Cerramos un mes de marzo más y, como cada año, dejamos atrás una conversación intensa sobre las mujeres: respeto, orgullo, derechos, igualdad, justicia. Durante semanas, el tema estuvo en todos lados: En redes, en discursos, en reuniones, incluso en espacios donde antes no se hablaba de esto.

Pero todo esto me deja una pregunta pendiente, y que puede incomodarnos más que cualquier cosa: ¿qué pasa cuando se apagan las conversaciones públicas?

Porque es justo ahí, en lo que vivimos día con día, donde realmente se define si todo lo que dijimos fue por convicción o solo el momento.

Hace algún tiempo, en un espacio de trabajo una mujer señaló algo que le incomodaba de manera personal, no se trataba de un escándalo, no era un caso extremo, pero sí una situación constante: comentarios disfrazados de broma, interrupciones, una forma de trato que, poco a poco, la iba colocando en una posición inferior; No era la primera vez que pasaba, Varios lo habían notado antes, Incluso lo habían comentado en privado.

 

Cuando ella decidió decirlo en voz alta, el ambiente cambió, no hubo gritos, no hubo confrontación entre los involucrados, Pero sí generó un ambiente incómodo. Un compañero intentó suavizarlo: “seguro no fue con mala intención”, Otra persona sugirió no hacer el tema más grande: “no vale la pena generar un problema por esto”. Una persona que en otro momento había criticado esa misma conducta, pero guardó silencio. Y en cuestión de minutos, todo volvió a la normalidad. A esa normalidad donde todos saben lo que está pasando, pero nadie está dispuesto a enfrentarlo, y eso también es parte del problema.

Pensemos en cosas simples, y aquí pongo otro ejemplo, una convivencia en el trabajo, entre compañeros, alguien hace un comentario incómodo sobre una mujer. No es un insulto directo, pero sí suficiente para generar un momento extraño entre los presentes, alguien más se ríe, otro intenta cambiar de tema, pero nadie dice nada al respecto, todos lo notaron y talvez no estuvieron de acuerdo, pero nadie intervino. No fue algo grande, no hubo violencia “evidente”, pero tampoco hubo quien pusiera un límite. Y estas pequeñas cosas, pasan más de lo que queremos admitir, y muchas veces sin pensarlo.

Pasa en nuestras casas donde se habla de respeto, pero se normalizan cosas que no lo son. Pasa en trabajos donde se dice promover la igualdad, pero se encubren actitudes o acciones porque “no vale la pena meterse en problemas” o que “El tema se haga público”. Pasa también cuando educamos a nuestros hijos, y preferimos enseñarles a adaptarse a lo que es “correcto”, en lugar de aprender a cuestionar cuando algo nos les parece bien o no los hace sentirse cómodos.

Una persona razonable, sabe perfectamente reconocer cuando algo está mal, y definitivamente no siempre es falta de información, más bien suena a falta de decisión, para ser verdaderamente empáticos y defender lo que pensamos cuando las cosas no están bien. Pero muchas veces preferimos callar, porque actuar tiene un costo; podemos incomodar a alguien cercano, romper círculos sociales o la convivencia del momento, podemos quedar como exagerado ante las personas y muchas veces preferimos evitar ese costo.

Por eso es más fácil hablar en marzo, porque hablar de un tema tan evidente, cuando la mayoría de las personas lo está haciendo, no trae consecuencias. Y es que el problema no es que falten personas que digan estar en contra de la violencia, el problema es la cantidad de personas que, en lo privado, la toleran, la justifican o la dejan pasar. Y ahí es donde cualquier causa pierde fuerza.

Porque no se trata de lo que decimos o hacemos cuando todos están viendo, se trata de lo que estamos dispuestos a hacer y defender cuando nadie nos lo está pidiendo. No puedes decir que luchas y estas a favor de una causa si eliges callar cuando tienes la oportunidad de alzar la voz y respaldar eso por lo que dices pelear.

No podemos hablar de respeto, si en la práctica lo negociamos dependiendo de quién esté enfrente. Y no puedes esperar que las cosas cambien, si lo único que cambia es el discurso.

Marzo termina, los mensajes también, lo que nos queda es mucho más incómodo:
la parte que sí vemos y que decidimos no enfrentar.

Porque el mes no se va en silencio, termina con violencia en las ciudades, en las familias, en las escuelas, en los trabajos. Termina con mujeres que pierden la vida por alzar la voz, pero también con una violencia más común, más silenciosa, que muchas veces dejamos pasar.

No siempre viene en forma de golpes, a veces son palabras, comentarios, descalificaciones. Incluso entre nosotras mismas, en esas formas de hablar que poco a poco desgastan, que minimizan, que hieren sin dejar marcas visibles.

Nos hemos acostumbrado tanto a convivir con la violencia en sus distintas formas, que muchas veces dejamos de verla. Creemos que tiene que doler físicamente para ser real, cuando también hay daños que se quedan adentro y que toman mucho más tiempo en sanar.

Y si somos honestos, todos hemos estado ahí: en el comentario fuera de lugar y dejamos pasar, en la risa para romper ese momento incomodo, en el silencio para no meternos en problemas.

La pregunta entonces ya no es si está mal o no, la pregunta es más simple:
¿en qué momento decidimos que guardar silencio era más fácil que hacer lo correcto?

Finalmente, lo que sostiene la violencia, no es solo quien la ejerce, sino quien aprende a convivir con ella sin decir nada.

 

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