O de cuando el verdadero problema del país fue el cabello femenino.

En el México de los años veinte, el país buscaba tranquilidad, reacomodo y una nueva organización en nombre de la tan anhelada modernidad. No era poca cosa: se intentaba reconstruir una nación que venía de más de una década de enfrentamientos sangrientos, pérdidas familiares, crisis económicas y fracturas sociales profundas. El discurso oficial hablaba de orden, progreso y estabilidad; en la práctica, cualquier cambio fuera del guion generaba nerviosismo.

Fue precisamente en ese clima de aparente calma cuando surgió un movimiento inesperado que alteró la vida cotidiana y desató un escándalo nacional desproporcionado: las pelonas.

Eran, en su mayoría, mujeres jóvenes de clase media urbana que decidieron ir en contra de las restricciones moralistas y tradicionalistas del momento. Acortaron el largo de sus faldas, bailaron jazz, fumaron en público, masticaron chicle —una actividad que parecía especialmente ofensiva— y, sobre todo, rompieron con uno de los símbolos más arraigados de la feminidad mexicana: el cabello largo, trenzado y disciplinado. Cortárselo no era solo una decisión estética; era una declaración pública.

Lo que hoy podría parecernos un gesto mínimo, en aquellos años fue leído como una amenaza al orden social. No por nada, la prensa conservadora reaccionó con pánico. En algunos diarios comenzaron a aparecer expresiones como ultrapelonicemos el país”, frase usada con ironía y alarma para denunciar lo que se percibía como una epidemia moral que avanzaba sin control. El lenguaje bélico no era casual: se hablaba de “contagio”, de “degeneración” y de una juventud femenina que había perdido el rumbo.

Desde el momento en que estas mujeres tomaron decisiones sobre su propia apariencia, quebraron un sistema de expectativas cuidadosamente vigilado. La reacción social fue inmediata. Las pelonas fueron insultadas en la calle, perseguidas, amenazadas y, en algunos casos, agredidas físicamente. Hay registros de jóvenes a quienes se les jalaba el cabello en público —una ironía cruel— o se les arrojaban objetos por “ofender a la moral”.

El país, como suele ocurrir, se dividió en bandos. Por un lado, quienes las condenaban como símbolo de decadencia; por el otro, quienes comenzaron a defenderlas abierta o discretamente. La discusión llegó a tal punto que ocupó titulares de prensa, caricaturas políticas y programas de radio, donde se debatía si el corte de cabello femenino era un asunto privado… o una crisis nacional.

El apoyo también se manifestó de formas inesperadas.Por poner un ejemplo, algunas rutas de tranvías en la Ciudad de México adoptaron consignas solidarias y, según testimonios de la época, dejaban subir gratis a las pelonas como gesto de respaldo. No era solo transporte: era una toma de postura política. En una ciudad donde casi todo estaba regulado, no cobrar el pasaje se convirtió en un pequeño acto de rebeldía cotidiana.

Paradójicamente, un país que había normalizado la violencia revolucionaria encontraba intolerable que una mujer decidiera cómo verse. México podía aceptar generales armados, levantamientos y golpes de Estado, pero no a una joven con falda corta y cabello a la altura de la mandíbula. La modernidad era bienvenida… siempre y cuando no se notara demasiado.

Hoy, en retrospectiva, resulta imposible no admirar la valentía de aquellas mujeres. No buscaban derrocar al gobierno ni redactar manifiestos políticos; su desafío fue más simple y, por eso mismo, más radical: decidir sobre su propio cuerpo. Hoy una joven en falda corta no es noticia, y mucho menos lo es que alguien se corte el cabello, salvo que sea una figura pública imponiendo tendencia.

Las pelonas no encabezaron una revolución armada ni ocuparon cargos públicos, pero lograron algo igual de duradero: demostraron que la modernidad también se construye en lo cotidiano, en el espejo, en la calle y en la valentía de incomodar a una sociedad entera con un par de tijeras.

El apogeo del movimiento de las pelonas duró solo una década, pero, sin duda, su influencia sigue vigente, porque las mujeres mexicanas ya podemos decidir sin temor alguno, el largo de nuestro cabello y de nuestras faldas, sin temor a que el país se convulsione solo por eso.

Y así, una vez más, el pasado se entreteje con el presente, recordándonos que nada de lo ocurrido queda atrás del todo y que cada gesto, por pequeño que parezca, sigue resonando en esta larga e ininterrumpida línea del tiempo.

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