahí permaneció hasta su muerte, en 1893. Es decir, mientras Porfirio Díaz seguía muy quitado de la pena gobernando el país, González continuaba haciendo política desde tierras guanajuatenses. Y aunque su relación había tenido sus respectivos jaloneos, ambos siguieron formando parte del mismo entramado político. Lo verdaderamente extraordinario es que Manuel murió nueve años después de dejar la presidencia, ¡y su compadre todavía tuvo tiempo de gobernar otros dieciocho! A esas alturas, uno podría pensar que don Porfirio no quería un periodo presidencial, sino que le escrituraran Palacio Nacional. ¡Vaya manera de encariñarse con el puesto! Manuel González falleció el 8 de mayo de 1893, a los 59 años, sin imaginar que su antiguo compañero de armas todavía permanecería tantos años más al frente del país.

Sin embargo, reducir a Manuel González al papel de simple cuidador de la silla presidencial sería demasiado injusto. Su gobierno tuvo decisiones propias, obras importantes, conflictos y errores que merecen analizarse sin dejar que la enorme sombra de Porfirio Díaz lo cubra todo. De hecho, una de las ironías de nuestra historia es que mientras Díaz terminó convertido en uno de los personajes más estudiados y discutidos del país, su compadre quedó relegado a una especie de paréntesis presidencial, como si aquellos cuatro años hubieran sido solamente un intermedio para que don Porfirio saliera a estirar las piernas y regresara a continuar la función. Y no fue así. González gobernó, tomó decisiones, enfrentó problemas y dejó su propia huella en un México que intentaba modernizarse mientras seguía arrastrando profundas desigualdades y conflictos políticos. Eso sí, hay que reconocerle algo: supo entregar la presidencia al terminar su mandato, una costumbre que, a su compadre, con el paso de los años, parece que dejó de entusiasmarle demasiado.
Y ahora que termino mi café, no puedo evitar sonreír ante las curiosas vueltas que da nuestra historia. Porque uno podría pensar que aquellos tiempos de compadrazgos políticos, alianzas convenientes y amistades estratégicas quedaron enterrados junto con los sombreros de copa, los carruajes y los enormes bigotes decimonónicos. Pero basta mirar con un poquito de atención para descubrir que algunas costumbres mexicanas tienen una resistencia al paso del tiempo verdaderamente admirable. Cambian los nombres, los partidos, los discursos y hasta las fotografías oficiales, pero las relaciones personales siguen teniendo un peso considerable en los caminos del poder. Eso sí, conviene recordar que Manuel González no llegó a la presidencia simplemente por ser compadre de Porfirio Díaz, sino por una combinación de trayectoria militar, alianzas políticas y circunstancias que hicieron posible aquella sucesión. Lo demás, como suele ocurrir con nuestra historia, se ha ido adornando con el paso de los años, porque a los mexicanos nos encanta ponerle un poquito de salsa hasta a los acontecimientos más solemnes. Y mientras dejo la taza sobre la mesa, me queda rondando una pregunta: ¿cuántas veces habrá cambiado realmente nuestra manera de hacer política y cuántas solamente le habremos cambiado el bigote a los protagonistas? Quizá la respuesta se encuentre por ahí, entre los ecos del pasado y las ocurrencias del presente, mientras la onda del tiempo continúa entrelazándose, recordándonos que la historia, además de enseñarnos, de vez en cuando también tiene un extraordinario sentido del humor.



