El día de ayer quedó marcado como un momento histórico para la política Méxicana. La propuesta de reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum sufrió un duro revés en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, evidenciando que, incluso en tiempos de mayorías políticas y de narrativas dominantes, existen límites cuando se trata de modificar las reglas de nuestra democracia.

La iniciativa presidencial fue presentada bajo un discurso aparentemente atractivo, reducir el gasto público destinado a los partidos políticos y a las autoridades electorales, así como eliminar lo que el gobierno considera duplicidades entre el Instituto Nacional Electoral y los organismos públicos locales electorales. Sobre el papel, la narrativa sonaba bien: menos gasto y mayor eficiencia. Sin embargo, detrás de ese discurso muchos vieron algo distinto, un intento por debilitar instituciones que durante décadas han sido fundamentales para garantizar elecciones libres y competitivas.

Lo que se vivió en el pleno de la Cámara de Diputados fue más que una simple votación legislativa. Fue un auténtico pulso político sobre el futuro de los contrapesos democráticos. La reforma requería mayoría calificada para avanzar, pero el oficialismo se quedó muy lejos de alcanzarla, apenas 259 votos a favor frente a los 334 necesarios para modificar la Constitución.

Ni siquiera el respaldo pleno de sus aliados del Partido Verde y del Partido del Trabajo fue suficiente. De hecho, la votación dejó al descubierto algo que el oficialismo ha intentado negar durante años: que la coalición gobernante no es tan sólida como se presume. Los mismos partidos que llegaron juntos al poder hoy comienzan a marcar distancia cuando las reformas amenazan su propia supervivencia política. Y eso podría ser apenas el inicio de un reacomodo rumbo al proceso electoral de 2027.

Al final, tras desecharse la iniciativa, las interpretaciones no se hicieron esperar. Para el gobierno fue simplemente un tropiezo legislativo; para muchos otros fue una señal clara de que las reglas del juego democrático no pueden modificarse al antojo del poder ni para satisfacer proyectos personales o cálculos políticos.

Amigo lector, la democracia mexicana no nació de la noche a la mañana. Ha sido construida durante décadas, entre reformas, crisis y luchas políticas que permitieron abrir un sistema que durante mucho tiempo estuvo a cargo del partido creador de instituciones, el PRI. Las instituciones electorales, con todas sus áreas de mejora, existen precisamente para evitar que quien gobierna controle también la organización y las reglas de las elecciones.

Tras el rechazo de la iniciativa, la presidenta anunció que su gobierno impulsará un “Plan B”. Según lo expresado, esta nueva propuesta buscaría reducir privilegios en los poderes legislativos locales y en los municipios, además de ampliar los mecanismos de participación ciudadana. Habrá que ver en qué consiste realmente ese planteamiento. Porque hablar de “austeridad” y de “recorte de privilegios” resulta políticamente rentable en el discurso, pero pierde credibilidad cuando no se atacan con la misma firmeza los problemas estructurales del país, la corrupción, la opacidad en el uso de los recursos públicos y las redes de poder que siguen operando desde el sexenio anterior.

El episodio legislativo de ayer deja una lección clara, amigo lector, en una verdadera democracia el poder siempre debe tener límites. Y cuando esos límites se hacen valer, las instituciones demuestran que siguen funcionando.

Esto fue Bajo la lupa, amigo lector. Ya sabe que aquí miramos más allá del discurso… y, sobre todo, no nos dejemos apantallar por la narrativa del régimen.

 

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