Hoy es más fácil opinar que pensar. Vivimos rodeados de ideas, tendencias y discursos que repetimos casi sin darnos cuenta, como si tener una opinión fuera lo mismo que haberla construido. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos si realmente creemos en lo que decimos o si solo estamos replicando lo que vemos y escuchamos todos los días.
Y ahí comienza algo más profundo de lo que parece… Porque cuando no desarrollamos un pensamiento propio, también perdemos claridad sobre lo que queremos. Y cuando no hay claridad, todo se vuelve pesado. Las tareas cuestan más, los objetivos pierden sentido y la motivación desaparece. Entonces lo nombramos como flojera, como falta de disciplina o incluso como desinterés, cuando en realidad muchas veces es desmotivación.
No es que los jóvenes no quieran hacer las cosas, es que no encuentran un motivo real para hacerlas. Nos enseñaron a cumplir, a seguir instrucciones, a responder correctamente, pero no siempre a cuestionar, a decidir o a descubrir qué nos interesa de verdad. Y sin ese proceso, es difícil construir dirección.
Porque cuando todo lo que hacemos viene de afuera, nada se siente realmente nuestro, y lo que no se siente propio difícilmente nos mueve. Por eso, más que exigir disciplina, necesitamos empezar a construir criterio. Pensar por nosotros mismos no solo nos ayuda a tener una voz, también nos da rumbo. Cuando dejamos de repetir y empezamos a cuestionar, comenzamos a elegir. Y cuando elegimos, avanzamos.
Tal vez no es flojera o desinterés. Tal vez es falta de dirección. Y esa dirección no aparece sola, se construye a partir de lo que pensamos, de lo que cuestionamos y de lo que decidimos hacer con eso. Porque al final, una juventud que piensa no solo entiende el mundo… también encuentra su lugar en él.











































