Hay fechas que parecen pertenecerle por completo a un solo acontecimiento. El 15 y el 16 de septiembre son así para los mexicanos. Esta mañana, mientras sostengo mi taza de café y todavía quedan en las calles algunos rastros de las fiestas patrias, pienso en todo lo que acabamos de celebrar: las banderas, el Grito, los desfiles, los nombres de Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz de Domínguez y tantos otros que regresan cada septiembre para recordarnos el inicio de la lucha por la Independencia. Sin embargo, entre todo ese ruido de campanas, música y fuegos artificiales, hay otra fecha que suele pasar casi inadvertida. Hace apenas cuatro días, el 15 de septiembre, se cumplieron 196 años del nacimiento de uno de los personajes más complejos y controvertidos de nuestra historia: Porfirio Díaz.
José de la Cruz Porfirio Díaz Mori nació en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. La historia habría de convertirlo en militar, héroe de guerra, político, presidente y finalmente en la figura central de un periodo que incluso terminaría llevando su nombre: el Porfiriato. Pero antes de los uniformes, las condecoraciones, Palacio Nacional y los retratos solemnes hubo simplemente un niño oaxaqueño, hijo de José Faustino Díaz y Petrona Mori, que quedó huérfano de padre cuando apenas tenía tres años. Su padre murió durante la epidemia de cólera que azotó Oaxaca en 1833 y fue entonces cuando Petrona tuvo que enfrentar prácticamente sola la responsabilidad de sacar adelante a su familia.

Quizá por eso me resulta tan interesante detenerme en ella. Cuando estudiamos a los grandes personajes históricos solemos comenzar cuando ya son grandes. Los encontramos montados a caballo, encabezando ejércitos, pronunciando discursos o tomando decisiones capaces de modificar el rumbo de un país. Pocas veces nos preguntamos quién los sostuvo cuando todavía eran niños, quién les enseñó a resistir o qué recuerdos familiares permanecieron detrás del personaje público. En el caso de Porfirio Díaz, su propia memoria nos conduce inevitablemente hacia Petrona Mori. Al escribir sobre los años difíciles de su infancia, no la recuerda desde la grandilocuencia, sino desde algo mucho más cotidiano: su capacidad para administrar lo poco que tenía y encontrar la manera de mantener a sus hijos. Díaz reconocería que “su buen juicio y sus deberes de madre” le permitieron prolongar durante mucho tiempo aquellos escasos recursos familiares.
Y quizá sea precisamente esa sencillez la que vuelve tan emotivo el recuerdo. Petrona no aparece en las memorias de su hijo como una mujer rodeada de acontecimientos extraordinarios, sino haciendo lo que tantas madres han hecho a lo largo de la historia sin aparecer en los libros: resolver. Tras quedar viuda tuvo que buscar la manera de alimentar, educar y sostener a sus hijos. Para nosotros pueden parecer pequeños episodios domésticos frente a las batallas y acontecimientos políticos que vendrían después, pero para aquel niño eran el mundo entero. Antes de que Porfirio aprendiera de estrategia militar, disciplina castrense o política, había visto a su madre enfrentarse todos los días a una batalla mucho más silenciosa: conseguir que la familia siguiera adelante.
Hay algo profundamente humano en imaginar que el hombre que años después sería conocido por su carácter férreo conservara semejante reconocimiento hacia ella. El poder suele modificar la manera en que los demás miran a una persona, pero no necesariamente borra los recuerdos con los que esa persona aprendió a mirar el mundo. Porfirio Díaz llegaría a ser recibido por presidentes, generales, empresarios y representantes extranjeros; viviría rodeado de ceremonias, uniformes y honores. Sin embargo, cuando decidió escribir sobre sus primeros años, regresó inevitablemente a aquella mujer que había administrado una casa con recursos cada vez más escasos. Detrás del general permanecía el hijo.
También regresó mediante la escritura a sus orígenes familiares. El propio Díaz explicó que uno de sus bisabuelos maternos, procedente de Asturias, se había casado con una mujer indígena de Yodocono y dejó una expresión particularmente reveladora al señalar que su madre tenía “media sangre india de raza mixteca”. El dato resulta todavía más interesante cuando observamos las imágenes del joven Porfirio y las comparamos con la representación que años después dominaría la iconografía presidencial: el cabello completamente blanco, el impecable traje europeo, las condecoraciones y la postura rígida del estadista. Antes de aquella imagen cuidadosamente construida estaba el hijo de Petrona Mori, profundamente ligado por su historia familiar a Oaxaca y a sus raíces indígenas.

Petrona no alcanzaría a conocer al Porfirio Díaz que hoy aparece en los libros de historia. Murió en Oaxaca el 24 de agosto de 1859, cuando su hijo tenía apenas 28 años. No lo vio convertirse en una de las figuras militares más importantes de la lucha contra la Intervención Francesa; no presenció el 2 de abril de 1867 ni su entrada triunfal a la Ciudad de México; tampoco lo vio rebelarse contra gobiernos, llegar a la presidencia ni permanecer durante décadas en el centro de la vida política nacional. Ella conoció a otro Porfirio: al niño, al adolescente, al aprendiz de carpintero, al estudiante y al joven que comenzaba a abrirse camino en una época particularmente convulsa.
Y confieso que esa parte de la historia me conmueve especialmente. Petrona murió antes de saber hasta dónde llegaría aquel hijo al que tanto esfuerzo había costado sacar adelante. Porfirio, en cambio, viviría cincuenta y seis años más. Más de medio siglo en el que conocería prácticamente todos los extremos que una vida puede ofrecer: la pobreza de la infancia y los salones del poder; derrotas y victorias militares; persecuciones y homenajes; rebeliones contra presidentes y después décadas siendo él mismo presidente. Pero cuando escribió sobre el comienzo de su historia, Petrona seguía allí. Hay recuerdos que ningún cargo puede volver pequeños.

La construcción de la imagen de Díaz tampoco ocurrió aislada de su tiempo. El México porfiriano aspiraba a presentarse ante el mundo como una nación moderna, ordenada y capaz de incorporarse al llamado progreso occidental. Durante aquellos años crecieron los ferrocarriles, las comunicaciones, la minería, la inversión extranjera y diversas obras de infraestructura; al mismo tiempo, el poder político se concentró durante décadas alrededor de Díaz y de su círculo, mientras persistían profundas desigualdades y episodios de represión que también forman parte indispensable de la historia del Porfiriato. Mirar al personaje desde su dimensión humana no significa borrar las decisiones del gobernante ni convertir la historia en una absolución. Significa comprender que los seres humanos que protagonizan la historia suelen ser mucho más complejos que las estampas de héroes y villanos con las que alguna vez aprendimos a reconocerlos.
Más de medio siglo después de la muerte de su madre, el mundo de Díaz se derrumbó. La Revolución iniciada en 1910 terminó por hacerlo renunciar a la presidencia en mayo de 1911. Tenía ochenta años cuando abandonó México. El hombre que durante décadas había recibido ministros, generales, empresarios y representantes extranjeros comenzó entonces una vida completamente distinta al otro lado del Atlántico. Viajó durante parte de su exilio, pero sus últimos años transcurrieron principalmente en Francia junto a su esposa, Carmen Romero Rubio. Y es precisamente allí donde la historia adquiere una dimensión que pocas veces aparece cuando estudiamos el Porfiriato.
En 1915 Porfirio Díaz era ya un anciano enfermo y debilitado. Una carta de Carmen Romero Rubio, fechada el 29 de abril de aquel año, describía una vida cada vez más recluida: estaban “muy encerrados” y prácticamente solo salían al Bosque de Boulogne. Se dice que esos últimos días estaban llenos de nostalgia y recuerdos de su amada madre y aunque es difícil documentar esto, lo cierto es que hay un dato revelador: cuando Díaz reconstruyó por escrito su propia vida, su madre ocupó un lugar importante en el relato de sus orígenes. Y sabemos también que, al acercarse su muerte, México regresaba una y otra vez a sus pensamientos.
Porfirio Díaz murió en París el 2 de julio de 1915, a los 84 años. Los testimonios recogidos sobre sus últimas horas cuentan que, conforme la palabra comenzó a faltarle y sus pensamientos se hicieron cada vez más confusos, todavía encontraba consuelo escuchando hablar de México. Quiso que le dijeran que las cosas allá terminarían por arreglarse, que todo estaría bien. Resulta difícil no pensar entonces en la enorme distancia recorrida desde aquella casa oaxaqueña de su infancia. Habían desaparecido el poder, los uniformes, las ceremonias y prácticamente todos los símbolos con los que durante décadas se había construido la figura de “Don Porfirio”. Quedaba simplemente un anciano escuchando hablar del país donde había nacido y donde permanecían enterrados buena parte de sus recuerdos.
Sus funerales se realizaron en París y años después sus restos fueron trasladados al cementerio de Montparnasse, donde permanecen. Petrona Mori había quedado en Oaxaca; su hijo terminó sepultado en Francia.
Han pasado apenas unos días desde que México volvió a gritar ¡Viva México! y a recordar el comienzo de su Independencia. En medio de esa celebración pasó discretamente otro aniversario: el nacimiento, el 15 de septiembre de 1830, de aquel niño oaxaqueño llamado Porfirio. Hoy, mientras termino mi café, pienso que conocer la historia también consiste en mirar detrás de los grandes retratos, apartar por un momento las medallas y los uniformes y preguntarnos por las personas que existieron antes y después del poder. Entonces aparece Petrona Mori, aquella madre que sostuvo una familia cuando parecía que los recursos no alcanzarían; aparece el hijo que, muchos años después, todavía consideró necesario dejar escrito cuánto había significado aquella fortaleza; aparece Oaxaca y aparece finalmente un anciano en París queriendo escuchar que México estaría bien. Petrona murió sin conocer al poderoso Don Porfirio que conocería el mundo; quizá porque ella había conocido algo que la historia casi siempre olvida: al Porfirio que existió antes de todo aquello. Y entre esa madre en Oaxaca y aquel hijo envejeciendo al otro lado del océano, entre el niño y el presidente, entre la memoria familiar y la memoria de todo un país, vuelvo a encontrar aquello que tanto me conmueve cuando miro hacia el pasado: las vidas que se van, los recuerdos que permanecen y, una vez más, inevitablemente, el tiempo entrelazándose.













































