Desconocido lector, recomendar lecturas a otras personas me ha resultado difícil, saber lo que les puede interesar no es fácil, después de un interrogatorio, (si me leíste antes lo sabes) podría sugerir algunas lecturas. Hoy en la madrugada desperté sudando y congestionado de las vías respiratorias tanto superiores como inferiores, después de caminar un rato, tomar agua, quedé un poco aliviado, pero sin sueño; entonces decidí leer algo, ¿Qué? Ni idea, la lectura que estaba haciendo en esos días no me llamada nada la atención, fui a mi librero y busqué por unos veinte minutos, para entonces ya tenia los pies helados y estaba perdiendo las ganas de leer, seguía sin sueño. Me di cuenta que no puedo recomendarme, decirme que leer, me dio algo de desesperación y mientras volvía a toser y sentía un peculiar dolor en los músculos del abdomen, creo yo que de los esfuerzos por toser se ejercitarían un poco, de allí el dolor. Tomé “Tengo vino, luna y flores”, una pizca de poemas chinos, de editorial Medusa (2022), antología traducida y organizada por Edgar Trevizo; se encontraba entre “Historias del señor W” de Jorge Riechmann, ediciones La Baragaña, (2014), y “El pensamiento del poema” Variaciones sobre un tema de Badiou, de Mario Montalbetti, editorial Sauvage Atelier (2024), así que el bello titulo de “Tengo vino, luna y flores”, se adelantó de entre los otros dos. Tomé el ejemplar y me fui al sillón de la sala, cubrí mis piernas con una frazada que también se ocupó de mis helados pies y abrí al azar en la página 158, un poema de Tu Fu:
El sauce
El sauce de mi vecino oscila sus frágiles
Brazos, grácil, como una muchacha de
quince años. Estoy triste porque
esta mañana, el arduo viento ha roto
la más larga de sus ramas.
Querido desconocido lector, leí el poema unas siete veces, he de confesarte que me puse triste, en la segunda lectura empecé a tomar cariño por el sauce, en la quinta lectura lo sentía tan grácil, cercano como si estuviera junto de mi ventana, después el viento invernal vino y en un ligero crujir vi quebrarse la más larga de sus ramas. Lloré. El dolor de pecho y de abdomen se fueron un buen rato, me quedé en el sillón de la estrecha sala unos minutos, sintiendo. Después empecé a pensar y agradecido con Edgar Trevizo y Tu Fu, dejé la manta y el libro, me metí entre las cobijas, tosí un par de veces, puse la mano derecha sobre la almohada y dormí profundamente.
Hoy por la mañana, ya muy retrasado en la entrega del texto que ahora lees, volví al libro, a sus bellas ilustraciones, llegué a la página 128, me quedé pensando en la inteligencia y la sabiduría y que esto es apenas una pizca de poemas chinos.



