Cada año, alrededor del 8 de marzo, las redes sociales, los discursos públicos y los espacios institucionales se llenan de palabras poderosas: igualdad, lucha, justicia, equidad… y una que se ha vuelto particularmente popular en los últimos años: sororidad. La escuchamos en marchas, en conferencias, en campañas de organismos públicos y en innumerables publicaciones digitales. La repetimos con convicción y la celebramos como un símbolo de la unión entre mujeres. Sin embargo, vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿qué tanto la practicamos realmente?
La sororidad, en su sentido más profundo, implica una alianza ética y política entre mujeres basada en el respeto, la empatía y el reconocimiento mutuo. Es el compromiso de apoyarnos, de no reproducir entre nosotras mismas las violencias que durante siglos han limitado nuestras oportunidades. En teoría, es una idea poderosa y transformadora. En la práctica, muchas veces queda atrapada en el terreno del discurso y, como se dice de manera popular “del dicho al hecho, hay mucho trecho”.
Porque, ya sincerándome con ustedes queridos lectores, debo reconocer que con frecuencia las mujeres también podemos ser severas juezas de otras mujeres. Nos encontramos criticando decisiones personales y estéticas, cuestionando trayectorias profesionales, señalando errores con una dureza que difícilmente aplicamos a los hombres. A veces la crítica se disfraza de opinión, de comentario casual o incluso de preocupación, pero en el fondo reproduce las mismas dinámicas de competencia, descalificación y desconfianza que tanto denunciamos. No se trata de negar que entre mujeres también pueda existir desacuerdo o crítica legítima. Ser sororas no significa pensar igual ni renunciar al pensamiento crítico. Pero hay una diferencia profunda entre cuestionar ideas y destruir reputaciones; entre debatir con respeto y ejercer violencia simbólica; entre señalar una acción y atacar a la persona.
Paradójicamente, muchas veces la falta de sororidad se manifiesta precisamente en espacios donde deberíamos encontrar mayor solidaridad. En ámbitos laborales, por ejemplo, todavía escuchamos historias de mujeres que en lugar de abrir camino a otras prefieren cerrarlo; de liderazgos femeninos que replican prácticas excluyentes; de entornos donde el éxito de una mujer se percibe como una amenaza para otra.
Este fenómeno no surge de la nada. Durante generaciones, las estructuras sociales colocaron a las mujeres en escenarios de competencia por espacios limitados: reconocimiento, liderazgo, visibilidad. En un sistema que históricamente restringió nuestras oportunidades, se instaló la idea de que solo había lugar para unas pocas. Esa lógica, profundamente arraigada, no desaparece simplemente porque adoptemos nuevas palabras en nuestro vocabulario.
Por eso la sororidad no puede quedarse en una consigna. Debe convertirse en una práctica cotidiana. Y esa práctica comienza con algo tan sencillo —y tan complejo— como revisar nuestras propias actitudes.
- ¿De qué manera hablamos de otras mujeres cuando no están presentes?
- ¿Celebramos genuinamente sus logros o los minimizamos?
- ¿Escuchamos sus historias con empatía o buscamos de inmediato señalar sus errores?
- ¿Extendemos apoyo o levantamos sospechas?
Si a ti, al igual que a mí, te incomodaron estas preguntas, creo que aún tenemos mucha tarea personal por hacer. La verdadera sororidad no exige perfección, pero sí coherencia. Se construye cuando decidimos no participar en la descalificación gratuita. Cuando elegimos acompañar en lugar de juzgar. Cuando comprendemos que el avance de una mujer no significa el retroceso de otra, sino una posibilidad más amplia para todas.
También implica reconocer que las mujeres no somos un grupo homogéneo. Nuestras experiencias están atravesadas por condiciones sociales, económicas, culturales y generacionales distintas. Practicar la sororidad significa también escuchar esas diferencias sin invalidarlas, entender que las luchas no siempre se viven desde el mismo lugar y que la empatía debe extenderse más allá de quienes piensan o viven como nosotras.
Quizá el verdadero desafío que nos plantea el Día Internacional de la Mujer no sea únicamente exigir cambios en las estructuras externas —que sin duda siguen siendo necesarios—, sino también revisar las dinámicas que reproducimos entre nosotras mismas. Porque la sororidad no se demuestra en los discursos del 8 de marzo ni en las consignas compartidas en redes sociales; se demuestra en lo cotidiano: en la forma en que tratamos a otras mujeres en el trabajo, en la política, en la comunidad, en la familia. En la manera en que elegimos hablar de ellas cuando no están presentes.
Tal vez el mayor desafío que nos deja cada 8 de marzo no sea solamente levantar la voz frente a las injusticias históricas que aún enfrentamos las mujeres, sino también mirarnos con honestidad y reconocer qué tanto contribuimos —con nuestras palabras o silencios— a reproducirlas entre nosotras mismas. Si realmente queremos que la sororidad deje de ser una palabra de moda y se convierta en una fuerza transformadora, el cambio debe empezar por lo más cercano: nuestras propias actitudes. De lo contrario, seguiremos celebrando el discurso de la sororidad mientras, en la práctica, continuamos traicionando su esencia.
Que empiece por mi.











































