Hace unos días, tuve la fortuna de asistir a un taller que tocaba temas sobre el liderazgo de las mujeres y su capacidad para coordinar, impulsar y construir proyectos, durante la presentación apareció una frase que me hizo pensar con más calma en cómo regularmente definimos el éxito. No desde los logros que todos pueden ver a simple vista, sino desde algo mucho más profundo y humano. “El éxito no se trata de las ganancias, se trata de la diferencia que haces en la vida de las personas.” — Michelle Obama
Esta frase te invita a pensar muchas cosas. Porque no siempre el impacto que generamos en alguien o algo se mide en cifras. A veces se refleja en gestos sencillos pero que te acercan a otros: escuchar a alguien cuando los necesita, abrir oportunidades, acompañar un proceso difícil o creando condiciones más justas para que otras personas puedan crecer.
Podemos impactar la vida de los demás, cuando respetamos el tiempo de una mamá que trabaja en casa y fuera de ella, quizá también cuando confiamos en una persona joven que apenas comienza su camino, o cuando reconocemos el esfuerzo de quienes han sostenido durante años su trabajo y su familia. Muchas veces, esas acciones que parecieran no importantes, son las que verdaderamente transforman la vida de alguien.
Es común que las personas piensen en el éxito de una sola manera: dinero, reconocimiento, puestos o logros que estén a la vista de todos. Cuando realmente, yo pienso que no existe una definición universal que aplique para todas las personas y en todas las etapas de la vida. El éxito no es igual para todos, ni se vive de la misma manera.
No significa lo mismo el éxito para un niño que para un adulto, para una mujer soltera que para una mujer casada. Tampoco para una madre que para una mujer que decidió no tener hijos. No es igual para un hombre joven que está dando sus primeros pasos laborales, que para alguien que ya ha recorrido años de trabajo, responsabilidades y aprendizajes. Cada historia, cada contexto y cada circunstancia le dan un significado distinto a lo que entendemos por “haber llegado”.
Para algunas mujeres, el éxito puede ser construir una carrera profesional sin renunciar a su independencia. Para otras, lograr un equilibrio entre el trabajo y la familia. Para una madre, quizá el éxito sea poder estar presente en la vida de sus hijos y, al mismo tiempo, sentirse realizada en lo personal. Para alguien más, puede ser tener estabilidad, tiempo, tranquilidad o la posibilidad de tomar sus propias decisiones.
También hay quienes miden su éxito en pequeñas victorias cotidianas: sacar adelante a su familia, terminar una carrera que parecía imposible, mantenerse firmes en un empleo durante años, emprender, servir a su comunidad o vivir con coherencia entre lo que piensan y lo que hacen.
No olvidemos que el éxito no siempre es visible ni presumible. Muchas veces se construye en silencio, en tomar decisiones difíciles, en tener constancia, en nuestros esfuerzos y en renuncias que no siempre ven los demás. Y aquí es donde me vuelve a hacer sentido la frase de Michelle Obama: el verdadero éxito también se mide por la huella que dejamos en la vida de otras personas.
Como sociedad, necesitamos ampliar nuestros pensamientos. Vamos dejando de exigir una sola forma de “triunfar” y empecemos a respetar los caminos diferentes al nuestro. Entendamos que el éxito no se ve igual en todos los hogares, ni en todas las edades, ni en todas las etapas de la vida. Tal vez no se trate de llegar más lejos que otros, sino de avanzar con un sentido. De construir una vida coherente con lo que somos y con lo que aportamos a nuestra comunidad.
Vive tu vida con tus propios objetivos y tus propias metas, sin intentar cumplir expectativas ajenas. Define tu propio éxito, deja huella en la vida y en el corazón de otros. Eso es lo que permanece, ahí es donde verdaderamente se trasciende.



