Escribo esta columna un jueves 2 de abril, mientras reflexiono sobre algo que muchas veces pasa desapercibido.

Hoy se conmemora el Día Mundial de Concientización sobre el Autismo, y aunque las

palabras “concientización” e “inclusión” suelen escucharse con frecuencia, pocas veces nos

detenemos realmente a pensar en lo que implican.

Hablar de juventud es hablar de una etapa compleja. Es ese momento en el que buscamos

pertenecer, donde constantemente nos preguntamos quiénes somos y en dónde

encajamos. Es una etapa de cambios, de inseguridades, de construcción de identidad.

Ahora pensemos en algo más.

¿Qué pasa cuando, además de todo eso, experimentamos el mundo de una manera

distinta?

El Trastorno del Espectro Autista no es una sola forma de ser, ni una sola manera de vivir.

Es un espectro, y eso significa que existen muchas formas en las que puede presentarse.

Hay personas a quienes se les nota más y otras a quienes se les nota menos. Hay quienes

requieren más apoyo en su día a día y quienes pueden desenvolverse con mayor

independencia.

Pero en todos los casos hay algo en común: son personas.

Personas que piensan, que sienten, que sueñan, que entienden el mundo a su manera.

Y, sin embargo, muchas veces la sociedad se queda solo en la superficie.

En una mirada.

En un juicio.

En una etiqueta.

Porque todavía existen esas miradas incómodas, esos silencios cargados de prejuicio, esas

ideas equivocadas que reducen a una persona a algo que no es. Como si pensar diferente

fuera sinónimo de no entender. Como si comunicarse de otra manera significara no tener

nada que decir. Y ahí es donde está el verdadero problema.

No en el espectro. Sino en la falta de comprensión.

Vivimos en una sociedad que dice admirar lo diferente, que celebra la creatividad, que

aplaude “pensar fuera de la caja”

. Pero cuando esa diferencia es real, cuando no es

cómoda ni fácil de entender, muchas veces deja de ser celebrada y empieza a ser

rechazada…especialmente en la juventud.

Porque en esta etapa, lo distinto pesa más. Lo que no encaja se señala más rápido. Lo que

no se entiende, se juzga más fácil… Y eso puede convertirse en una carga doble para

quienes viven dentro del espectro: no solo enfrentan los retos propios de su forma de

percibir el mundo, sino también una sociedad que muchas veces no está dispuesta a

adaptarse, a escuchar o a aprender.

Hablar de inclusión no es solo decir que “todos somos iguales”

. Porque no lo somos.

Y está bien.

La verdadera inclusión empieza cuando entendemos que no todos necesitamos lo mismo,

que no todos nos comunicamos igual, que no todos vemos el mundo de la misma manera…

y que aun así, todos merecemos respeto.

Se trata de dejar de mirar con prejuicio y empezar a mirar con intención.

De dejar de asumir y empezar a preguntar.De dejar de excluir, incluso sin darnos cuenta, y empezar a construir espacios donde nadie

tenga que cambiar quién es para ser aceptado.

Las juventudes dentro del espectro no necesitan lástima.

Necesitan comprensión.

Necesitan oportunidades.

Necesitan una sociedad que no los limite antes de conocerlos.

Porque pensar diferente no es un error. Es, también, una forma válida de estar en el mundo.

Y tal vez el verdadero reto no es que ellos encajen en nuestra forma de ver la vida, sino que

nosotros aprendamos a ampliar la nuestra

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