Semana Santa siempre ha sido ese momento donde buscamos algo más que descanso. Buscamos silencio, mar, aire limpio, una pausa que nos haga sentir que todo sigue en su lugar. Pero hay algo incómodo que cada vez se vuelve más evidente: ese paraísoya no es el mismoy en algunos casos, ya no existe.

Hoy elegir una playa no es solo decidir a dónde ir. Es enfrentarse, aunque no queramos verlo, a un mapa de crisis. Hay costas cubiertas de sargazo que en temporadas recientes han alcanzado volúmenes históricos, impulsadas por contaminación y cambio climático. Hay regiones donde el desarrollo inmobiliario ha borrado manglares completos, esos ecosistemas que protegen costas, capturan carbono y sostienen vida marina. Hay playas donde la violencia ha desplazado comunidades y turismo. Y ahora también hay zonas donde el petróleo vuelve a tocar la arena, recordándonos que el mar sigue siendo tratado como desecho.

Más de 600 kilómetros del Golfo de México afectados por hidrocarburo no son solo una cifra. Son tortugas que llegan a anidar sobre arena contaminada, son aves cubiertas de chapopote que ya no pueden volar, son pescadores que no saben si mañana podrán salir al mar. Es un ecosistema que recibe el golpey una sociedad que aprende a normalizarlo.

Porque ese es el verdadero problema.

Nos estamos acostumbrando.

Nos acostumbramos al sargazo, al agua turbia, a las playas cerradas, a los manglares talados, al olor distinto, al paisaje intervenido. Nos acostumbramos a que el deterioro sea parte del paquete turístico. Como si fuera inevitable. Como si no hubiera otra forma de hacer las cosas.

Y mientras eso pasa, hay discursos que no solo lo permiten, sino que lo impulsan.

Hoy existen narrativas políticas que hablan de libertad absoluta del mercado, de eliminar regulaciones, de dejar que la economía fluya sin restricciones, como si la naturaleza fuera un obstáculo y no la base de todo. Discursos como los que hemos visto recientemente en figuras como Javier Milei, donde se minimiza la crisis ambiental, se desacredita la ciencia climática y se plantea que cualquier límite es un freno al desarrollo.

Suena provocador. Suena disruptivo.

Pero llevado al territorio, significa algo muy concreto.

Significa abrir la puerta a que el mercado decida sobre los ecosistemas.

Significa reducir la protección ambiental en nombre de la eficiencia.

Significa tratar al planeta como una oportunidad de negocio antes que como un sistema de vida.

Y eso no es libertad.

Es renuncia.

Renuncia a cuidar lo que nos sostiene. Renuncia a entender que no todo puede ponerse en una balanza económica. Renuncia a reconocer que hay límites que no se negocian.

Porque el planeta no responde a ideologías.

Responde a impactos.

El sargazo no pregunta por políticas públicas.

El petróleo no distingue discursos.

Los manglares no se regeneran porque el mercado lo decida.

La naturaleza no necesita que creamos en ella para imponerse.

Semana Santa, una temporada que habla de reflexión, de conciencia, de vidaocurre en un momento donde como sociedad seguimos haciendo exactamente lo contrario. Consumimos sin cuestionar, viajamos sin entender el contexto, exigimos destinos perfectos sin preguntarnos qué hay detrás de ellos.

Y eso es lo que realmente debería incomodarnos.

No que una playa esté contaminada.

Sino que ya no nos sorprenda.

Porque cuando dejamos de asombrarnos por el deterioro, empezamos a aceptarlo. Y cuando lo aceptamos, lo perpetuamos.

Consejo incómodo: estas vacaciones no solo elijas destino, elige conciencia. Infórmate sobre el estado ambiental del lugar, evita prácticas que dañen ecosistemas, respeta la fauna, reduce residuos y apoya economías locales responsables. Pero sobre todo, no normalices el deterioro como parte del viaje. Lo que aceptamos como normales lo que termina definiendo el futuro.

El problema no es que el paraíso se esté perdiendoes que estamos aprendiendo a vacacionar en su ruina.

Juntos Todos por una humanidad que no confunda libertad con destruir lo que le da vida. 🌎

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