Vivimos acelerados. Consumimos información a una velocidad que no siempre nos permite comprenderla. Sin embargo, reconocer este problema no debe servir para señalar culpas, sino para abrir una posibilidad, volver a pensar con intención.
La prisa no es solo cuestión de tiempo, es una forma de vivir. Cuando leemos sin profundizar o compartimos sin verificar, cedemos algo valioso, nuestra capacidad de decidir con criterio propio. Pero esta tendencia no es irreversible. Pensar despacio también se aprende.
La lectura crítica no exige horas interminables ni aislarse de la tecnología. Empieza con acciones simples: terminar un texto antes de opinar, contrastar una fuente, preguntarnos quién dice algo y con qué intención. En un entorno saturado de información, detenerse a reflexionar se convierte en un acto de madurez y respeto por uno mismo.
La juventud tiene una ventaja que pocas generaciones han tenido y es el acceso casi ilimitado al conocimiento. El reto no es informarse más, sino entender mejor. Cuando un joven desarrolla pensamiento profundo, no solo mejora su formación académica, fortalece su voz, su liderazgo y su impacto social.
Recuperar el hábito de pensar no es retroceder, es avanzar con dirección. Porque una juventud que reflexiona es una juventud que sabe decidir. Y el futuro del país se construye, también, cuando decidimos ir más despacio para pensar mejor.
Para cerrar, queda una pregunta para la reflexión: ¿En qué momento dejamos de pensar con calma y empezamos a decidir a toda prisa?







































