Apenas ayer, una persona adulta mayor fue encontrada deambulando por las calles de Delicias, sola y desorientada. Por fortuna, se topó con policías que hicieron lo que la familia y la sociedad no hicieron: verla, detenerse y protegerla. Pero que este acto termine en aplausos para la autoridad no debe distraernos de lo verdaderamente incómodo: alguien llegó a ese punto de abandono sin que nadie respondiera por ella.
La pregunta es brutal y necesaria: ¿qué estamos haciendo como sociedad para que nuestros viejitos tengan una vida digna en su última etapa? ¿Cómo permitimos que una madre o un padre caminen sin rumbo, sin compañía, sin comida, sin protección? No es un descuido menor, es un fracaso colectivo que se disfraza de rutina y se esconde detrás de excusas como “no tengo tiempo” o “ella ya no quiso vivir con nosotros”.
Tenemos que estar muy mal como hijos para normalizar que un adulto mayor viva solo, enfermo o confundido, como si ya no importara. No es pobreza solamente; es abandono emocional. No es falta de recursos siempre; es falta de voluntad. El envejecimiento no debería ser sinónimo de soledad, pero en nuestra realidad muchas veces lo es.
Peor aún, hay cifras que muestran algo todavía más duro: adultos mayores que prefieren quitarse la vida antes que seguir enfrentando la soledad, el olvido y la sensación de ser una carga. Llegar a ese extremo no es casualidad, es consecuencia. Nadie toma esa decisión si se siente querido, acompañado y útil.
Aquí no bastan discursos sobre valores ni publicaciones con frases bonitas. Hace falta presencia. Hace falta visitar, escuchar, preguntar si ya comieron, si durmieron bien, si les duele algo. Hace falta entender que cuidar a quien nos cuidó no es caridad, es responsabilidad.
Tengo un dicho que aplica con mi señora madre: todo es en vida. Si quieres honrarla, que sea en vida. Trátala bien hoy, salúdala hoy, háblale hoy, abastécela hoy, ámala hoy. No esperes a que esté tres metros bajo tierra para llorarle y para arrepentirte, porque ese llanto tardío no borra el abandono.
Lo ocurrido ayer no debe verse como una anécdota, sino como una advertencia. Cada adulto mayor que deambula solo es un espejo incómodo de lo que somos. Si no podemos cuidar a quienes nos dieron la vida, ¿qué clase de sociedad decimos ser? La dignidad no se proclama, se practica. Y con nuestros viejitos, se nos está acabando el tiempo.









































