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Tu imagen, de la imagen de mí

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Cuando era estudiante de la carrera de Comunicación, hace ya algunos lustros, las más nos invitaban al análisis, la reflexión y el pensamiento crítico eran las Teorías de la Comunicación (I, II, III y IV), siguiéndoles las Filosofías (I, II, III y IV). Fue en una clase de Teorías, no estoy segura si en la IV, que mi maestra Carolina nos motivó a reflexionar en la frase “tu imagen, de la imagen de mí”. Recuerdo que primero me pareció un trabalenguas, pero luego que cada uno de mis compañeros fuimos compartiendo nuestras opiniones, caí en la cuenta que en realidad es una manera sencilla de explicar cómo funciona la percepción entre las personas: cómo nos vemos y cómo nos ven.Porque, si hablamos con total honestidad, la manera en que nos vemos nunca es solo nuestra; siempre está contaminada por la mirada del otro.

Desde que somos pequeños, la mirada del otro nos moldea. La maestra que dice “eres aplicada”, el amigo que nos dice “eres bien nerd”, la compañera del salón que comenta “qué seria”. Cada etiqueta es un ladrillo en la construcción de nuestra imagen. Y lo curioso es que muchas veces terminamos creyendo más en esas definiciones externas que en la voz interna. Quienes somos madres y padres conscientes sabemos que cargamos sobre nuestros hombros la construcción de la imagen que nuestros hijos vayan a tener de sí mismo, haciéndolo en mi caso, desde la libertad y aceptación de ellos mismos y de las características tan únicas que tienen.

La imagen, entonces, no es solo un asunto personal. Es un fenómeno social. Yo me reconozco en tu mirada, y tú te reconoces en la mía. “Tu imagen, de la imagen de mí” significa que no hay identidad aislada: somos reflejos cruzados. Tal como versa la famosa frase atribuida a Frida Kahlo: “Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Solo entonces te darás cuenta de lo especial que eres para mí”.
Hoy, en plena era digital, la imagen se ha convertido en moneda de cambio. Una historia en Instagram, la foto de perfil de WhatsApp, una publicación en Facebook, una foto de LinkedIn, todo es representación. Pero esas representaciones rara vez son neutrales. Están diseñadas para agradar, para convencer, para vender, para ser aceptado. Y vuelve a aparecer el trabalenguas porque tu imagen depende de la imagen que yo proyecto, y la mía depende de cómo tú la consumes; es un intercambio constante, casi un contrato tácito. Y en ese contrato, la autenticidad suele ser la primera víctima.

Y créeme, querido lector, que en la crisis de la mediana edad a la mayoría de los cuarentones nos enfrentamos, una empieza a cansarse de tanta coreografía. Ya no quiero ser la versión que otros esperan; me interesa más la tranquilidad que la aprobación, más la coherencia que el aplauso. Pero tampoco puedo negar que sigo siendo, en parte, lo que los demás ven; y que mi personalidad histriónica siempre está ávida de ovación y algarabía.

Hace muchos años logré tener una aceptación de mi cuerpo y empecé a encontrar mi estilo al vestir; como bien dicen “de la moda, lo que te acomoda”. Sin embargo, puede pasar como cuando te pruebas un vestido frente al espejo: te sientes fabulosa, pero si alguien te dice “te queda raro”, la duda se instala. La imagen nunca es completamente tuya; siempre está atravesada por la mirada ajena.

Por eso la intimidad se vuelve un acto de resistencia. En casa, sin maquillaje, sin poses, sin necesidad de likes, la imagen se desarma. Ahí no necesito ser “la profesional”, “la madre ejemplar” o “la amiga divertida”. Ahí soy simplemente yo. Y a quienes les he dado el privilegio de compartir la simpleza de contemplarme en la intimidad, pueden decir que conocen la imagen más real y nítida de mí. En ese espacio, “tu imagen, de la imagen de mí” se transforma en complicidad. Me ves como soy, y yo me reconozco en tu mirada sin máscaras.

Con los años, también cambia la manera en que miramos a los demás. Ya no nos quedamos tanto en la superficie. Aprendemos a ver más allá del peinado, del gesto, de la ropa. Descubrimos que la imagen es apenas una puerta de entrada, y que detrás hay historias, cicatrices, contradicciones. Me ha pasado que he dejado de prejuzgar (lo hice por muchos años) y ahora me gusta imaginar qué historias habrá detrás de las personas, qué contexto estarán pasando por sus vidas; la empatía se ha vuelto protagonista y reconozco que lo que vemos del otro es apenas un fragmento. “Caras vemos, corazones nos sabemos” dice el dicho popular.

Al final, “tu imagen, de la imagen de mí” es un recordatorio de que la identidad es compartida. Yo te miro, tú me miras, y entre esas miradas se teje nuestra existencia. No somos islas, somos espejos que se reflejan mutuamente. La tarea es aprender a convivir con ese juego sin perder la esencia. Aceptar que la imagen importa, pero no dejar que nos devore. Reconocer que la mirada del otro nos construye, pero también nos desafía a ser más que apariencia.

La imagen es inevitable, como la sombra. Pero no es definitiva. Y quizá la verdadera libertad consista en caminar sabiendo que siempre habrá espejos alrededor, pero el reflejo más importante sigue siendo el que elegimos para nosotras mismas.

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