La taza de café humea lentamente mientras millones de mexicanos contienen el aliento. Hoy no es un día cualquiera. Hoy juega México en el Mundial de 2026 y el país entero parece haberse puesto la misma camiseta. Las conversaciones cambian de tema, las calles se llenan de banderas, los grupos de WhatsApp arden de emoción y, por unas horas, pareciera que todos compartimos un mismo latido.
La euforia futbolera no es nueva. Tiene memoria.
Para entender la emoción que hoy vivimos es inevitable regresar cuarenta años atrás, al Mundial de México 1986, aquel torneo que dejó imágenes imborrables en la historia del deporte y del país. Fue entonces cuando la selección mexicana alcanzó por última vez los cuartos de final de una Copa del Mundo, una hazaña que desde entonces se convirtió en referencia obligada para generaciones enteras de aficionados.
Pero México 1986 significó mucho más que fútbol. Apenas un año antes, el país había sufrido uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente: el terremoto de 1985. Miles de vidas se perdieron, la capital quedó marcada por la tragedia y la sociedad mexicana descubrió una extraordinaria capacidad de solidaridad y organización.

En ese contexto, el Mundial se convirtió en un símbolo de resiliencia. Contra todo pronóstico, México asumió la organización del torneo tras la renuncia de Colombia y mostró al mundo una nación capaz de levantarse, reconstruirse y celebrar la vida aun después de la adversidad.

Muchos recuerdan aquel verano por las actuaciones de Hugo Sánchez, Manuel Negrete y Antonio Carbajal como figura histórica del fútbol nacional, pero también porque durante unas semanas el país volvió a creer en sí mismo. El gol de Negrete ante Bulgaria sigue siendo considerado uno de los más bellos en la historia de los mundiales y permanece como una postal de esperanza colectiva.

Hoy, en 2026, México vuelve a ser sede mundialista y nuevamente el ambiente está impregnado de ilusión. Tal vez eso explique por qué el fútbol despierta emociones tan profundas: porque en realidad no solo se juega un partido. Se juegan recuerdos, identidades, nostalgias y sueños compartidos.
Más allá del resultado de esta tarde, vale la pena reconocer el poder que tienen estos momentos para unirnos. En un país frecuentemente dividido por diferencias políticas, económicas o sociales, el fútbol nos recuerda que aún existen espacios donde millones de personas pueden emocionarse al mismo tiempo, abrazarse con desconocidos y celebrar un mismo sentimiento de pertenencia.
Quizá por eso seguimos esperando volver a unos cuartos de final. Porque no se trata únicamente de ganar. Se trata de recuperar la sensación de que, como ocurrió en 1986, somos capaces de emocionarnos juntos, de creer nuevamente y de recordar que la historia también se escribe entre estadios llenos, banderas ondeando y corazones latiendo al unísono.
Y mientras el café se termina, solo queda desear que esta tarde la historia vuelva a sonreírle a México. Porque hay momentos que trascienden el deporte y se convierten, simplemente, en memoria colectiva.













































