Hoy es el día Internacional de Mandar una Carta a un Amigo, una invitación perfecta para hacer una pausa y mirar hacia atrás, a una forma de comunicarnos que hoy parece casi olvidada. Y me pregunto: ¿por qué no aprovecharlo?

Vivimos en la era de la tecnología, de los mensajes inmediatos, de los emoticonos que sustituyen palabras y de las llamadas que se cortan con un “luego hablamos”. Sin embargo, escribir una carta —de puño y letra— sigue siendo un acto profundamente humano. Por eso propongo algo sencillo pero poderoso: escribir una carta a alguien de nuestra familia mayor, a esas personas que crecieron esperando el correo convencional, que conocieron el valor de una estampilla y la emoción de abrir un sobre.

Esta práctica la realizo con mis alumnos de licenciatura en la Facultad de Contaduría y Administración, en la clase de Publicidad. Y aunque pudiera parecer sencilla, no lo es. A muchos les resulta sorprendentemente difícil escribir y, aún más, expresar sentimientos. No están acostumbrados. Las palabras no fluyen cuando no hay teclado ni pantalla de por medio. Algunos incluso desconocen dónde aún existe el servicio postal o qué es una estampilla. Entonces surgen las preguntas: ¿por dónde empiezo?, ¿Qué le digo?, ¿Cómo se escribe una carta? Preguntas que revelan no solo la distancia con el papel, sino también lo poco que hoy nos detenemos a nombrar lo que sentimos.

Lo que más me gusta de este ejercicio ,es el momento en que la carta llega a casa y  les pido de ser posible graben el momento para que después en clase,  me platiquen la experiencia: la sorpresa, la emoción, las lágrimas contenidas, el silencio que se llena de significado. Me cuentan cómo ese sobre provocó abrazos, recuerdos y conversaciones que hacía tiempo no sucedían. Es ahí cuando comprenden que la publicidad no solo comunica mensajes, sino que también puede despertar emociones profundas y generar vínculos reales.

Y ahí está el aprendizaje más grande: los sentimientos nunca pasan de moda, pero sí se oxidan cuando no se usan.

Hoy más que nunca, vale la pena hacer que las cosas sucedan. Salgámonos, aunque sea por un día, de la tecnología. Tomemos papel y pluma. Escribamos con calma, con intención y con el corazón.

Estoy segura de que ese gesto sorprenderá profundamente a quien reciba la carta… y transformará a quien la escribe.

Porque a veces, una carta no solo llega a su destino: llega al alma.

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