La soberanía energética suena a una de esas frases que caben perfecto en un discurso político: firme, contundente, patriótica. Pero en México hay una forma curiosa de intentar alcanzarla: rompiendo el subsuelo.
Literalmente.
El fracking, o fracturación hidráulica, consiste en perforar profundamente la tierra y luego inyectar a presiones brutales una mezcla de agua, arena y químicos para romper formaciones rocosas y liberar gas o petróleo atrapado. Es una técnica diseñada para extraer lo último que queda cuando los yacimientos convencionales ya no dan más.
Dicho de otra forma: es una forma industrial de exprimir el planeta cuando el recurso se está agotando.
El pasado 18 de febrero la presidenta Claudia Sheinbaum mencionó que el gobierno está evaluando si esta tecnología ha avanzado lo suficiente como para hacerse “bien”. La frase suena prudente, pero también abre una puerta peligrosa. Porque la ciencia que existe hoy sobre el fracking es bastante clara: es una técnica extremadamente demandante en agua, altamente intensiva en perforación y con impactos ambientales difíciles de controlar.
Cada pozo de fracking puede requerir entre 9 y 29 millones de litros de agua dulce en una sola operación. Agua que se mezcla con cientos de compuestos químicos para generar la presión necesaria que fracture la roca. Una parte de ese fluido regresa a la superficie contaminado con metales pesados, hidrocarburos y sustancias tóxicas que lo vuelven prácticamente imposible de reutilizar sin tratamientos extremadamente costosos.
La otra parte se queda abajo.
En regiones del norte de México esto no es un detalle menor. Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas ya viven bajo condiciones severas de estrés hídrico. Monterrey acaba de atravesar hace poco una de las crisis de agua más graves de su historia reciente. En ese contexto, pensar en millones de litros de agua dulce destinados a fracturar roca suena menos a soberanía y más a contradicción.
Pero el agua no es el único problema.
Los pozos de fracking tienen una vida productiva corta. Muchos de ellos pierden gran parte de su rendimiento en los primeros años, lo que obliga a perforar constantemente nuevos pozos para mantener la producción. Esto significa más infraestructura, más caminos industriales, más fragmentación del territorio y más emisiones asociadas al proceso.
Además, el fluido contaminado que regresa a la superficie suele terminar almacenado o inyectado nuevamente en el subsuelo. Ese proceso de reinyección profunda ha sido asociado en diversos estudios internacionales con actividad sísmica inducida. No terremotos apocalípticos, pero sí eventos sísmicos que antes no existían en ciertas regiones.
Romper la roca también puede mover la tierra.
Lo paradójico es que mientras el discurso oficial dice que “no hay decisión tomada”, los documentos estratégicos recientes de PEMEX ya incluyen evaluaciones y proyecciones vinculadas a esta técnica. Y ahí aparece otra contradicción incómoda: México no posee toda la tecnología ni el músculo financiero para desarrollar fracking a gran escala por sí solo.
Eso significa que la famosa soberanía energética podría terminar dependiendo de empresas extranjeras especializadas en perforación.
Independencia energética… con contratistas internacionales perforando el patio.
Mientras tanto, en otro frente del país, la defensa de los ecosistemas marinos está viviendo su propia batalla. El proyecto Vista Pacífico en Sinaloa fue cancelado recientemente tras presión social y científica. Esa decisión evitó un impacto potencial sobre especies marinas como el delfín nariz de botella y la ballena gris, cuya comunicación depende de un ambiente acústico relativamente limpio. Los buques metaneros, el tráfico marítimo industrial y las operaciones portuarias generan ruido submarino intenso que puede alterar migraciones, alimentación y reproducción de muchas especies marinas.
Pero la historia no termina ahí.
En Sonora sigue en pie el proyecto Amigo LNG, una terminal de exportación de gas natural licuado que diversos especialistas han señalado por sus posibles impactos sobre corredores biológicos marinos. Algunos análisis independientes han cuestionado partes de los estudios de impacto ambiental presentados, señalando inconsistencias que minimizan efectos sobre hábitats críticos.
La discusión no es menor.
Porque al final del día la pregunta es sencilla: ¿qué significa progreso?
¿Exprimir el subsuelo hasta el último gas posible mientras las regiones viven crisis de agua? ¿Convertir mares en autopistas industriales para exportar energía? ¿O empezar a pensar en sistemas energéticos que no dependan de destruir los mismos ecosistemas que nos sostienen?
La soberanía energética no debería ser una excusa para profundizar la dependencia de combustibles fósiles en pleno siglo XXI. La verdadera independencia energética empieza cuando las sociedades reducen su necesidad de quemar el pasado geológico del planeta.
Consejo incómodo: si queremos hablar en serio de soberanía energética, también hay decisiones que empiezan en casa. Reducir consumo eléctrico innecesario, cambiar iluminación por tecnología eficiente, aislar mejor viviendas para disminuir uso de aire acondicionado, aprovechar energía solar doméstica cuando sea posible y apoyar políticas públicas que aceleren la transición energética. La energía más limpia sigue siendo la que no necesitamos producir.
El futuro energético no se perfora. Se transforma.
Juntos Todos por una energía que no necesite romper la tierra para existir. 🌎⚡
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