Hay temas que no se anuncian con urgencia, pero que están presentes todos los días. No siempre se manifiestan de forma evidente ni llegan acompañados de señales claras. A veces se instalan en la rutina, en los cambios de ánimo, en conductas que se justifican como “etapas”, sin que nos detengamos a mirar qué hay realmente detrás.
La salud mental de las y los adolescentes suele quedar en segundo plano precisamente por eso. No siempre se expresa de manera visible ni aparece en forma de crisis. Con frecuencia se refleja en silencios prolongados, irritabilidad constante, aislamiento o un cansancio emocional que pasa desapercibido. Está ahí, influyendo en su manera de relacionarse y de enfrentar la vida, aunque muchas veces no sepamos cómo nombrarlo.
Cada 2 de marzo se conmemora el Día Mundial del Bienestar Mental de los Adolescentes. Más allá de la fecha, es una oportunidad para detenernos y mirar una realidad que con frecuencia se minimiza. Hablar de bienestar emocional en esta etapa no es exagerar; es reconocer que lo que se vive hoy deja huellas que pueden acompañar toda la vida.
La adolescencia se vive en medio de múltiples tensiones. A los cambios propios de la edad se suman contextos que influyen directamente en la estabilidad emocional: hogares marcados por conflictos o violencia, entornos de estrés económico, expectativas académicas cada vez más altas y una vida digital que avanza más rápido que nuestra capacidad de acompañar.
La violencia intrafamiliar es uno de los factores que más impacto tiene en la salud mental de niñas, niños y adolescentes. Vivir entre miedo, tensión o silencios forzados termina por normalizar emociones que no deberían ser parte de la vida cotidiana. Las consecuencias se reflejan en dificultades emocionales, problemas de conducta, bajo rendimiento escolar y una sensación persistente de soledad.
A esto se suma el uso constante y muchas veces no acompañado de pantallas y redes sociales. Para muchas y muchos adolescentes, el entorno digital se convierte en un espacio de escape o validación. Sin orientación adulta, también puede amplificar la ansiedad, la comparación permanente, el acoso y la normalización de la violencia. Estar conectados no siempre significa sentirse acompañados.
En muchos casos, el reto no está en lo que se exige, sino en la poca apertura para hablar de lo que se siente. Cuando las emociones se minimizan o se posponen, se corre el riesgo de asumir que el tiempo resolverá aquello que no se atiende, y el tiempo, por sí solo, no sana lo que no se nombra.
Uno de los mayores retos es la falta de espacios seguros de escucha. Lugares donde las y los adolescentes puedan hablar sin miedo a ser juzgados, etiquetados o ignorados. Donde pedir ayuda no sea visto como debilidad, sino como una forma de cuidado. La salud mental no se construye únicamente desde la atención especializada; se fortalece en la familia, en la escuela, en la comunidad y en la manera en que las instituciones se acercan a las personas.
Delicias cuenta con capacidades y avances que deben reconocerse. Sin embargo, ningún indicador alcanza a reflejar por completo lo que ocurre dentro de los hogares ni en la vida emocional de quienes están creciendo. El desarrollo de una ciudad también se mide en su capacidad para escuchar, acompañar y cuidar a sus adolescentes, especialmente en momentos de vulnerabilidad.
Hablar de salud mental en la adolescencia es hablar de prevención. Escuchar a tiempo puede evitar crisis mayores. Acompañar puede marcar una diferencia. Invertir en bienestar emocional es apostar por el presente y el futuro de la comunidad.
Este 2 de marzo no debería pasar como una fecha más. Debería recordarnos que mirar, escuchar y acompañar a nuestras y nuestros adolescentes es una tarea compartida y cotidiana. Porque cuando el silencio se vuelve costumbre, el riesgo es dejar de ver lo que más necesita atención.
Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.



