En una de mis primeras columnas en Once Upon a Time expresé mi opinión acerca de cómo, en estos tiempos, la mayoría de las mujeres adultas, madres, trabajadoras, millennials, todoterreno, estamos exhaustas.
Y no es para menos.
En días recientes llegó a mí una entrevista que Oso Trava, en su podcast Cracks, le hace a Marian Rojas Estapé, reconocida psiquiatra, investigadora y autora española. Y de nuevo apareció un tema que lleva tiempo rondándome: ese ideal de la “mujer millennial perfecta” que logra mantener un maravilloso balance entre el trabajo, la buena alimentación, el ejercicio, ser una mamá presente, una buena líder laboral, frecuentar a sus amistades, tener tiempo para sus padres y su familia, atender a su pareja —en el caso hipotético de que la tuviese—, cuidar su salud mental, dormir ocho horas, tomar suficiente agua, vitaminarse, ir a chequeos médicos, leer, meditar…
Ahhh… ya me cansé solo de escribirlo.
Y ¿qué creen, queridos lectores? Ese balance perfecto resulta prácticamente imposible de mantener.
Y entonces aparece la antagonista de esta historia: la culpa.
¿Cuántos de ustedes quisieran estar en todas las actividades y festivales de sus hijos, pero para hacerlo tendrían que faltar al trabajo? ¿Cuántas veces nos hemos perdido alguna participación especial de nuestros hijos en la escuela precisamente por estar trabajando? ¿Quiénes han intentado iniciar sus días mucho más temprano para poder hacer ejercicio, preparar comidas saludables, llevar a los niños a la escuela, llegar puntuales al trabajo y, además, andar perfectamente arreglados, para después de unos días terminar tirando la toalla?
¿Cuántos tienen semanas —o meses incluso— tratando de ponerse de acuerdo con sus amistades para lograr verse?
Si alguien por aquí está leyendo estas historias y puede decirme que sí se puede balancear y quedar bien en absolutamente todos los aspectos de la vida, páseme la receta, por favor. Porque yo no la tengo. Y vaya que lo he intentado.
Creo que durante mucho tiempo compré la idea de que una vida plena debía parecerse a una especie de gráfica perfectamente equilibrada: un pedacito para mis hijos, otro para el trabajo, otro para la familia, otro para los amigos, otro para hacer ejercicio, otro para alimentarme bien, otro para descansar, otro para mis proyectos personales… Y, por supuesto, tiempo para mí.
Aunque ese casi siempre sea el pedacito que termina desapareciendo primero.
El problema comienza cuando una de esas áreas requiere más de nosotros. Porque la vida real no entiende de gráficas.
Hay semanas en las que el trabajo exige muchísimo más. Hay días en los que nuestros hijos nos necesitan especialmente. Hay temporadas en las que nuestros padres requieren nuestra presencia. Hay momentos en los que nuestro cuerpo simplemente nos pide parar. Y entonces, inevitablemente, algo queda pendiente. Ahí vuelve a aparecer la culpa.
Si estoy trabajando demasiado, siento que estoy descuidando a mis hijos. Si decido dedicar una tarde a mis hijos, recuerdo los pendientes que dejé en la oficina. Si salgo con mis amigas, pienso que podría estar aprovechando ese tiempo para hacer alguna de las otras veinte cosas pendientes. Si descanso, siento que debería estar haciendo ejercicio. Si hago ejercicio, recuerdo que tengo ropa por lavar. Y si por alguna extraña alineación de los planetas logro sentarme media hora sin hacer absolutamente nada… aparece esa vocecita interna:“Deberías estar aprovechando el tiempo”. ¡Por favor, que alguien la calle!
(Léase el siguiente párrafo con voz de Carrie Bradshaw) Y entonces me pregunto: ¿será que no sabemos organizarnos o simplemente estamos intentando cumplir con expectativas imposibles? Porque, por más agendas, alarmas y listas de pendientes que tengamos, el día sigue teniendo 24 horas y nosotras seguimos siendo una sola persona. Tal vez el problema no sea nuestra falta de equilibrio, sino esa absurda idea de que debemos mantenerlo todo perfectamente equilibrado, todo el tiempo.
Habrá momentos en los que el trabajo ocupe más espacio. Otros en los que nuestros hijos serán la prioridad. Días en los que tendremos energía para levantarnos temprano, hacer ejercicio y preparar un desayuno digno de fotografía de Instagram, y otros en los que lograr salir de casa con todos vestidos y desayunados ya debería contar como victoria.
Habrá meses en los que veremos muchísimo a nuestros amigos y otros en los que nuestra amistad sobrevivirá a base de reels o TikToks diciéndonos “somos”, “sí soy” “eres”; mensajes que dicen: “Tenemos que vernos”, seguidos de otros tres meses sin lograr coincidir. Y eso también es vida.
Porque quizá el verdadero balance no consiste en llegar a todo.Consiste en aprender a elegir dónde necesitamos estar en cada momento y aceptar que, mientras estamos ahí, inevitablemente habrá algún otro lugar en el que no podremos estar.
Así que he decidido dejar de perseguir ese equilibrio perfecto que durante tantos años pensé que debía alcanzar.
Seguiré intentando comer mejor, hacer ejercicio (o al menos ponerlo en más ocasiones como prioridad), seguir estando presente para mis hijos, hacer bien mi trabajo, visitar a mi familia, conservar a mis amigos y, de vez en cuando, hasta permitirme descansar y estar como Cristian Castro “haciendo nada”.
Y seguramente habrá días en los que no lo consiga. Días en los que mis hijos necesiten más de mí, otros en los que el trabajo me absorba por completo y algunos en los que, sencillamente, no tenga ganas de hacer absolutamente nada.
Y quiero aprender a que eso no me genere culpa.
Porque quizá el verdadero balance no consiste en poder con todo, sino en reconocer que no siempre podemos con todo. Y que elegir una cosa no significa que las demás nos importen menos.
Así que, queridos lectores, si algún día me encuentran descansando, con la ropa sin doblar, los pendientes acumulados y disfrutando de no hacer absolutamente nada, no me juzguen. ¡Seguramente estoy intentando encontrar mi balance!













































