A veces el inicio de año no exige promesas, sino miradas honestas hacia lo que somos y vivimos cada día. Y una de esas realidades es la ciudad: ese espacio donde habitamos, caminamos, sentimos, trabajamos, nos movemos… y que no se vive igual para todas las personas.
La ciudad no se ve igual desde la ventana de un auto que desde una banqueta angosta; no se siente igual caminar con calma que hacerlo con miedo; y tampoco se experimenta de la misma manera cuando se es joven, adulto mayor, madre, estudiante, ciclista o persona con discapacidad.
Muchas veces hablamos de “experiencia urbana” como si fuera algo técnico, pero en realidad es muy simple: es la forma en que habitamos la ciudad todos los días, con el cuerpo, con los sentidos y con lo que sentimos.
Cuando uno mira la ciudad desde la calle, la mirada cambia. Caminando notamos la banqueta rota; cuando alguien se mueve en silla de ruedas, la rampa que no existe; cuando vamos en bicicleta, el espacio que no se siente seguro; cuando acompañamos a un adulto mayor, la prisa de una ciudad que no siempre espera. Son situaciones comunes, tan comunes que muchas veces pasan desapercibidas, pero que definen si un lugar se siente cercano o difícil de habitar.
Hace poco, una amiga me dijo algo muy claro:
“Yo no pido una ciudad perfecta, solo una donde no tenga que pensarlo dos veces antes de salir a caminar”.
Lo comentó después de verse obligada a bajar a la calle porque la banqueta estaba invadida. No es una historia extraordinaria; es parte de lo cotidiano. Y cuando lo cotidiano se repite, deja de ser anécdota y se convierte en un mensaje que vale la pena escuchar.
Muchas veces las ciudades se piensan desde escritorios y se describen con palabras como movilidad, accesibilidad o seguridad urbana. Dicho de otra manera: movilidad es poder moverte sin sentirte en riesgo; accesibilidad es que todas las personas puedan usar la ciudad sin depender de alguien más; seguridad urbana es tener la tranquilidad de llegar bien a casa.
El problema no son los conceptos, sino cuando se quedan en el papel y no se reflejan en la calle.
Aquí quiero ser clara. Cuando reflexiono, lo hago como ciudadana que camina Delicias y escucha a otras personas caminarla. Cuando pienso en soluciones, lo hago desde la convicción de que la empatía ayuda a tomar mejores decisiones. Y cuando participo como servidora pública, asumo la responsabilidad de convertir esas miradas en acciones posibles, con tiempos, recursos y límites que no siempre son inmediatos. Decirlo así también es parte de la honestidad.
Mirar la ciudad desde la calle es incluir.
Es reconocer que cada persona la vive de manera distinta y que todas esas formas importan. Solo cuando aprendemos a ver la ciudad desde los pies de quienes la caminan —y no solo desde la comodidad de las decisiones— empezamos a construir un lugar verdaderamente humano.
Esa es la reflexión que hoy quiero dejar, desde La Voz que Cuenta: la voz que escucha, observa, siente y propone, porque nace de lo que vivimos cada día y de las realidades que compartimos.
¿Qué descubrirías de tu ciudad si la caminaras con atención… no solo con prisa?
Luly González
Mujer, ciudadana y voz pública con propósito.
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