Ayer por la mañana, querido desconocido lector, mientras partía una papaya en la cocina, de mi poco conocida casa de campo en progresivo municipio del sur del estado de Chihuahua, hube de recordar a mi abuelo:
Montados a caballo, en medio de uno de tus papayales, cortando la fruta con tu viejísimo machete, que nunca supe ni como ni en que momento afilabas. Las cortabas del árbol con ligereza, sin desmontar del caballo, de esa misma forma la rebanabas y como un mago hacías caer todas las semillas a la tierra húmeda llena del olor del temporal veracruzano, comíamos las más dulces y maduras, como si fueran inacabables, compartíamos con los caballos, nos íbamos a otro y otro de tus huertos, hasta quedar hartos del naranja vibrante de la fruta; como admiraba tu fuerza, tu paso a pie, tu paso a caballo. No tuve hoy la destreza de tu mano, pero si la puntualidad en el tiempo de la fruta, a pesar de haberla tomado de una enorme pila de papayas en el super mercado, en medio de esa luz que me marea y oprime, también recordé que un mañana de junio, me dijeron que nada sabía yo de papayas ni de frutas, no les pude contar de ti, ni de los viajes que hacía cuando niño a tu rancho cerca de “Paso de Ovejas”, tampoco que me gustaba la sombra de un enorme tamarindo, donde habías colocado una banca que hiciste en tu juventud, allí estaba tan robusta con tu nombre de hombre ilustre, marcado en un costado, abuelo “Fili”, tu olor de almendro, se mezcla hoy con la fruta que no hace honor a esos días del verano de tu casa de madera y barro, ni al almendro ni al cerco rustico que jamás vi cerrado.
Horas más tarde busqué entre muchos de mis libros poemas a las papayas, la búsqueda fue inútil, tediosa, cansada. Me quedé con un poema de José Gorostiza (1901-1973), con el que guardo una íntima relación, “Muerte sin fin” (1939), mi libro muy gastado, “Poesía”, tercera reimpresión 1985, editorial FCE. Ningún verso tenia tu nombre, pero todos evocaban tu presencia, nada tienen que ver contigo abuelo, pero la idea de quien fuiste estaba tan diáfana en los versos de la página 137,

Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
-¡trasgos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!-
y en la página 138,
… cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y en la acerba raíz de sus raíces
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,

Otra vez tú dibujado sobre la pantalla de mi computadora, arreando tu yunta de bueyes, con la misma fuerza desde los veinte años, deteniéndote a separar de la quebrada tierra un sapo tal vez de esos borrachos, no puedo recordarlo porque les tenía mucho miedo, los tomabas con tus manos de abuelo recio, y arrancabas del barbecho al inquilino, dejándolo lejos del paso del arado, mientras yo a unos metros bajo un mango te veía hablar con tus animales, acomodar la yunta con cariño, tomar las manceras, el látigo, y empezar de nuevo:
pagina 139,
Porque desde el anciano roble heroico
hasta impúbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en los duros jardines de la piedra,

 

 

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