Esta mañana, al enfrentarme a la temible hoja en blanco y con el eco de los festejos aun rondando en la memoria, decidí que había que situarnos en días como hoy, pero del enriquecedor pasado. Volver a un Año Nuevo muy distinto al que hoy vivimos.
¿Cómo celebraban el inicio del año los soldados y soldaderas mexicanas en plena Revolución? Las condiciones en las que vivían eran completamente ajenas a nuestra realidad. Ellos y ellas construían patria, y me gusta pensar que, cuando podían, encontraban algún instante de calma. Tal vez descansaban en silencio, quizá alrededor de una fogata, aunque sin escenas dignas de película, sino en la más cruda cotidianidad.
Acto seguido, busqué imágenes de celebraciones de Año Nuevo durante la Revolución Mexicana. ¿Y qué creen? No encontré ninguna. Si alguien imagina, por ejemplo, al gran caudillo Francisco Villa brindando con sidra, contando las doce uvas o pidiendo deseos a la medianoche, conviene advertirle que está muy lejos de la realidad. En los años de la Revolución Mexicana, el Año Nuevo llegaba puntual, sí, pero sin fiesta organizada, sin calendario preciso y, en muchos casos, sin saber siquiera qué día era.
No existe una fotografía que nos muestre a Pancho Villa recibiendo el 1º de enero. No porque no fuera importante, sino porque en tiempos de guerra las fechas exactas eran un lujo. Los fotógrafos de la época retrataron batallas, campamentos, trenes tomados al asalto y generales con mirada dura, pero rara vez anotaron: “Foto tomada el primero de enero, después de cenar frijoles”.
Y es que el Año Nuevo revolucionario no se celebraba: se sobrevivía.
Mientras en algunas ciudades las familias acomodadas aún conservaban la costumbre de una cena formal, en buena parte del país el cambio de año ocurría entre fogatas, ollas humeantes y corridos improvisados. Para muchos combatientes, el brindis era un jarro de café negro y el deseo colectivo era sencillo: amanecer vivos.
En los campamentos villistas, por ejemplo, el invierno del norte no perdonaba. El frío calaba más que la nostalgia y el Año Nuevo llegaba como llegaban todos los días: sin aviso y sin garantías. Para dormir con un poco menos de frío, tenían que cavar hoyos para meterse en ellos y así guarecerse un poco más, que iban a pensar siquiera en tener un atuendo elegante o estrenar ropa para recibir el año con algo de prosperidad. Tal vez alguien recordaba en voz alta que ya era enero; tal vez no. Lo seguro es que no había conteo regresivo, y si hubo campanadas, fueron las del metal… pero no precisamente de una iglesia.
En el sur, con Emiliano Zapata y los campesinos morelenses, el inicio del año se parecía más a una reafirmación de lucha que a una celebración. Tierra, justicia y libertad eran los deseos recurrentes. Nada de prosperidad financiera ni amor eterno, ni salir a correr alrededor del campamento con una maleta para asegurar viajes todo el año: aquí se pedía recuperar lo que había sido arrebatado.
Eso sí, el humor —ese que nunca falta en México— también hacía acto de presencia. Hay testimonios que hablan de bromas, canciones y risas breves, casi como un recordatorio de que, aunque el país estuviera en llamas, seguía siendo humano. Porque incluso en guerra, el mexicano se las arregla para hacer chistes… aunque sea del hambre.
La religión también marcaba el inicio del año. Muchas familias acudían a misa el 1º de enero para pedir protección. No era un acto de rutina, sino de urgencia. El nuevo año no se veía como una hoja en blanco, sino como una página que ojalá no terminara manchada de sangre.
Hoy, más de un siglo después, celebramos el Año Nuevo con fuegos artificiales, brindis y propósitos que rara vez cumplimos. En cambio, en aquellos años turbulentos, el propósito principal era seguir en pie. No hay fotos de uvas ni relojes marcando la medianoche, pero sí imágenes de hombres y mujeres que, sin saberlo, estaban construyendo el país que heredamos.
Tal vez por eso, aunque no tengamos una fotografía de Pancho Villa en un primero de enero, no hace falta. Basta mirar sus retratos para entender que, en la Revolución, cada amanecer ya era motivo suficiente para brindar, aunque fuera con café frío y pan duro.
Y aunque no es mucho el tiempo que nos separa de esas vidas que son nuestros antecesores (apenas 106 años del fin de la Revolución Mexicana) la realidad que vivimos es completamente distinta, detengámonos un poco para agradecerles a todos y todas aquellas que pasaron hambre, frío, calor, sed, desesperanza e incertidumbre pero aún así fueron valientes y enfrentaron su destino con la cabeza en alto y rindamos un pequeño homenaje a su valor siendo mexicanos de bien que aportan cosas positivas para su país, porque recordemos siempre que entre fogatas revolucionarias y brindis modernos, seguimos unidos en el tiempo, enlazando pasado y presente para recordarnos que solo con memoria podemos aspirar a un mejor futuro.














































