Hay realidades que no necesitan hacerse visibles para importar. A veces basta con mirar alrededor, poner atención y preguntarnos si lo que hacemos todos los días suma… o termina dejando a alguien fuera sin que lo notemos.

El 2 de abril, Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, no es una fecha para repetir conceptos, sino para revisar actitudes. No basta con saber qué es el autismo; lo importante es cómo convivimos con esa realidad todos los días.

Durante mucho tiempo, la diferencia se ha interpretado como algo que debe corregirse, ajustarse o, en el mejor de los casos, tolerarse, y ahí es donde se genera una barrera que pocas veces se reconoce, pero que está siempre presente.

El autismo no es una condición que deba encajar en un solo molde. Es una forma distinta de percibir, procesar y relacionarse con el entorno. Y cuando esa diferencia se enfrenta a espacios que no están pensados para incluirla, lo que surge no es la limitación de la persona, sino la del entorno.

Ese cambio de perspectiva es clave.

Porque no se trata de preguntarnos qué le falta a alguien para integrarse, sino qué nos falta como sociedad para ser verdaderamente incluyentes.

En la práctica, esto se refleja en lo más cotidiano: en la escuela, en los servicios públicos, en casa y en la forma en que convivimos. La inclusión no ocurre por sí sola, se construye.

Se construye cuando dejamos de interpretar conductas desde el juicio, al evitar etiquetar lo que no entendemos y al generar condiciones donde cada persona pueda desarrollarse sin tener que justificar constantemente quién es.

En lo local, esto se vive más de lo que imaginamos. Basta salir a la calle, entrar a una oficina o intentar hacer un trámite para darnos cuenta de que no todos pueden moverse, esperar o entender en las mismas condiciones. Nuestras ciudades no siempre están pensadas para todos y, sin darnos cuenta, dejamos fuera otras formas de vivir y de percibir. El exceso de ruido, los espacios poco accesibles o una atención que no considera estas realidades no son detalles menores; para muchas personas, son barreras del día a día.

Y eso obliga a replantear cómo diseñamos, cómo atendemos y cómo decidimos. Porque una ciudad que aspira a ser incluyente no puede partir de una sola forma de vivirla.

La inclusión comienza cuando dejamos de esperar que todos se adapten al entorno, y asumimos la responsabilidad de transformar el entorno para todos.

Esa es la diferencia entre integrar e incluir.

Integrar es permitir estar. Incluir es hacer posible pertenecer.

Y pertenecer cambia todo.

También es importante reconocer que detrás de cada persona dentro del espectro hay historias, familias, retos y aprendizajes que no siempre son visibles. Hay esfuerzos constantes por adaptarse a dinámicas que no fueron pensadas para ellos, y aun así, se enfrentan con una fortaleza que pocas veces se reconoce.

Por eso, esta fecha no debería quedarse en una campaña o en un color representativo. Debería convertirse en una oportunidad para generar cambios, aunque sean pequeños, pero sostenidos.

Escuchar más. Señalar menos. Ajustar lo necesario.

Porque una sociedad que entiende la diversidad no solo se vuelve más justa, también se vuelve más fuerte.

Y porque al final, no se trata de ver el mundo como siempre lo hemos visto, sino de aprender a mirarlo con mayor amplitud.

Ahí empieza la inclusión.

Luly González

Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.

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