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El mito de “disfruta tu juventud”… cuando ni la infancia fue tan ligera

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Un día cualquiera de educación física.

Algunos niños corriendo con tenis, cómodos, ligeros.

Otros, con zapatos de vestir. Duros, pesados, fuera de lugar.

No era rebeldía. No era falta de interés.

Era lo que había.

En muchas escuelas en México, el uniforme de diario es la regla, y el deportivo, un lujo de uno o dos días. Pero detrás de eso hay algo más profundo: no todos los niños llegan con las mismas condiciones. Para algunos, tener tenis adecuados no era prioridad… o simplemente no era posible.

Y ahí empezaba todo.

Desde pequeños aprendimos a compararnos, aunque nadie nos lo enseñara directamente. Aprendimos a notar quién tenía más, quién tenía menos, quién encajaba… y quién no. Y también aprendimos lo que se siente ser “el raro”, el que recibe miradas, el que no termina de pertenecer.

Porque sí, hay infancias felices. Pero también hay infancias incómodas, silenciosas, donde uno empieza a sentirse insuficiente sin entender bien por qué.

Se supone que la infancia es la etapa más libre de la vida. La más ligera. La más feliz. Pero no para todos.

Hay niños que crecen con presión económica en casa, con limitaciones visibles, con pequeñas situaciones que se repiten tanto que dejan de parecer pequeñas. Como no tener el uniforme completo. Como evitar correr demasiado para que no se noten los zapatos equivocados. Como aprender a pasar desapercibido.

Y todo eso no se queda en la infancia.

Luego crecemos. Y entonces aparece esa frase que todos repiten: “disfruta tu juventud”. Como si fuera tan fácil. Como si todos partiéramos del mismo lugar.

Pero muchos jóvenes no están empezando desde cero.

Están continuando una historia.

Una historia donde ya aprendieron a compararse.

Donde ya sintieron lo que es no encajar del todo.

Donde ya cargan inseguridades que no nacieron ayer.

Entonces no, no es que la juventud esté “perdida” o que no sepamos disfrutar.

Es que a muchos nunca nos enseñaron cómo se siente hacerlo sin peso encima.

Tal vez el problema no es que los jóvenes no sepamos vivir el momento.

Tal vez el problema es que muchos nunca tuvimos una infancia donde fuera sencillo hacerlo.

Y eso también es contexto.

Porque antes de exigirle a alguien que disfrute su presente, habría que preguntarse qué tanto tuvo que aprender a resistir desde el pasado.

 

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