Por mucho tiempo hemos idealizado la maternidad como si fuera una condición automática, como si el simple hecho de dar vida bastara para convertir a alguien en refugio, guía y protección. Pero muchas historias familiares contradicen esa idea.

Existen madres extraordinarias que sostienen familias enteras dando un amor incondicional todos los días; mujeres trabajadoras, responsables, presentes, muchas veces agotadas y aun así comprometidas con acompañar, cuidar y formar a sus hijos. Algunas lo hacen acompañadas, otras completamente solas, muchas sin reconocimiento suficiente.

Y también existen historias distintas, historias dolorosas que a veces nos resultan incomprensibles; donde haber dado vida no significó estar presente emocionalmente, cuidar o proteger. Hablar de esto no es nada fácil, porque socialmente hemos colocado la maternidad en un lugar casi intocable; Nos cuesta aceptar que el vínculo biológico, por sí solo, no siempre construye un hogar.

Porque ser madre va mucho más allá, la maternidad comienza desde el instante en que una mujer descubre que una vida empieza a formarse dentro de ella, pero se construye todos los días.

Se construye cuando sostenemos a nuestros hijos por primera vez entre los brazos y entendemos que, desde ese momento, alguien más dependerá de nosotras y seguirá nuestros pasos por toda una vida, cuando aprendemos a alimentarlos, a cuidar y también a desvelarnos; cuando los enseñamos a hablar, a caminar, a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, a enfrentar frustraciones y a levantarse después de las dificultades.

También se construye en los días difíciles: en el cansancio, en las preocupaciones, en los errores y en la decisión diaria de seguir presente incluso cuando la vida personal, emocional o económica se complican. Maternar no es únicamente dar vida, es acompañar la formación emocional y humana de otra persona.

Hay mujeres que maternan sin haber gestado nunca,  y quizá una de las mayores pruebas de ello es que muchas veces las mejores figuras maternas no son necesariamente las biológicas. Hay abuelas, tías, madrinas, hermanas o incluso padres que terminan ejerciendo el verdadero rol de cuidado. Personas que acompañan tareas, escuchan miedos, curan heridas emocionales, sostienen económicamente un hogar o simplemente permanecen cuando otros deciden ausentarse, eso también es maternar.

Cuando entendemos esto, no estamos minimizando a las madres que entregan su vida por sus hijos y dan espacios seguros, más bien nos recuerda que esto de la maternidad tiene un valor aún mayor, es un acto de responsabilidad, presencia, amor constante,  cuidados, una decisión diaria de de acompañamiento, no es solamente un vinculo de sangre.

Con el tiempo, los hijos no recuerdan quien los trajo al mundo solo por el vínculo sanguíneo, descubren que la maternidad no siempre tiene un solo rostro. A veces lleva la voz de una abuela, la paciencia de una tía, la protección de un padre o el abrazo de alguien que decidió cuidar sin obligación alguna.

Ellos van a recordar quien estuvo, quien sostuvo su mano en momentos difíciles, quien se quedó cuando la vida dolía, recordarán a quien los enseñó con paciencia, los corrigió con amor y los acompañó aun cuando habia cansancio.

Es ahí donde vive la verdadera maternidad, no solamente en dar vida, sino en ayudar todos los días a formar una. Debemos estar presentes, pocas cosas marcan tanto una vida como una persona que decide quedarse para acompañarla.

 

 

 

 

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