Esta semana, durante una clase, les pedí a mis alumnos que imaginaran una lata de refresco”… de ese de la sed peligrosa, ya saben, una cerveza de 355 mililitros. Les pregunté cuánta agua creían que se había utilizado para producirla. La respuesta automática fue más o menos la esperada. Pues 355 mililitros, profesor. Quizá un poco más para lavar la lata, limpiar la fábrica y listo. Entonces empezamos a desarmar esa cerveza imaginaria. ¿Y la cebada? ¿Y el agua utilizada para cultivarla? ¿La fabricación del aluminio? ¿El procesamiento? ¿La energía? ¿La limpieza de instalaciones? ¿El transporte? Para cuando terminamos, aquellos 355 mililitros ya habían dejado de parecer tan inocentes. Dependiendo del lugar y del proceso, una cerveza de ese tamaño puede representar alrededor de cien litros de agua utilizada a lo largo de su producción. Y ahí apareció una de esas caras que como profesor disfrutas mucho, la de nunca lo había pensado así”.

Eso es precisamente el agua virtual. Y no, no es un nuevo tipo de agua que vive en internet. Es agua completamente real que simplemente dejamos de ver porque quedó escondida en el proceso de fabricar, cultivar, transportar o producir algo. Una taza de café puede representar alrededor de 140 litros. Una camiseta de algodón puede acumular varios miles. Un kilogramo de carne de res puede superar, como promedio mundial, los 15 mil litros. Son aproximaciones que cambian muchísimo dependiendo de dónde, cómo y con qué sistema se produjo cada cosa, pero sirven para dimensionar algo importante. Nuestro consumo de agua no comienza cuando abrimos la llave.

Y justamente esta semana las redes sociales me dieron el ejemplo perfecto.

De pronto todos quieren saber cómo se verían en los años ochenta aunque algunos ni siquiera hubieran nacido. Otros quieren saber qué diría ChatGPT en su funeral, qué opina realmente de ellos o cómo se verían convertidos en personaje de película. Y por supuesto están los tres gatitos bailando La Calabaza, porque aparentemente llegamos al punto más alto de la evolución tecnológica para que tres gatos digitales puedan mover las caderas al ritmo de una canción.

Y entonces aparece inevitablemente alguien en los comentarios diciendo que cada imagen creada con inteligencia artificial está secando el planeta.

Calma.

La inteligencia artificial sí tiene una huella hídrica. Los centros de datos utilizan agua directa o indirectamente para enfriar equipos, producir electricidad y fabricar componentes electrónicos. Eso es real y merece vigilancia, sobre todo cuando estas instalaciones se ubican en regiones con estrés hídrico. También necesitamos mucha más transparencia de las empresas sobre cuánto consumen, dónde lo hacen y qué tipo de agua utilizan.

Pero convertir a los tres gatitos bailando en los responsables de la crisis mundial del agua también sería bastante cómodo.

Porque probablemente la persona que acaba de declarar ecocida tu imagen de cómo me habría visto en 1986está escribiendo el comentario desde un teléfono cuya fabricación necesitó minerales, semiconductores, energía y agua, vestido con algodón que también requirió agua, tomando café con su propia huella hídrica y esperando que llegue a casa algún paquete envuelto en plástico.

No digo esto para justificar el consumo de la inteligencia artificial. Digo exactamente lo contrario. No permitamos que encontrar un villano de moda nos impida mirar nuestra huella completa.

Porque esa es una costumbre bastante humana. Primero fueron los popotes. Después las bolsas. Luego los autos eléctricos. Ahora la inteligencia artificial. Escogemos una actividad, la convertimos en símbolo de todos los males ambientales y, si dejamos de hacerla, sentimos que pagamos nuestra penitencia ecológica. Pero podrías no volver a generar una imagen con IA durante el resto de tu vida y, aun así, desperdiciar enormes cantidades de agua virtual comprando ropa que nunca usas, tirando alimentos, cambiando constantemente de electrónicos o consumiendo productos provenientes de regiones donde el agua ya es escasa.

El planeta, lamentablemente, no lleva nuestra contabilidad ambiental por tendencias de Facebook.

Por eso existe otro concepto todavía más útil, la huella hídrica. El agua virtual nos ayuda a entender cuánta agua existe detrás de un producto. La huella hídrica pregunta además qué tipo de agua fue utilizada, dónde se encontraba y qué impacto tuvo su aprovechamiento. Porque mil litros no significan lo mismo en todos lados. Puede ser lluvia utilizada por un cultivo en una región húmeda o agua bombeada desde un acuífero sobreexplotado en medio del desierto.

Y ahí, viviendo en Chihuahua, la conversación cambia bastante.

Aquí producimos nuez, alfalfa, chile, manzana, leche, carne y muchos otros productos que generan empleo, alimento y riqueza. Nadie sensato propondría dejar de producir simplemente porque requieren agua. Pero sí deberíamos preguntarnos cada vez con mayor seriedad qué estamos produciendo, dónde lo estamos produciendo, con qué agua y con qué eficiencia. Cuando exportamos un producto agrícola también estamos enviando parte del agua que permitió producirlo. No sale del estado dentro de una pipa, pero ya salió del acuífero.

Eso también es agua virtual.

Y quizá ahí está una discusión que debemos tener con mucha más madurez. Durante años celebramos toneladas producidas, hectáreas sembradas, cabezas de ganado y récords de exportación. Perfecto. Pero en una región árida también deberíamos comenzar a acompañar esos números con otro. ¿Cuánta agua necesitó todo aquello?

México, además, participa en un enorme intercambio de agua virtual. Exportamos agua escondida en productos agrícolas, pecuarios e industriales y también importamos agua cuando compramos bienes producidos en otros países. En otras palabras, una parte de nuestra vida cotidiana depende de lluvias, ríos y acuíferos que probablemente nunca veremos. La globalización también mueve agua, solamente que lo hace sin mojar las cajas.

Y todavía existe algo más absurdo. Podemos cuidar obsesivamente los cuatro litros que evitamos desperdiciar mientras nos cepillamos los dientes y después tirar a la basura medio refrigerador porque dejamos que la comida se echara a perder. Cuando tiramos un alimento no desperdiciamos únicamente comida. También desperdiciamos toda el agua, energía, suelo, fertilizantes, transporte y trabajo que hicieron falta para producirlo.

Una hamburguesa que termina en el bote no era únicamente una hamburguesa.

Era también agua.

Una camiseta comprada porque estaba en oferta y utilizada dos veces tampoco era solamente tela.

También cargaba agua.

Incluso ese celular desde el que juzgamos la huella hídrica de los demás tiene una historia que comenzó mucho antes de que lo sacáramos de su caja.

Por eso tampoco quiero que después de leer esto comiencen a calcular obsesivamente cuántos litros costó desayunar y entren en pánico porque tomaron café. La huella hídrica no debería convertirse en otra herramienta de culpa ambiental. Sirve para tomar mejores decisiones. Comprar menos cosas innecesarias, aprovechar lo que ya tenemos, desperdiciar menos comida, preferir procesos eficientes, exigir información a las empresas y preguntarnos si tiene sentido producir determinados bienes intensivos en agua precisamente donde el agua escasea.

Y sí, también podemos preguntarle a una empresa tecnológica cuánta agua utiliza.

Pero hagámoslo mientras hacemos exactamente la misma pregunta al campo, a la industria, a la minería, a los textiles, a los alimentos y a nuestro propio consumo.

Porque si nuestro plan para salvar el agua consiste únicamente en dejar de pedirle a ChatGPT que nos haga jóvenes, viejos, ochenteros o protagonistas de nuestro propio funeral, probablemente el problema seguirá ahí cuando los tres gatitos terminen de bailar La Calabaza.

Consejo incómodo: esta semana no intentes calcular toda tu huella hídrica. Empieza con tres cosas que consumes constantemente. Puede ser café, carne, cerveza, ropa o incluso servicios digitales. Averigua aproximadamente cuánta agua requieren y, más importante todavía, de dónde provienen y cuánto desperdicias. No se trata de dejar de vivir. Se trata de aprender a distinguir entre necesidad, consumo y desperdicio.

Nos enseñaron a cuidar el agua cerrando la llave. Ahora necesitamos aprender que también podemos desperdiciarla sin tocar una sola gota.

Juntos Todos por un planeta donde dejemos de buscar un culpable de moda y empecemos a mirar toda el agua invisible que sostiene nuestra forma de vivir. 🌎💧

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