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La lluvia no nos abandonó… nosotros abandonamos la tierra

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La semana pasada hablábamos de educación ambiental y de cómo, después de cincuenta columnas, seguimos sin entender lo básico. Pues aquí va una prueba perfecta. Millones de personas están preocupadas por la sequía, por las presas vacías y por la falta de lluvia, pero muy pocas se preguntan qué estamos haciendo con la tierra cuando sí llueve.

Porque el problema no siempre es que llueva poco.

A veces el problema es que ya no sabemos retener el agua que cae.

Cada 17 de junio se conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. Suena como una fecha lejana, de esas que solo interesan a científicos, universidades y uno que otro ambientalista necio. Sin embargo, para estados como Chihuahua debería ser una de las fechas más importantes del calendario. Estamos hablando de la tierra que produce nuestros alimentos, infiltra nuestra agua, sostiene nuestra ganadería y mantiene funcionando ecosistemas completos.

Y aun así, rara vez aparece en la conversación pública.

Quizá porque la desertificación es uno de esos problemas que no hacen ruido. No explota, no genera titulares espectaculares y no suele aparecer en videos virales. Simplemente avanza. Año tras año. Centímetro a centímetro. Hasta que un día nos preguntamos por qué las tolvaneras son más intensas, por qué los pastizales desaparecieron, por qué los pozos producen menos agua o por qué una lluvia que antes beneficiaba al campo ahora termina provocando erosión y escurrimientos.

La desertificación no significa que todo se convierta en el Sahara. Significa que la tierra pierde su capacidad para sostener vida. Pierde fertilidad, pierde vegetación, pierde biodiversidad y pierde resiliencia. En pocas palabras, deja de funcionar.

Lo incómodo es que solemos culpar únicamente al clima.

Sí, el cambio climático está agravando las sequías. Las temperaturas globales continúan rompiendo récords y los eventos extremos son cada vez más frecuentes. Pero la degradación del suelo tiene mucho más que ver con nosotros que con las nubes. Deforestación, incendios, sobrepastoreo, extracción excesiva de agua, agricultura mal manejada, expansión urbana sin planeación y abandono de prácticas de conservación son parte de la receta.

El desierto no avanza solo.

Lo empujamos.

Y Chihuahua conoce bien esa historia.

Durante décadas hemos visto cómo enormes extensiones de pastizales naturales han sido degradadas. Lo paradójico es que muchas personas siguen creyendo que los pastizales son terrenos vacíos que deberían llenarse de árboles. Sin embargo, la ciencia actual está demostrando algo muy distinto. Los pastizales sanos son uno de los ecosistemas más importantes para capturar carbono, infiltrar agua y conservar biodiversidad. No todo ecosistema sano es un bosque. A veces la mejor restauración no consiste en plantar árboles, sino en recuperar la vegetación que naturalmente pertenece al lugar.

Aquí entra un tema fascinante que se volvió viral en años recientes. Seguramente has escuchado que China hizo llover sembrando árboles. Como suele ocurrir en internet, la realidad es más compleja y mucho más interesante.

China ha desarrollado durante décadas algunos de los programas de restauración ecológica más grandes del planeta. Millones de hectáreas han sido reforestadas para combatir erosión, tormentas de polvo y degradación del suelo. Diversos estudios sugieren que estas restauraciones han ayudado a modificar condiciones locales de humedad, evapotranspiración y microclimas regionales. No es que los árboles fabriquen lluvia por arte de magia, pero sí pueden ayudar a crear condiciones que favorecen ciclos hidrológicos más saludables.

En otras palabras, la vegetación y el agua están profundamente conectadas.

Cuando destruimos la cobertura vegetal, rompemos parte de ese ciclo.

Cuando la restauramos, ayudamos a reconstruirlo.

Y aquí es donde aparecen los famosos bombardeos de nubes que cada cierto tiempo generan polémica en México. Hay quienes creen que son la solución definitiva para las sequías y quienes piensan que son una conspiración internacional para robar lluvia. Ninguna de las dos posturas es correcta.

La estimulación de lluvias puede ayudar en determinadas condiciones atmosféricas y bajo circunstancias específicas. Pero ningún bombardeo de nubes resolverá un acuífero sobreexplotado, un suelo erosionado o una cuenca degradada. Pretender solucionar décadas de malas decisiones ecológicas con una avioneta es como querer arreglar una fractura con una curita.

El problema nunca estuvo solamente en el cielo.

También está en el suelo.

Y mientras discutimos cómo producir más agua, pocas veces hablamos de cómo perder menos. Seguimos pavimentando superficies que deberían infiltrar lluvia. Seguimos eliminando vegetación nativa. Seguimos degradando suelos. Seguimos viendo los ecosistemas como obstáculos para el desarrollo en lugar de reconocerlos como infraestructura natural indispensable.

Lo más preocupante es que la desertificación no solo afecta a la naturaleza. También incrementa pobreza, migración, inseguridad alimentaria y conflictos por recursos. Cuando una tierra deja de producir, las personas eventualmente tienen que irse. Y cuando el agua escasea, las tensiones sociales aumentan.

Por eso combatir la desertificación no es una causa romántica para ambientalistas.

Es una estrategia de supervivencia.

Y tal vez ahí está la lección más importante. Durante años nos convencimos de que el agua era el problema. Pero la realidad es que el agua suele ser la consecuencia. La verdadera historia comienza mucho antes, en la salud del suelo, en la cobertura vegetal y en la forma en que decidimos relacionarnos con el territorio.

Porque cuando la tierra está viva, el agua encuentra dónde quedarse.

Cuando la tierra está enferma, el agua simplemente pasa de largo.

Consejo incómodo: la próxima vez que escuches a alguien decir que la sequía se debe únicamente a que ya no llueve como antes, pregúntale también qué estamos haciendo con la tierra cuando sí llueve. Ahí suele comenzar la conversación que casi nadie quiere tener.

La lluvia no desapareció de un día para otro. Primero desapareció la capacidad de la tierra para abrazarla.

Juntos Todos por suelos vivos, agua disponible y un futuro que no se convierta en polvo. 🌎💧🌾

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