“Cuando la historia vive en casa”
Frente a mi taza de café, que comparto con mi amiga la nostalgia y con ustedes, queridos lectores, me detengo una vez más a observar un antiguo documento de enorme valor: una herencia que mi abuelo, Víctor González Garza (DEP), decidió obsequiarme poco antes de morir. Es un objeto sumamente preciado, que atesoro con profundo fervor. Se trata nada menos que de un certificado de nombramiento, fechado el 24 de mayo de 1917, en el cual se confiere el grado de General Brigadier a Pablo González Moya, documento firmado por el mismísimo Venustiano Carranza.
¿Y quién fue Pablo González Moya? ¿Qué relación guarda conmigo y con mi abuelo Víctor?
Pablo era tío de mi abuelo y, por lo tanto, mi tío bisabuelo; hermano de mi bisabuelo Triunfo de la Cruz González Moya, quien también formó parte del Ejército Constitucionalista, a las órdenes de don Venustiano Carranza.
La historia es larga, aunque desearía que lo fuera aún más. Me gustaría contar con más datos sobre estos antecesores a quienes no conocí, pero a quienes siento profundamente cercanos. Recuerdo tantas pláticas familiares en las que eran nombrados con admiración y cariño, que a veces siento que sí los conocí. Y como esta historia es extensa, tendré que contarla en partes.
Comenzaré por lo poco que sé sobre su origen. Se sabe que tanto Pablo como mi bisabuelo Triunfo nacieron en un pequeño poblado llamado Las Esperanzas, Coahuila. En mi familia se cuenta que el padre de ambos era de origen vikingo. Se decía que existía una fotografía suya en la que aparecía usando un abrigo muy voluminoso hecho de piel de animales —al que mi abuelo llamaba makinof—, con botas altas a medio muslo y el cabello rubio y largo, a los hombros. Su nombre resultaba impronunciable para los mexicanos, por lo que decidió cambiarlo por uno más accesible y se registró como Celso González. Mi apellido materno es González; ¡de no haber hecho ese cambio, hoy llevaría un apellido escandinavo en lugar de uno español, sea por Dios!
Su esposa fue Manuelita Moya, de origen kikapú, grupo étnico procedente de la región de los Grandes Lagos, en Michigan, que al emigrar se asentó principalmente en el estado de Coahuila. De este matrimonio nacieron varios hijos, entre ellos Pablo y Triunfo.
Con el paso de los años, cuando Triunfo aún era adolescente, decidió “irse a la bola”, es decir, unirse a la lucha armada de la Revolución Mexicana. Manuelita, desesperada por la huida de su hijo menor, envió a sus hijos mayores para traerlo de regreso. Pero el destino ya estaba marcado: al final, todos se unieron a la lucha revolucionaria. Ironías de la vida, todos murieron durante ese periodo caótico de la historia de México, excepto Triunfito, quien logró llegar a la vejez y vivir en relativa tranquilidad.
Antes de contarles las hazañas militares de Pablo González Moya, debo compartir un episodio que revela la nobleza y grandeza de espíritu de este hombre, un rasgo que en mi familia siempre se ha recordado con respeto y admiración.
Cuenta la historia que ambos hermanos, Pablo y Triunfo, se confiaron mutuamente la emoción de haber conocido a una joven especial. En aquellas pláticas fraternas, quizá entre risas, ilusiones y proyectos, compartieron el anhelo de casarse algún día y formar una familia, sin imaginar que hablaban de la misma mujer.
La verdad salió a la luz de una manera casi novelesca: cada uno, por su lado, decidió acudir a ofrecer una serenata a la joven que había robado su corazón. Al llegar, descubrieron que se trataba de la misma persona: Ludivina Garza.
Ludivina era una mujer de extraordinaria belleza y abolengo. De carácter fuerte, cabello largo y negro como el azabache, tez blanca y unos grandes ojos azules que parecían iluminarlo todo. No era solo su hermosura lo que la distinguía, sino también su presencia firme y decidida.
Al comprender que su hermano menor la pretendía, Pablo tomó una decisión silenciosa pero profundamente generosa: se hizo a un lado y le dejó el camino libre, anteponiendo el amor fraterno a su propio deseo. Ese gesto, sencillo en apariencia, revela la estatura moral de un hombre que supo renunciar sin rencor y con dignidad.
Tiempo después, mi bisabuelo Triunfo de la Cruz González Moya contrajo nupcias con Ludivina Garza, y de ese matrimonio nacieron cinco hijos. Al primogénito le dieron el nombre de Pablo, en honor al hermano mayor, quien había fallecido poco antes de su nacimiento. El segundo hijo fue mi abuelo, Víctor González Garza, padre de mi madre Yolanda González, heredera —junto con otros rasgos— de aquellos bellos ojos azules que distinguían a Ludivina Garza y que, generación tras generación, siguen contando esta historia sin palabras.
Así, entre documentos antiguos, recuerdos transmitidos de boca en boca y fragmentos de una historia mayor, se va dibujando la figura de Pablo González Moya: no solo como militar, sino como hombre, hermano y ser humano capaz de renunciar por amor y lealtad.
Este relato apenas comienza. Quedan aún por contar los años de guerra, las campañas, las decisiones difíciles y el destino que la Revolución Mexicana reservó para él. Eso será materia de la siguiente entrega, donde la memoria familiar se encontrará de lleno con la historia armada de un país en transformación. Y así, queridos lectores, una vez más comprobamos que el pasado se enlaza con el presente para proyectarse hacia el futuro, formando esa mágica línea del tiempo tan misteriosa como inevitable.






