Desde hace algunos meses he estado reflexionando sobre esa teoría que dice que la vida transcurre en ciclos de siete años. Hay quienes aseguran que cada etapa trae consigo abundancia, aprendizaje, pérdidas, crecimiento o tiempos de escasez. No sé si exista una explicación científica para ello, pero este año, al cumplir 43 veranos, no puedo evitar pensar que en mi vida se están cerrando varios ciclos al mismo tiempo.
Hace unos días fui sometida a una cirugía programada. La fecha coincidió, curiosamente, con mi cumpleaños. Hay quienes dicen que siempre estoy buscando señales; yo prefiero pensar que simplemente he aprendido a reconocer la mano de Dios en todo lo que sucede… y también en aquello que no sucede.
Poco antes de entrar al quirófano hablé con Él. Le dije, con absoluta serenidad: “Estoy lista para lo que Tú consideres que deba ser.” No había miedo. Había paz. Sabía que llegaba rodeada de amor: el de mis padres, mis hijos, mi familia, mis amigos y tantas personas que estaban pendientes de mí. Dios también puso en mi camino a médicos extraordinarios y, fiel a lo peculiar que suele ser mi vida, hasta me cantaron Las Mañanitas dentro del quirófano. Cuando desperté de la anestesia, mi primer pensamiento fue: “Está bien, Dios. Me quieres aquí. Vamos a darle. Estoy lista“.
La recuperación me ha regalado algo que pocas veces nos permitimos: silencio. Y en ese silencio llegaron la reflexión, el descanso, la gratitud y una enorme claridad. Hoy me siento más fuerte que antes. Más libre. Más consciente de quién soy y de quién quiero seguir siendo.
Y es por ello que quiero compartirles algunos de los aprendizajes que me deja este tiempo de ciclos que llega a su fin:
Primero. Comprendí que no puedo cambiar a las personas. Cada quien decide quién quiere ser. Podemos aconsejar, acompañar e incluso desgastarnos intentando convencer a alguien, pero el cambio solo ocurre cuando nace desde el interior. Lo mismo sucede con los sistemas. No puedo transformar, por mí sola, estructuras donde con frecuencia la educación de nuestras niñas, niños y jóvenes deja de ser la prioridad. Sí puedo, en cambio, asumir mi responsabilidad ciudadana, ejercer mi derecho al voto con conciencia y apoyar a quienes demuestran con hechos, y no solo con discursos, un compromiso genuino con la educación.
Segundo. La perfección no existe. Durante mucho tiempo creí que debía hacerlo todo bien. Hoy entiendo que equivocarse también forma parte del camino. He cometido errores, algunos importantes, pero ninguno ha sido más grande que mi capacidad para aprender de ellos y seguir adelante con la frente en alto.
Tercero. Nunca caminamos solos. Siempre existen manos dispuestas a sostenernos, levantarnos, abrazarnos, orientarnos… e incluso a darnos un “bachón” cuando hace falta. Solo debemos tener la humildad de pedir ayuda. Me sé profundamente afortunada de estar rodeada de tanto amor. Quizá tenga razón mi querida amiga Mariela cuando dice que uno termina cosechando el amor que ha sembrado.
Cuarto. Reconocer que uno de mis defectos es la complacencia también ha sido un acto de libertad. Entender que no siempre tengo la razón, aceptar otras maneras de pensar y respetar las decisiones de los demás no significa renunciar a mis valores. Esos seguirán siendo la brújula que guía mi vida.
Quinto. Me permito confiar. Confiar en Dios y en el maravilloso plan que tiene para mí. Confiar en los demás, sin perder la prudencia. Pero, sobre todo, confiar en mí misma, en mis capacidades, en mi experiencia y en todo lo que todavía puedo construir.
Sexto. Nada está completamente escrito. La vida puede cambiar de un día para otro. La diferencia está en vivir preparados, no desde el miedo, sino desde la confianza y la disposición para aprovechar las oportunidades cuando lleguen.
Séptimo. Dondequiera que Dios decida ponerme, seguiré sirviendo. Porque he descubierto que esa es, probablemente, la misión más hermosa que puedo tener: poner mis dones y talentos al servicio de los demás.
No sé si realmente la vida se organiza en ciclos de siete años. Tal vez sí. Tal vez no. Lo que sí sé es que cada etapa nos transforma si estamos dispuestos a escuchar lo que viene a enseñarnos.
Hoy, después de siete años, cierro un ciclo con profunda gratitud. No porque todo haya sido perfecto, sino porque incluso las heridas, las pérdidas, las decepciones y los tropiezos terminaron convirtiéndose en los maestros que más me han enseñado.
Porque los ciclos no terminan para decirnos quiénes fuimos; terminan para recordarnos quiénes todavía podemos llegar a ser.
Y si este nuevo ciclo apenas comienza, entonces solo puedo decir una cosa:
Estoy lista. Vamos a darle.











































