Cada domingo, mientras el aroma del café comienza a llenar la casa y el silencio todavía le gana la partida al ruido del mundo, suelo preguntarme qué tanto creemos controlar nuestra propia historia. Nos aferramos a los planes, a los títulos, al dinero, a las propiedades, a las responsabilidades cotidianas, como si fueran construcciones inamovibles. Sin embargo, basta con mirar hacia atrás para descubrir que el tiempo tiene una costumbre implacable: termina convirtiendo en recuerdo incluso aquello que parecía eterno.
Quizá por eso, hace más de seiscientos años, un hombre logró comprender algo que todavía hoy seguimos intentando aprender.
Su nombre era Nezahualcóyotl, aunque la historia terminó recordándolo simplemente como el Rey Poeta de Texcoco.

Resulta fascinante que uno de los pensadores más profundos que ha dado nuestro país no naciera rodeado de tranquilidad, sino de violencia. Cuando apenas era un adolescente vio morir a su padre, el señor Ixtlixóchitl, asesinado durante la invasión tepaneca. Él mismo tuvo que escapar para salvar la vida. Durante años vivió escondido, cambiando constantemente de refugio mientras quienes gobernaban Azcapotzalco ofrecían recompensas por capturarlo. Cualquier error habría significado su muerte.
Es difícil imaginar que aquel joven perseguido terminaría convirtiéndose en uno de los gobernantes más admirados del México prehispánico.
Cuando finalmente recuperó Texcoco, lejos de buscar únicamente venganza, decidió reconstruir una ciudad entera. Promulgó leyes, reorganizó la administración pública, impulsó escuelas donde se enseñaban astronomía, medicina, pintura, lengua e historia, diseñó jardines, ordenó obras hidráulicas y participó en la construcción del famoso acueducto que abastecía de agua a Tenochtitlan desde Chapultepec. Gobernar, para él, significaba construir futuro.

Pero lo extraordinario de Nezahualcóyotl no fue solamente lo que edificó con piedra. Fue lo que construyó con palabras.
Mientras muchos gobernantes deseaban ser recordados por sus conquistas militares, él prefería preguntarse por el sentido de la existencia. Sus poemas no hablan de grandeza personal. Hablan de la fragilidad humana. Hablan del dolor de perder a quienes amamos. Hablan del misterio de Dios, del destino, del paso inevitable del tiempo y de la certeza de que nada permanece para siempre.
Tal vez por eso uno de los versos que la tradición conserva y atribuye a él sigue estremeciendo siglos después:
“Aunque sea de jade se quiebra; aunque sea de oro se rompe; no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.”
Qué impresionante resulta pensar que quien escribió —o inspiró— estas palabras era uno de los hombres más poderosos de Mesoamérica. Poseía palacios, tenía ejércitos poderosos, gobernaba ciudades, poseía la facultad de ordenar la construcción de enormes obras públicas.

Y, sin embargo, comprendió que ni siquiera el jade, considerado entonces el material más valioso, escapaba al desgaste del tiempo. No era un pensamiento pesimista, más bien era profundamente humano. Porque cuando aceptamos que todo es pasajero, comenzamos a valorar aquello que verdaderamente permanece.
Nezahualcóyotl repetía constantemente otra idea que terminó convirtiéndose casi en una filosofía de vida: las flores y los cantos son lo único que logra vencer al olvido. Las flores representaban la belleza efímera; los cantos, la palabra, la memoria y el conocimiento que viajan de generación en generación. Mientras las construcciones podían caer y los imperios desaparecer, una idea hermosa podía seguir habitando el corazón de las personas siglos después.
Y tuvo razón. Hoy casi nadie puede señalar exactamente dónde estuvieron todos sus palacios, muchos de sus jardines desaparecieron, las piedras de sus edificios fueron reutilizadas tras la Conquista. Y, sin embargo, seguimos pronunciando su nombre y leyendo los poemas que la tradición le atribuyó. Seguimos admirando la sabiduría de aquel gobernante que entendió que la verdadera grandeza no consiste en poseer más, sino en dejar algo valioso para quienes vienen detrás.

Mientras preparo la última taza de café de esta mañana, no puedo evitar pensar que quizá todos estamos construyendo nuestro propio Texcoco sin darnos cuenta. Algunos lo hacen educando a sus hijos. Otros enseñando en un salón de clases, sembrando un árbol, escribiendo un libro, tendiendo una mano cuando alguien atraviesa un momento difícil o simplemente siendo una buena persona cuando nadie los observa.
El tiempo terminará llevándose muchas cosas, los reconocimientos perderán brillo, los cargos cambiarán de nombre, las fotografías se volverán amarillas. Incluso nosotros seremos, algún día, apenas un recuerdo contado por alguien más. Pero existe una clase de legado que el tiempo nunca logra borrar por completo: el que se construye con palabras que inspiran, con actos de justicia, con conocimiento compartido, sobre todo con bondad, con esas pequeñas flores y esos cantos de los que hablaba Nezahualcóyotl.
Porque quizá tenía razón aquel viejo rey de Texcoco, no estamos aquí para permanecer eternamente. Estamos aquí para dejar una melodía lo suficientemente hermosa como para que el tiempo quiera seguir cantándola.



