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El peso de un cumplido

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Durante los últimos seis meses he perdido algunos kilos. No voy a decir cuántos porque, precisamente, de eso quiero hablar hoy.

 Todo comenzó con un diagnóstico médico: piedras en la vesícula e hígado graso. Me vi en la necesidad de modificar mis hábitos alimenticios para mejorar mi salud. No estaba persiguiendo una talla ni intentando entrar en aquella ropa que algunas personas guardan durante años con la esperanza de que algún día vuelva a quedarles. Tampoco buscaba hacer una tregua con el espejo, porque ese tratado de paz hace mucho tiempo que lo firmamos.

 Y sí, me siento bien. En estos últimos años he aprendido a estar a gusto con mi exterior y trabajar lo que no me agrada de mi interior. Me gusta cómo me veo, cómo me siento y cómo visto mi cuerpo. Pero hay algo que no esperaba. Y aquí viene una de esas confesiones que solo a ustedes, queridos lectores, puedo hacerles: algunos comentarios de felicitación por haber adelgazado, lejos de provocarme satisfacción, me generan cierta molestia.

 «¡Qué bien te ves!», «¿Cuánto has bajado?», «¡Te ves mucho mejor!». Acompañados, por supuesto, de miradas de admiración y asombro.

 Sonrío (forzadamente) y continúo con mi día. No agradezco porque en mi cabeza comienza un conflicto existencial: ¿por qué me felicitan? ¿Acaso antes no me veía bien? ¿Seguimos asociando los cuerpos delgados con la belleza?

 Y aquí mi conflicto aumenta. Sé que la mayoría de esos comentarios vienen de personas que me aprecian y que genuinamente quieren hacerme sentir bien. Con quienes tengo mayor confianza incluso he llegado a expresar esta incomodidad. Sin embargo, detrás de esas felicitaciones reconozco algo más profundo: una construcción social que durante generaciones nos ha enseñado que adelgazar es sinónimo de belleza, disciplina, éxito y felicidad. Como si perder kilos representara automáticamente ganar valor.

 Durante los últimos años he trabajado mucho en mi autoestima, en el amor propio y en aceptar mi cuerpo en sus distintas versiones. El proceso de permitirme brillar y ayudar a encender el brillo de otras personas no ha sido sencillo, pero sí gratificante. He leído sobre el movimiento body positive, cuestionado estándares de belleza intentando desaprender creencias que llevamos instaladas desde niñas.

 Porque las mujeres de mi generación crecimos escuchando que había que estar delgadas para ser bonitas y poder usar la ropa «de moda», disimular defectos y procurar estar siempre presentables. Como si nuestros cuerpos hubieran sido fabricados con errores que necesitaran constantes correcciones.

 Y cuando una cree que ha avanzado bastante en ese proceso de aceptación, basta un inocente «¡qué delgada estás, pasa la receta!» para descubrir que todavía hay asuntos pendientes.

 Lo curioso es que no me molesta mi transformación física. Al contrario, disfruto alimentar mejor mi cuerpo, descubrir nuevos platillos y confirmar que puedo divertirme demasiado en una salida o e una fiesta sin consumir alcohol. Tampoco quiero sentir culpa por estar contenta con mi apariencia actual. Sería absurdo pensar que, para defender el amor propio, tengo que fingir que no me gusta lo que veo en el espejo. Sobre todo, porque ya me gustaba antes.

 Y hay algo todavía más delicado: no siempre sabemos qué hay detrás de una pérdida de peso. Puede ser consecuencia de nuevos hábitos, pero también de una enfermedad, un duelo, ansiedad o circunstancias que desconocemos. Sin embargo, hemos aprendido a interpretar automáticamente la delgadez como una buena noticia.

 Desde la comunicación, hay una idea especialmente relevante: la intención de un mensaje no siempre coincide con la manera en que es recibido. Quien me felicita probablemente pretende expresarme cariño o admiración. Yo, en cambio, escucho el eco de tantos años en los que se nos enseñó que ser más delgada equivalía a ser más bonita.

 Eso tampoco significa que quien me felicita piense que antes me veía mal. Tal vez soy yo quien, desde mi propia historia, interpreto el comentario de esa manera. Reconocerlo también forma parte del trabajo personal.

 Hoy entiendo que mi molestia tiene menos que ver con quienes me felicitan que con lo que esas palabras representan para mí. Y también descubro que el amor propio no es un diploma que obtenemos después de leer libros de autoayuda, ver TikToks o pódcast de empoderamiento, o asistir a terapias y conferencias. Es un ejercicio permanente de cuestionar lo que creemos, sentimos y la manera en que nos miramos.

 No pretendo que el mundo deje de hacer cumplidos ni que tengamos que medir cada palabra por temor a incomodar. Pero sí creo que vale la pena ampliar nuestra idea de lo que merece celebrarse.

Quizá suene exagerada para algunos de ustedes. Tal vez solo deba escuchar, aceptar la felicitación y punto. Las personas lo dicen con la mejor de las intenciones.

 Y probablemente tengan razón. Tal vez le estoy dando demasiadas vueltas a un comentario que dura apenas unos segundos. Pero qué quieren que les diga, una lleva tantos años intentando desaprender ciertos discursos que, cuando aparecen disfrazados de cumplidos, resulta difícil no cuestionarlos.

Porque si algo he aprendido en este camino de autoconocimiento es que aquello que nos incomoda también merece ser escuchado. Como dicen por ahí: «lo que te choca, te checa». No necesariamente para buscar culpables, sino para reconocer esas creencias que siguen acompañándonos, incluso cuando pensábamos que ya las habíamos dejado atrás.

Así que seguiré disfrutando mis nuevos hábitos, mi ropa y mi reflejo en el espejo, mientras intento comprender por qué algunas palabras todavía me hacen tanto ruido.

Y si me encuentran por ahí, no se preocupen, pueden decirme que me veo bien. Nomás no me pregunten cuántos kilos he bajado.

 

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