Ser joven en México hoy en día se ha convertido en una prueba de supervivencia. Sobrevivir donde antes se podía soñar. Y no porque falte talento o ganas, sino porque las oportunidades cada vez son más escasas y, en muchos casos, inalcanzables.
Desde el oficialismo se insiste en una narrativa repetida hasta el cansancio, que los jóvenes están “escribiendo el futuro” y “construyendo el futuro”. Pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué futuro se puede construir únicamente recibiendo dinero, sin herramientas reales para la vida y sin preparación profesional efectiva? Prestemos atención a esta narrativa que simula apoyo, cuando en la práctica no existe un respaldo sólido ni sostenible para la juventud.
Un joven promedio termina su carrera entre los 23 y 25 años. No es posible, ni justo, que un ingeniero en Mecatrónica, que se partió la madre entre cálculos, noches de desvelo y sacrificios económicos propios o de sus padres, se gradúe para encontrarse con una realidad devastadora, no hay trabajo. Y los pocos empleos disponibles no están bien remunerados para un profesionista, ni siquiera le permiten desarrollar los conocimientos adquiridos durante su formación.
Me ha tocado ver ingenieros, licenciados e incluso personas que estudiaron para ser maestros trabajando como cajeros en supermercados. Y que quede claro, todo trabajo es digno y honrado. Pero como bien dice el dicho, zapatero a tus zapatos. El problema no es el empleo, sino el desperdicio del talento.
Las cifras hablan por sí solas. Ocho de cada diez jóvenes de entre 19 y 24 años tienen dificultades para encontrar empleo en México, y el 60 por ciento señala que la falta de experiencia es el principal obstáculo para mantenerse o acceder a un puesto laboral. Y es aquí donde volvemos al punto central, faltan herramientas. Porque no falta quien diga que ya existen programas y que ese es el “apoyo a los jóvenes”. Pero insisto: ¿cuál apoyo? El dinero no da experiencia, no forma habilidades, no prepara para el mundo laboral real. Eso lo da la capacitación, la mentoría, la práctica pero sobre todo la experiencia.
Por otro lado, el 83 por ciento de los jóvenes busca empleo a través de redes sociales, mientras que solo el 18 por ciento de las empresas utiliza estos canales para publicar vacantes. Nos hace falta una bolsa de trabajo real, funcional, cercana a los jóvenes, donde puedan identificar oportunidades acordes a sus habilidades y aspiraciones.
Desde la perspectiva empresarial, también se detecta una carencia importante de habilidades blandas entre los jóvenes trabajadores como la comunicación, resolución de problemas, trabajo en equipo y capacidad de adaptación. Son las llamadas habilidades para la vida, aquellas que antes se adquirían en casa y se reforzaban desde el modelo educativo. A esto se suma otro punto de fricción, las expectativas salariales de los jóvenes suelen ser superiores a lo que las empresas están dispuestas a ofrecer.
La clave, amigo lector, no está solo en abrir vacantes. Está en construir puentes reales entre la oferta y la demanda laboral. Necesitamos transformar de fondo el enfoque de atracción y desarrollo de talento. Adaptar los canales de reclutamiento, sí, pero también crear itinerarios de formación, empleabilidad temprana y, sobre todo, mentoría. Eso es lo que hoy les falta a muchos jóvenes y no lo digo yo, lo dicen ellos mismos, herramientas reales para competir, crecer y permanecer.
Solo así podremos aspirar a un México con jóvenes preparados, competitivos y listos para trabajar dentro y fuera del país, siempre llevando en alto la bandera de nuestra nación.
Esta fue una sección más de Bajo la lupa, donde miramos más allá del discurso, nos leemos con gusto el próximo viernes, soy su amigo Isaac Benítez, impulsando el bien de todos.







































