Esta mañana, mientras tomo mi taza de café, pienso que septiembre tiene una manera muy particular de acercarnos al pasado. Aparecen las banderas, escuchamos nuevamente los nombres de Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz de Domínguez; volvemos a imaginar la madrugada del 16 de septiembre y aquella campana que terminó convertida en símbolo del inicio de una nación. Son historias que conocemos desde niños y que forman parte de nuestra memoria. Pero mientras el café se enfría un poco frente a mí, me surge una pregunta: ¿cuántas personas participaron en la Independencia sin que sus nombres llegaran hasta nuestros libros escolares? Porque detrás de los grandes héroes hubo también hombres y mujeres que nunca encabezaron un ejército ni aparecieron en el campo de batalla, pero que escribieron cartas clandestinas, ocultaron mensajes, consiguieron armas, entregaron dinero y arriesgaron su libertad para mantener viva la insurgencia. Entre todas esas historias encontré una que me atrapó particularmente: la de una imprenta que salió clandestinamente de la Ciudad de México escondida entre comida y que terminó viajando entre huacales de fruta rumbo a territorio insurgente.

Detrás de aquella operación estaban Los Guadalupes, una red clandestina que actuaba desde un lugar que, en principio, parecería el menos apropiado para apoyar una rebelión: la propia Ciudad de México, centro del poder virreinal. Sus integrantes pertenecían a distintos sectores de la sociedad; entre ellos había abogados, clérigos, propietarios, comerciantes y también mujeres. Sus actividades tenían que mantenerse necesariamente en secreto y por eso utilizaban seudónimos en su correspondencia. Incluso el nombre con el que terminaron siendo conocidos, Los Guadalupes, estuvo relacionado con la protección simbólica de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen había acompañado al movimiento insurgente desde sus primeros momentos.
Después de la caída de los primeros dirigentes de la insurgencia, Los Guadalupes establecieron comunicación con Ignacio López Rayón y la Suprema Junta Nacional Americana de Zitácuaro. Desde la capital enviaban noticias, periódicos y otros impresos, pero también dinero, armas y hombres. Imagino lo que significaba escribir una de aquellas cartas sabiendo que podía ser interceptada, esconderla y confiarla después a alguien que debía atravesar caminos vigilados para entregarla; algunos mensajes podían viajar escondidos en las suelas de los zapatos, entre la ropa, en las solapas de los sombreros o mezclados entre las mercancías de comerciantes y arrieros. No había un botón para borrar el mensaje si algo salía mal. Ser descubierto podía significar prisión, destierro y, dependiendo de las circunstancias, algo mucho peor.

Sabemos que aquellos peligros eran reales. Una carta dirigida a Morelos y fechada el 15 de septiembre de 1812 expresa la preocupación de Los Guadalupes porque un hombre que transportaba documentos había sido asesinado en el camino. En ella escribieron: “…por desgracia lo mataron en el camino, porque es de mucha importancia paren en las manos de V.E. y no en otras, y mientras estemos dudosos de su paradero no podemos descansar…”. Leer esas palabras más de doscientos años después cambia un poco nuestra manera de mirar la Independencia. Detrás de una carta había una persona caminando o cabalgando por caminos inseguros; detrás de cada mensaje entregado había alguien que había conseguido llegar. Y detrás de algunos que nunca llegaron quedó solamente el rastro de unas cuantas palabras.
Pero entre todas las operaciones realizadas por aquella red hay una que parece escrita para una película. En abril de 1812, los insurgentes necesitaban desesperadamente una imprenta. Hoy podemos enviar una idea a cientos de personas en segundos, pero hace dos siglos imprimir significaba multiplicar la palabra. Una imprenta podía producir periódicos y proclamas, difundir las razones de la insurgencia y combatir con ideas la versión de los acontecimientos difundida por las autoridades. La necesidad era tanta que José María Cos había llegado a fabricar tipos de madera para poder imprimir. Entonces Juan Bautista Raz y Guzmán supo que en la capital había una pequeña imprenta disponible y comenzó la operación para conseguirla y ponerla en manos insurgentes.
Y aquí aparecen tres mujeres cuyos nombres merecen ser pronunciados despacio: Antonia Peña, Mariana Camila Ganancia y Luisa de Orellano y Pozo. Ellas participaron en la separación de las partes de la imprenta y las ocultaron en cestas que rellenaron con comida. Después utilizaron como pretexto que iban de paseo a San Ángel para conseguir sacar la imprenta de la capital. Más adelante, aquellas piezas fueron escondidas en huacales de fruta y enviadas hasta Tenango, donde se encontraban fuerzas de Ignacio Rayón.
Cuando el coche en el que viajaban fue detenido por los guardias al intentar salir de la ciudad, las mujeres no perdieron la serenidad e invitaron a los propios guardias a acompañarlas en el paseo. Los hombres declinaron la invitación y las dejaron continuar. Nada de persecuciones imposibles, nada de hazañas inventadas para adornar la Historia: solamente nervios que podemos imaginar, una conversación aparentemente cotidiana y una imprenta clandestina que tenía que cruzar aquel punto de vigilancia sin ser descubierta. Después llegarían a Tizapán y desde allí las piezas continuarían hacia Tenango escondidas entre huacales de fruta.
Me gusta detenerme en esa escena porque durante mucho tiempo la Historia se escribió alrededor de quienes aparecían al frente de los ejércitos. Antonia, Mariana Camila y Luisa no necesitaron empuñar un fusil aquel día para participar en la guerra. Su arma viajaba escondida. Era una imprenta. Y una imprenta podía hacer algo que también temían las autoridades: multiplicar las ideas. No fueron las únicas mujeres que participaron en las actividades clandestinas de aquella red. Guedea documenta que la Hacienda de León, cerca de Tacuba, servía como punto para enviar y recibir correspondencia. Las familias acudían aparentemente de paseo y eran las mujeres quienes se encargaban de ocultar los papeles.
Con el paso del tiempo, Los Guadalupes mantuvieron una comunicación especialmente importante con José María Morelos. Desde la capital le enviaban información sobre acontecimientos políticos, impresos y noticias relacionadas con movimientos de tropas realistas. Incluso elaboraron un diario que Morelos recibió durante varios meses entre 1813 y 1814. Resulta difícil no imaginar la importancia de recibir esos informes en medio de una guerra: saber qué ocurría en la capital, qué tropas se desplazaban, qué se decía y qué decisiones podían estarse preparando. Aquellos hombres y mujeres estaban realizando, desde las calles y las casas de la Ciudad de México, una verdadera labor clandestina de información.
Pero guardar secretos durante una guerra tiene un límite. En febrero de 1814, Morelos sufrió una derrota en Tlacotepec y parte de su archivo cayó en manos realistas. Entre aquellos documentos aparecieron cartas relacionadas con Los Guadalupes y material que permitió a las autoridades conocer mejor el funcionamiento de la red. Comenzaron investigaciones, arrestos y procesos. La clandestinidad que durante años los había protegido comenzó a romperse y, hacia finales de 1815 y principios de 1816, la documentación deja de mostrar a la sociedad operando como antes.
Hay una expresión que desde que la leí no he podido olvidar. En aquellos años, al referirse al poder que podían alcanzar los escritos, quedó registrada una frase extraordinaria: “Mientras no cesen los cañones de guajolote —esto es las plumas de los escritores— tampoco cesarán los cañones de Morelos”. Qué manera tan poderosa de decirlo. Las palabras también podían disparar. Una idea impresa podía atravesar distancias, entrar en una casa, pasar de una mano a otra y permanecer allí incluso después de que quien la había escrito hubiera desaparecido. Tal vez por eso una pequeña imprenta escondida entre frutas podía resultar tan peligrosa como un cargamento de armas.
Mi taza de café está casi vacía mientras regreso mentalmente a aquella escena de 1812. Pienso en tres mujeres saliendo de la Ciudad de México aparentando simplemente ir de paseo pero con la adrenalina corriendo por sus venas, con el terrible miedo de ser descubiertas; en los guardias que las detuvieron sin imaginar lo que realmente transportaban; en aquellas piezas ocultas entre comida y después entre huacales de fruta; en los mensajeros que escondían cartas en sus zapatos; en el hombre que murió en el camino llevando unos papeles que nunca debían caer en manos equivocadas. Ninguno de ellos sabía cómo terminaría aquella guerra. Ellos no conocían el final de la historia que nosotros sí conocemos. Y quizá allí reside una parte enorme de su valor: actuaron sin saber si algún día existiría el país que estaban ayudando a construir.

Termino el último sorbo pensando que tal vez hemos imaginado demasiadas veces la Independencia solamente entre campanas, caballos, fusiles y campos de batalla. También ocurrió en habitaciones donde alguien escribía una carta procurando no ser descubierto, debajo de la ropa de un mensajero, en la suela de un zapato, dentro de una cesta con comida y entre los huacales de fruta que escondían una imprenta. La Independencia también se hizo con papel, tinta y palabras. Y esta mañana, más de dos siglos después, aquí estoy escribiendo precisamente con palabras la historia de quienes arriesgaron tanto para que las suyas pudieran circular. Ellos intentando hacerlas llegar al futuro sin saber quién terminaría leyéndolas; nosotros encontrándolas tantos años después mientras una taza de café acompaña nuevamente la historia. Y de pronto todo parece encontrarse en el mismo lugar: aquellas cartas, aquella imprenta, esta columna, esta mañana de septiembre y, una vez más, el tiempo entrelazándose infinitamente.



