Una de mis conocidas lectoras en ciernes, vino a mi despacho en un lugar que yo creo desconocido de la conocida ciudad de Chihuahua, donde nadie me visita pues es desconocido. Como no tengo secretaria y pocas veces pongo el cerrojo, mi en realidad poco conocida lectora en ciernes, llego con el triunfal logro de haber leído casi veinte libros este año, entre los que destacan: “No te creas todo lo que piensas” de Joseph Nguyen, “Doña huevotes” de Anamar Orihuela, “El poder de ahora” de Eckart Tolle, y algo así como La liberación del alma, y “Cómo ser un estoico”, de Massimo Pigliucci, son los que recuerdo. (querido desconocido lector, aquí es donde te confieso que yo, un pobre lector también en ciernes, no haría esas lecturas, pero yo soy yo y pues tú eres tú) Ella entusiasta me empezó a platicar de lo maravilloso de sus lecturas, le aplaudí de pie, ella no lo sabía, es probable que haya leídomás libros que yo. Este año no logre pasar de veinte títulos, no me avergüenza, me ha resultado muy difícil leer más, entre otras cosas por falta de tiempo y por la exigencia en las lecturas, talvez que me he vuelto más flojo, o todo junto. Volviendo a mi poco conocida lectora, abrió su bolso especial para el transporte seguro de libros, pienso había allí poco más de tres mil pesos en ejemplares, lo cual tenía muy feliz a mi casi conocida lectora, buena inversión, buen transporte, buena lectura. Entonces pregunte así de golpe, cuál de sus más de veinte lecturas (títulos) era la que más le había marcado en el 2025, (no podríamos en un universo tan pequeño las mejores diez o los mejores diez) por eso solo pregunté por uno, después de algunos minutos de medio explicarme cada ejemplar y hacer un pequeño recuento a forma de resumen del año, contestó –casi segura–, “El poder del ahora” e inmediatamente cambió a “Doña huevotes”, finalmente, después de un rato largo de análisis concienzudo: definitivamente “El poder del ahora” y después de una larga, tediosa y muy puntual explicación, quedé tan influenciado que decidí comprarlo, (aquí es donde me retracto de lo dicho en el primer paréntesis) en conocida plataforma digital, para mi mala suerte, está agotado, y me quedé con la intención al menos hasta nuevo aviso de hacer esta lectura tan recomendada; por lo pronto seguiré con mi tercer lectura de “Agua servidas” de Carlos Cociña (1950), una edición para México de editorial Cuatro triángulos, en 2025, editado en Chile en 1981, un poemario muy especial y un clásico de la poesía chilena:
Entre todo,
la mano busca la piel
la piedra
el agua y la tierra.
Los primeros cuatro versos, hagamos una pausa, querido lector, para que vuelvas a ellos, espero más de cuatro veces.
En el prólogo José Luis Bobadilla cita: “su tiraje de 500 ejemplares y en la tapa Nicanor Parra tachó el titulo original Aguas potables, la segunda palabra, y escribió a mano ‘servidas’.”
Después de la salida repentina de mi muy poco conocida lectora en ciernes, de su apresurada despedida y de su poco amable andar fuera de mi despacho, todo se permaneció en silencio, no lo había notado hasta que deje sobre mi mesa de lectura el libro de Carlos, en uno de los estantes un pequeño toro hecho con corteza de pino descansa junto a otros libros que esperan su lectura, algunos con celofán, otros ojeados a penas y otros solo vista la dedicatoria del autor. No podréhacer mi lista, no tengo preferido, ni que libro recomendar, en algunos me ganan los afectos, en otros la inteligencia y en la mayoría la envidia. Toda lectura es un hallazgo, un encuentro con el otro, un estar en muchos sitios a la vez, saberse entendido, acompañado. Leer es entonces uno de los más bellos actos de la intimidad, uno de los hechos más importantes de la inteligencia humana. Debemos ser entonces un lector, uno en ciernes, para nunca estar completo, nunca terminar, seguir buscando tu lista personal de los mejore libros de tu vida. Me levante de mi viejo sillón, sobre los libreros la luz del invierno chihuahuense pegaba de lleno. Sali como siempre apresurado, cerré la puerta de golpe y también como siempre, calles después, camino al café de mi amigo Armando, no pude recordar si había puesto el cerrojo y cerrado el candado de mi desconocida oficina en la ciudad de Chihuahua.







































