Una de las características con las que mi círculo cercano me tiene identificada es que frecuentemente les estoy recordando la importancia de expresar nuestras emociones, de compartir todo aquello que sentimos, porque —como suelo repetir— “lo que no sacamos nos enferma”. Paradójicamente, en los últimos meses se me olvidó aplicar eso que tanto pregono… y mi cuerpo terminó pasándome la factura.
El ritmo acelerado de mi vida cotidiana, el estrés laboral, las preocupaciones constantes por la salud de mis hijos, la economía complicada que hemos experimentado en épocas recientes, las situaciones personales sin resolver y una larga lista de pendientes, fueron acumulándose silenciosamente. Todo eso desencadenó en mí una carga que me fue imposible de sostener. Y entonces, colapsé.
Noté que algo no estaba bien porque soy una mujer extremadamente sensible y las lágrimas han sido siempre parte habitual de mi personalidad: lloro de felicidad, de gozo, de tristeza, de frustración, de enojo. Pero esta vez no podía llorar. Me vino a la mente el personaje de Cameron Díaz —Amanda Woods— en la película The Holiday, porque de plano las lágrimas no salían. El nudo en la garganta descendió al estómago y se transformó en un dolor sofocante que terminó llevándome a urgencias. Después de estudios y análisis, el diagnóstico fue tan claro como simbólico: la vesícula llena de piedras, hígado graso y la columna completamente contracturada.
No sé en qué momento me olvidé de mi círculo-red de apoyo, de nombrar y reconocer lo que estaba sintiendo, de aceptar que no tengo —ni puedo tener— el control de todo. Tal vez era tanto lo que estaba cargando que simplemente me sobrepasó. Lo que sí sé es que ese primer paso para entenderme vino de alguien que ni siquiera forma parte de mi intimidad: la pediatra de mis hijos. Fue ella quien me ayudó a identificar y externar emociones que yo misma me negaba a aceptar: la ira, la culpa y la vergüenza.
Quizá para algunas personas resulte demasiado revelador que desde este espacio esté “ventilando semejantes intimidades”. Sin embargo, sé también que la escritura ha sido siempre el medio mediante el cual logro aterrizar mis ideas, ordenar mis pensamientos y, en muchos casos, sanar.
Negarme a reconocer conscientemente que sentía coraje —ira— hacia actitudes de ciertas personas y hacia situaciones completamente fuera de mis manos ocurrió de manera imperceptible. Me esforzaba por mantenerme serena, funcional, “bien”, hasta que ya no pude más y mi cuerpo reaccionó por mí. Aceptar que, como madre y jefa de familia, sentía culpa por no estar al cien para mis hijos —por ejemplo, cuando mientras les sirvo la comida estoy contestando llamadas o correos del trabajo— fue profundamente doloroso. Y expresarlo, todavía más.Reconocer que sentía vergüenza por algunas decisiones que he tomado también formó parte de este proceso de soltar el costal de piedras que me aferraba a cargar. Piedras que me obligaron a detenerme, a respirar, a meditar, a llorar sin prisa y, sobre todo, a pedir ayuda.
La vulnerabilidad física despertó en mí un miedo que me paralizó y me impidió poner en práctica las herramientas que durante años me han ayudado a mantener una inteligencia emocional relativamente estable. Me sentí frágil, pequeña, humana. Y quizás ahí estuvo la lección más importante: entender que incluso quienes damos consejos, acompañamos y escuchamos, también necesitamos pausas, redes y permisos.
Hoy escribo esto no desde la certeza, sino desde la conciencia. Desde el recordatorio personal de que el cuerpo siempre habla, que las emociones ignoradas pesan, y que no basta con saberlo: hay que practicarlo. Porque de nada sirve vender consejos si no somos capaces, primero, de aplicarlos en nuestra propia historia.













































