Seguimos en marzo y continúo con mis reflexiones en el marco del Día Internacional de la Mujer. Hay frases que se repiten en distintos escenarios de la vida y que, aunque parecen inocentes, cargan un peso enorme. Una de ellas es: “por ser mujer”. Tres palabras que, sin darnos cuenta, se convierten en una vara de medir más alta, más exigente, más implacable.
Mi participación de esta semana vino como inspiración el lunes pasado mientras se llevaba a cabo un encuentro de la Liga Juventus de beisbol, en la que participa mi hijo. Me puse a pensar en la única niña del equipo; cuando le toca batear, la expectativa es distinta: no basta con que conecte la pelota, se espera que lo haga mejor que los niños. Si lanza como pitcher, la mirada de los demás se vuelve más crítica, como si tuviera que demostrar que merece estar ahí. Nadie lo dice en voz alta, pero se siente. Y ella, con su visera ajustada y su sonrisa nerviosa, carga con esa presión invisible.
Lo mismo pasa en la vida adulta. Muchas mujeres cumplimos con un horario laboral, con metas, con reuniones, con reportes; si estamos desempeñando el papel de jefas, se espera que todo lo resolvamos. Pero al llegar a casa, la jornada no termina: ahí nos esperan los platos, la ropa, los hijos, los pendientes, correos laborales que no paran de llegar. Y aunque cada vez más hombres se suman a las tareas domésticas, la expectativa social sigue siendo que la mujer “puede con todo”. Que debe ser eficiente en la oficina y amorosa en la casa, productiva en el trabajo y paciente en la cocina. Como si la perfección fuera parte del contrato de género.
Pensé también en el caso de Fátima Boch, la Miss Universo mexicana, como otro ejemplo. A donde quiera que va, se espera demasiado de ella: que luzca impecable, que hable con elocuencia, que inspire, que represente. No se le permite un mal día, un error, una distracción. Su corona no es solo un símbolo de belleza, es también una carga de expectativas que la sociedad coloca sobre sus hombros.
Y podríamos seguir con ejemplos: la mujer que dirige una empresa y debe demostrar que es más firme que sus colegas varones; la deportista que no puede fallar porque “ya bastante raro es que una mujer llegue tan lejos”; la madre que, además de criar, debe lucir siempre sonriente y disponible.
Lo curioso es que estas expectativas no solo vienen de los hombres, también de otras mujeres. Nosotras mismas, a veces sin querer, reforzamos la idea de que debemos ser extraordinarias en todo. Como si ser “suficientes” no bastara. Pero aquí está la reflexión que quiero compartir: ser mujer no debería significar cargar con un estándar imposible. Ser mujer debería ser, simplemente, ser persona. Con días buenos y malos, con aciertos y errores, con talentos y limitaciones. No necesitamos demostrar más que los demás para validar nuestro lugar en el mundo.
La niña del béisbol merece jugar con la misma libertad que sus compañeros; no tiene que ser la mejor y destacar “por ser mujer”, simplemente disfrutar el juego como todos en el equipo. Las mujeres que trabajamos merecemos descansar sin culpa y pedir ayuda cuando se requiera. Las figuras públicas merecen equivocarse sin que eso se convierta en un escándalo; son simples mortales como todos. El reto está en cambiar la narrativa. En dejar de decir “por ser mujer” como sinónimo de exigencia, y empezar a decirlo como sinónimo de orgullo. Porque sí, por ser mujer hemos aprendido a resistir, a reinventarnos, a brillar en espacios donde antes no se nos permitía entrar. Pero esa fortaleza no debería ser una obligación, sino una elección.
Al final, lo inspirador no es que las mujeres logremos lo imposible, sino que podamos vivir con la misma libertad que cualquiera. Que podamos equivocarnos, descansar, reír, fallar, intentar de nuevo. Que podamos ser, simplemente, nosotras. Porque ser mujer no debería ser sinónimo de exigencia desmedida. Debería ser sinónimo de vida plena. Y eso, más que una expectativa, es un derecho.












































