Hace unos días participé en un taller de liderazgo, y entre muchas ideas interesantes que compartió la expositora -excelente, por cierto- hubo una pregunta que se quedó entre mis notas: ¿Cómo se construye la confianza?

No como algo teórico, sino como algo real, algo que es parte de todos los espacios de nuestra vida. Porque, si lo pensamos bien, podemos estar de acuerdo en que la confianza es la base de casi todo lo que funciona: una familia que se mantiene unida, un equipo que trabaja en la misma dirección, una comunidad que coopera. Y cuando la confianza falta, todo se desacomoda.

Ella mencionó tres elementos que hacen a una persona confiable. No como una receta exacta, sino como un equilibrio que se va formando con el tiempo: autenticidad, lógica y empatía.

La autenticidad como base. Ser congruentes entre lo que decimos y hacemos, con no ser alguien diferente según el lugar o las personas con las que estamos. Las personas auténticas generan confianza porque no prometen lo que no pueden cumplir y porque se muestran tal como son, incluso cuando eso implica reconocer errores o límites. Ser auténtico no significa ser perfecto, pero sí ser claro.

La lógica, tomar decisiones que se entienden, que tienen un porqué, que no son impulsivas ni arbitrarias. Cuando las personas saben que hay criterio detrás de una decisión, se reduce la incertidumbre y se fortalece la confianza. La lógica ordena y da dirección.

Y luego tenemos la empatía, una palabra que hoy escuchamos por todos lados. Tal vez se habla tanto de ella porque, con el tiempo, nos ha hecho falta. La empatía no es solo escuchar o ser amables; es realmente hacer el esfuerzo de ponernos en el lugar del otro, de entender realidades distintas a la nuestra y reconocer que no todos partimos desde el mismo punto.

Sin empatía, incluso las decisiones que parecen correctas pueden sentirse injustas. Hay decisiones que solo pueden tomarse bien cuando se entiende a quiénes afectan. La empatía no reemplaza a la lógica, la complementa. Nos recuerda que detrás de cada decisión hay personas con historias reales y por lo tanto consecuencias reales. La empatía humaniza las relaciones y sostiene la confianza, sobre todo en momentos difíciles.

Lo interesante es que estos tres elementos no funcionan por separado. Cuando falta uno, la confianza se debilita.

Un ejemplo claro de cómo la pérdida de confianza (falta de este equilibrio) impacta no solo en lo personal o laboral, lo vemos hoy en la comunidad, en cómo muchas personas han perdido la confianza en los gobiernos y en quienes los representan. Esto no ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de decisiones incongruentes, de la falta de empatía y de una lógica que dejó de pensar en el bien común para priorizar intereses personales.

Cuando quienes toman decisiones dejan de ser confiables, se rompe el vínculo con la ciudadanía. Y esa ruptura genera apatía, desinterés y desconfianza, creando el terreno perfecto para que surjan liderazgos que se aprovechan del desencanto. No porque sean mejores opciones, sino porque el vacío de confianza deja a las personas sin una verdadera alternativa de avance.

Pensar que alguien debería confiar en nosotros solo por ser “quienes somos” -por ser jefe, pareja, familiar o representante- es un error. La confianza no viene con un cargo, un título o una relación. Como se ha dicho a lo largo de este texto, la confianza se construye y se cuida. Pasa algo muy parecido con la lealtad: no se exige, se gana. Y se gana todos los días. Con hechos, no solo con palabras, con decisiones que toman en cuenta al otro y no solo al beneficio personal.

Por eso la confianza no se pide, se inspira. No nace de una promesa o una expectativa, sino de la coherencia sostenida en el tiempo. De actuar con autenticidad, decidir con lógica y practicar la empatía, incluso cuando no es lo más fácil.

Y regresa a mí, esta pregunta ¿Por qué es tan importante la confianza? Porque cuando existe, las relaciones fluyen, los equipos colaboran y las personas se animan a participar, a proponer y hasta a equivocarse. La confianza no acelera los procesos, pero los vuelve más sólidos.

Tal vez por eso hoy hablamos tanto de la falta de confianza. Porque no es solo comunicarnos o estar presentes, es conexión y congruencia.

Hablar de confianza nos invita a hacer un auto análisis. A preguntarnos si estamos siendo auténticos, si actuamos con lógica y si somos empáticos en nuestro día a día. Porque antes de pedir confianza, hay que construirla.

Y quizá esa sea una de las conversaciones que más falta nos hace.

 

 

Autor

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here