Comenzar un nuevo año siempre trae esa mezcla rara entre la nostalgia de lo que dejamos atrás y la esperanza de que ahora sí haremos las cosas distinto. Este inicio de año no quiero dedicarlo a señalar errores ni a repetir la letanía de lo mal que está el planeta. De eso ya hemos hablado. Hoy quiero hablar de propósitos, pero no de los que se escriben con entusiasmo y se olvidan en febrero, sino de los que se construyen en equipo y mejoran el ecosistema para todos.
Venimos de un año duro, sí. De incendios, de sequías, de olas de calor, de discusiones interminables y de promesas que llegaron tarde. Pero también venimos de algo importante: el tema ambiental dejó de ser marginal. Hoy se discute en la mesa, en la escuela, en la comunidad y en los gobiernos. Ya no es raro hablar de clima, de biodiversidad, de agua, de residuos. Eso, aunque no resuelve todo, es un avance enorme.
Este inicio de año trae señales que vale la pena mirar con otros ojos. A nivel global, la transición energética sigue acelerándose; las energías renovables avanzan más rápido de lo previsto hace apenas unos años y ya no son una aspiración lejana, sino una realidad que empieza a desplazar modelos antiguos. En los océanos, entra en vigor un acuerdo internacional que reconoce, por fin, que la biodiversidad marina no puede seguir siendo tierra de nadie y que su protección es clave para el clima y la alimentación. En México, hay noticias que también importan: poblaciones de especies emblemáticas como la mariposa monarca y algunas tortugas marinas muestran signos de recuperación cuando las comunidades se involucran y los esfuerzos de conservación se mantienen en el tiempo.
También empiezan a verse cambios concretos en las ciudades. La separación de residuos deja de ser una recomendación y comienza a ser una obligación en algunos lugares, no como castigo, sino como una forma básica de hacernos responsables de lo que consumimos. Son pasos pequeños, pero reales. Y lo más importante: son acciones que necesitan de todos, no solo de leyes o discursos.
Por supuesto que el panorama no es perfecto. El clima sigue mandando alertas claras, los ciclos naturales están alterados y las emisiones siguen siendo altas. Pero este año se siente distinto en algo fundamental: ya no basta con criticar, ahora toca coordinar. El mundo necesita menos polarización ambiental y más cooperación. Menos “tú tienes la culpa” y más “qué podemos hacer juntos”.
Ahí está el verdadero propósito ambiental de este nuevo año. Hacer equipo. Con la naturaleza, con la comunidad, con las instituciones, con quienes piensan distinto. Porque ningún ecosistema se salva en solitario y ninguna transformación ambiental ocurre desde el aislamiento. Los suelos se regeneran cuando se cuidan colectivamente, los ríos se limpian cuando hay acuerdos, la biodiversidad se recupera cuando se le da espacio y tiempo.
Tal vez el mayor error que hemos cometido es creer que cuidar el planeta es una tarea individual y heroica. No lo es. Es un trabajo cotidiano, compartido y a veces lento. Pero funciona. Y lo hemos visto: donde hay colaboración, hay resultados.
Así que este año propongámonos algo distinto. Cambiar la crítica estéril por diálogo, el señalamiento constante por acción coordinada, la desesperanza por constancia. No se trata de dejar de incomodar, sino de incomodar para mover, no solo para señalar.
Si algo nos ha enseñado el último año es que los ecosistemas sanos hacen comunidades sanas y que el bienestar no se construye contra la naturaleza, sino con ella. Este puede ser el año en que pasemos del discurso a la suma, del reclamo a la solución, del propósito escrito a la acción compartida.
Y antes de cerrar definitivamente, quiero detenerme en un logro que es motivo de orgullo para todos los que creemos en el valor de la ciencia cercana, ética y comprometida con la comunidad. El reciente hallazgo de un hongo con potencial terapéutico para tratar la depresión, documentado en nuestra región, no es una curiosidad ni una moda pasajera. Es una muestra clara de cómo la biodiversidad guarda respuestas reales a problemas humanos urgentes, y de cómo los ecosistemas saludables no solo sostienen la vida, sino que también pueden aportar bienestar y alternativas para la salud mental.
Este tipo de descubrimientos son importantes porque nos recuerdan que la naturaleza es una fuente de conocimiento aún inexplorado. Cada especie estudiada con rigor representa una oportunidad para comprender mejor procesos biológicos complejos y desarrollar soluciones que no surgen en laboratorios aislados, sino en territorios vivos. Pero también es una llamada de atención: cuando se pierde biodiversidad, no solo desaparecen paisajes o especies, se pierden posibilidades, tratamientos y futuros que nunca alcanzamos a conocer.
Nada de esto sería posible sin la observación constante y el trabajo desde el territorio. Ahí es donde la ciencia ciudadana cobra un papel fundamental, como puente entre la investigación formal y la sociedad. Documentar, registrar, compartir y divulgar el conocimiento permite que los hallazgos no queden encerrados en artículos especializados, sino que se traduzcan en conciencia, cuidado y respeto por los ecosistemas. La ciencia se vuelve entonces una herramienta colectiva y no un privilegio de pocos.
Por todo ello quiero reconocer públicamente el trabajo de la Bióloga Alejandra Peña, cuya labor como investigadora y divulgadora de educación ambiental ha sido clave para acercar el mundo de los hongos, su ecología y su importancia a más personas. Su compromiso con la ciencia, la educación y la conservación demuestra que comunicar el conocimiento también es una forma poderosa de cuidar la naturaleza. Me llena de orgullo verla aportar desde lo local a conversaciones globales, recordándonos que proteger la biodiversidad también es invertir en salud, conocimiento y futuro.
Consejo incómodo: no esperes a tener el plan perfecto. Empieza esta semana con algo concreto y compartido: separa residuos con quienes vives, involúcrate en una acción comunitaria, apoya proyectos locales, aprende sobre tu entorno y propón soluciones. El cambio ambiental no necesita héroes solitarios, necesita equipos constantes.
Juntos Todos por un año donde cuidar el planeta también signifique cuidarnos entre nosotros.









































